Caturla, ese sabor diverso de las raíces cubanas

Alejandro García Caturla. Foto: Archivo/RHC.

Por: Laura Mercedes Giráldez

La Habana, 12 nov (RHC) Al unísono, Alejandro García Caturla componía, estudiaba Música y Derecho, pasiones que conoció, en buena medida, gracias a las tertulias que reunían en el hogar de su familia a los pensadores y artistas de más avanzados ideales en la tierra que lo vio nacer, Remedios.

Así transcurrieron sus breves, pero nutridos 34 años de vida, compartiendo su quehacer laboral entre notas musicales y tribunales. Al morir, el 12 de noviembre de 1940, a manos de un joven a quien juzgaría esa misma tarde, Caturla contaba no solo con una intachable carrera en el universo de las leyes, sino también en la música.

Bembé, Tres danzas cubanas, Preludio homenaje a Shangó, Berceusecampesina y Comparsa, son solo algunas de las piezas en cuya composición destacan elementos sonoros de la cultura afrocubana, una imbricación que el joven compositor defendió en sus obras y que, innegablemente, forman parte de nuestro acervo cultural e histórico.

A ese reconocido creador le debemos no solo la introducción de sonoridades afrocubanas a los formatos sinfónicos de la Mayor de las Antillas, sino también la incorporación a estas de instrumentos de la música popular, sin dudas sus aportes más notables; de ahí que, junto a Amadeo Roldán, sea considerado pionero de la música sinfónica moderna de nuestro país.

Para él, Alejo Carpentier escribió Dos poemas afrocubanos, Mari-Sabel y Juego Santo, y la ópera Manita en el suelo, textos que Carturla musicalizó y que forman parte indisoluble del repertorio musical de esta tierra antillana.

Varias de sus composiciones fueron estrenadas en Europa, a donde había ido a estudiar tempranamente, y más tarde fue invitado al Festival Iberoamericano de Barcelona. Allí sus obras alcanzaron un éxito notable en las audiencias de naciones como España y París. Luego, tras su regreso, fundó en 1932 la Sociedad de Conciertos de Caibarién.

Además de compositor fue un mul-tinstrumentista reconocido, llegando a ser uno de los violinistas de la Orquesta Sinfónica de La Habana, dirigida en aquel entonces por la excelente batuta de Gonzalo Roig.

Indiscutiblemente, en las obras de Alejandro García Caturla se siente ese sabor variopinto de las raíces cubanas, la grandeza de los aportes de las culturas que nos nutrieron y forjaron, sobre todo, la fuerza poderosa de los africanos.

Recordarlo cuando se cumplen ocho décadas de su muerte, es una forma de reconocer también la nobleza de nuestros orígenes. (Fuente: Granma)

Editado por Lorena Viñas Rodríguez



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