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Celia Sánchez Manduley, la flor más
autóctona de la Revolución
Prensa Latina
11 de Enero de 2005
Despues
de su muerte el 11 de enero de 1980 a causa de una penosa enfermedad
que jamás pudo opacarle el brillo, los cubanos siguen explicándose
por qué un día el presidente Fidel Castro llamó
a Celia Sánchez Manduley, la flor más autóctona
de la Revolución.
Cuando aún no
era la legendaria Norma de la clandestinidad, ni la infatigable
organizadora y guerrillera de la Sierra Maestra, en ella se adivinaban
ya las virtudes que desde siempre le valieron el calificativo.
La niña que aprendía
en la escuelita rural a cocinar y hacer trabajos manuales fue luego
la adolescente a quien las muchachas del pueblo consultaban cada
detalle de sus bodas, y la que censó a los niños pobres
del barrio para regalarles un juguete el Día de Reyes.
O la joven que enviaba,
camuflados dentro de cigarrillos, diminutos mensajes de aliento
a los sobrevivientes del asalto al cuartel Moncada, presos en el
castillo del Príncipe.
Y la que en la Navidad
de 1953 les mandó comidas y dulces para que sintieran menos
los rigores del encierro.
La Celia que aprendía
de su maestra cómo dirigir un hogar, sería la eficaz
colaboradora de Fidel en la Sierra Maestra, la que se ocupaba de
los víveres, de los talleres para coser uniformes verde olivo,
de repartir ganado entre los campesinos de las zonas liberadas...
Las manitas infantiles
que aprendieron a dibujar y tejer primorosamente, fueron las manos
juveniles que en 1956 cortaron su hermoso pelo para donar al Movimiento
26 de Julio los 25 pesos que le ofrecían a cambio en una
peluquería.
Aquel buen gusto que
la distinguió desde su juventud, fue el que la guió
al triunfo de la Revolución para diseñar los uniformes
de los escolares cubanos y el que la llevó a desarrollar
una escuela de alta costura a tono con las costumbres y el clima
del país.
La exquisita sensibilidad
artística que mostró desde adolescente se reveló
también cuando muchos años después imprimió
su sello personal al parque Lenin y a un sinfín de instalaciones
culturales y sociales.
O a la producción
cinematográfica, la artesanía, las artes plásticas,
la museología, el diseño, la jardinería, la
música y las artes del espectáculo...
La chica que correteaba
entre los charcos de agua dejados por la lluvia, fue la joven que,
temeraria, escapó de la policía de Batista atravesando
un espeso campo de marabú aunque en rostro y brazos le quedasen
las huellas dolorosas de las espinas.
En la incansable niña
que fue Celia fue fraguándose una combatiente cuya frágil
apariencia ocultaba una gran resistencia física y una sorprendente
maña para vencer cañadas y lomeríos, muchas
veces bajo el acoso de la aviación enemiga.
En tiempos de la II Guerra
Mundial, Celia se iba a la costa a rescatar pacas de algodón,
barras de chocolate y otros objetos procedentes de barcos hundidos
para luego repartirlos entre las familias más necesitadas.
Era
la misma que años después, en la Sierra Maestra, procuró
canastillas a los hijos de los compañeros que caían
sin conocerlos, y la que tras el triunfo de enero de 1959 se ocupó
de que estudiaran como habían soñado sus padres.
La niña que escuchaba
absorta la historia de las guerras independentistas contra España,
fue la joven que en compañía del padre plantó
un busto de José Martí en la cima del Turquino.
Y la que, ya guerrillera,
preservó en los lomas rebeldes los documentos que permitirían
reconstruir los pasajes épicos de aquella etapa de la Revolución
que culminó la gesta mambisa.
La niña que sacaba
peces de un estanque con un paraguas o hacía mil ingeniosas
trastadas, fue la joven que en 1957 ?obombardeó? una estación
de policía con decenas de globos en los que había
dibujado un 26 en rojo y negro, símbolo del movimiento revolucionario.
La chica a la que un
pescador negro reveló todos los secretos de la costa sur-oriental
cubana, fue la conspiradora que exploró los lugares por donde
mejor podía desembarcar el yate Granma en 1956.
Y la mujer sencilla que
después de 1959 gustaba tornar a aquellos lugares para escuchar
una vez más de sus antiguos amigos inauditas historias sobre
peces gigantes y vendavales de espanto.
La Norma cuyo cargo en
la clandestinidad era ignorado por muchos de sus camaradas, pero
que estaba al tanto de cada acción y podía opinar
sobre todo, fue la heroína que luego del triunfo rehusaba
homenajes y medallas y aparecía poco en público.
Un aciago 11 de enero
de 1980, la Muerte se la llevó calladamente, cual si temiera
quebrar el halo de silencio activo y laborioso que siempre la rodeó.
A los cubanos les basta
pronunciar su nombre para sentir las perpetuas fragancias de la
flor más autóctona de la Revolución.
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