Hospital Reina Mercedes

Hospital Reina Mercedes

por Ciro Bianchi Ross

Es raro el habanero que no haya escuchado en algún  momento de su vida el nombre «Reina Mercedes». Así se nombró el hospital erigido en la manzana comprendida entre las calles 23 y 25, L y K, esto es, el espacio que desde 1966 ocupa la famosa heladería Coppelia.

En la segunda mitad de la década de 1950 la vieja instalación hospitalaria fue demolida y los pacientes que permanecían allí internados fueron trasladados al moderno edificio monobloc, de ocho plantas y 300 metros de frente, ubicado también en El Vedado, obra del arquitecto Víctor Morales, y  que después de 1959 recibió el nombre de Hospital Universitario Comandante Manuel Fajardo, médico  del Ejército Rebelde.

Si Emergencias (1920) con su pórtico de ocho columnas de estilo dórico y su escalinata de granito,  es el primer hospital monumental con que contó La Habana, el Reina Mercedes  fue el primer hospital moderno y científico de que dispuso la ciudad.

Con el nombre de la esposa del rey Alfonso XII, se inauguró en 1886 gracias al empeño de un grande de la medicina cubana, el doctor Emiliano Nuñez, padre de Emilio, otro destacado médico que desempeñó la cartera de Sanidad, y los legados de tres figuras acaudaladas: María Santa Cruz de Oviedo, Salvador Samá, Marqués, de Marianao, y Joaquín Gómez, que residía en Obispo esquina a Cuba, en  lo que hoy es el Hotel Florida y que quedó ciego cuando su médico personal, a quien negó un préstamo, le rompió un pomo de ácido en la cabeza mientras escuchaba la misa en la iglesia de San Agustín. A la filantropía de dichos personajes se sumó, por parte del Ayuntamiento de La Habana, el fruto de la venta de los terrenos del viejo hospital de San Juan de Dios, en la calle del mismo nombre, en La Habana Vieja.

Hospital Reina Mercedes

Todavía en 1922, un experto en materia de salud, el doctor Jorge Le Roy Cassá,  afirmaba que el hospital Reina Mercedes «nada tiene que envidiar a los mejores del mundo». Por la calidad de sus servicios y la propia distribución arquitectónica del centro, figuraba entre las casas de salud más perfectas de su tiempo.

Allí se iniciaron y organizaron no pocas especialidades médicas y su cuadro facultativo fue notable. Francisco Domínguez Roldán introdujo la Radiología, Ángel Arturo Aballí, la Pediatría; y Nicolás Puente Duany desplegaba la lucha contra el cáncer. Una Junta de Patronos regía el hospital. Muertos Mercedes y Alfonso, el hospital pasó a llamarse Nuestra Señora de las Mercedes, aunque la ciudadanía lo conoció por Mercedes a secas. Hospital Mercedes.

Hospital Reina Mercedes

La ciudad crecía y el hospital quedó encajonado en una zona altamente poblada y de mucho tránsito. Ya en 1954 comenzó a recomendarse su traslado. El valor del suelo había crecido expontencialmente, y el terreno que ocupaba el hospital, valorado en 7 000 pesos en 1886, fue vendido finalmente en 300 000. Al parecer  por parte de la Compañía Constructora Monterrey S. A. existió  el proyecto de edificar en el lugar  un hotel de 600 habitaciones o más, al tiempo que asumía la construcción de lo que sería el Hospital Fajardo, que erigió.

Con el triunfo de la Revolución se paraliza la idea del hotel y se construye por parte del recién creado Instituto Nacional de la Industria Turística  (INIT) en la manzana que después fue Coppelia un parque dotado de cafetería, restaurante, bar y un cabaré que llevó el nombre de Nocturnal.

¿Dónde vas, alfonso XII?

Alfonso de Borbón,  que asumió el trono de España como Alfonso XII,  es el tatarabuelo del actual rey Felipe VI. Su madre, Isabel II, la de los tristes destinos y los alegres amores, era hija de Fernando VII. Lo sucedió en 1833 y su ascenso al trono provocó la primera guerra carlista. Se casó con el príncipe Francisco de Asís de Borbón, minimizado con el apodo de rey Paquito. El reino fue dirigido por los Gobienos de Espartero, O’Donnell y Narváez. Cuando estalló la revolución de 1868, Isabel huyó a Francia, donde residió hasta su muerte en 1904. En 1876 abdicó el trono a favor de su hijo Alfonso.

Simpatizante convencido de la forma monárquica de gobierno y desencantado por el caos y la indisciplina generalizados en el país a raíz de la instauración de la República, el general Arsenio Martínez Campos empezó  a conspirar en favor de la restauración borbónica y la proclamación de Alfonso, escribe el historiador René González Barrios. Después de varios intentos frustrados, anunció que abandonaba el proyecto restaurador; lo convencieron de que no lo hiciera y en la noche del 28 de diciembre de 1874 proclamó  como rey de España al hijo de Isabel II.

Se dice que en los matrimonios regios, todos opinan menos los contrayentes. Alfonso fue la excepción. El idilio con su prima Mercedes surgió entre los surtidores de los jardines andaluces y un buen día, sin encomendarse a ministros ni espadones anunció su determinación de casarse con ella. Lo hizo, dice la cubana Dulce María Loynaz, «con sonrisa que nadie había visto en su rostro, que nadie volvería a verle más…» Una decisión que dividió los ánimos porque entre la camarilla aúlica se movían los que preferían que el monarca se ligara con la representante de una casa real extranjera a fin de fortalecer su posición frente al Duque de Montpensier, deseoso de sentar en el trono a su esposa Luisa Fernanda, hermana de Isabel II, «mientras los simpatizantes de la real pareja veían en los 18 años de Mercedes, 18 palomas de la paz volando sobre la tierra española, apenas salida del diluvio», apunta Dulce María.

Solo seis meses duró el matrimonio. La muerte de Mercedes aplastó al monarca. Los españoles dijeron entonces:

—¿Dónde vas, Alfonso XII? ¿Dónde vas, triste de ti? —Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde la perdí.

Imposible hallarle y  Alfonso se casó con María Cristina, archiduquesa de Austria. Aquejado de tuberculosis, no llegó a conocer al hijo que lo sucedería.

Un abanico de nácar y encaje

Reina Mercedes

Existen pocos retratos de la soberana adolescente. En los que se conservan se aprecia una figura delicada y romántica, de cara muy llenita, florecida de hoyuelos la sonrisa, con la hermosa  mata de pelo negro que la corona real sujetó apenas una primavera, pues la pareja contrajo matrimonio en febrero y ya en agosto andaba Alfonso en busca de nueva esposa, y es que,  escribe,  Dulce María «febrero un mal mes para casarse, encapotado y lleno de presagios, por más que engañe a veces con un rayo de sol en la ventana».

En la crónica que en 1955 dedicó a la reina, Dulce María Loynaz dice que en una vitrina de cierta casa del Vedado hay un abanico que, se supone, perteneciera a Mercedes. La casa en cuestión  debe ser la propia de la poetisa que atesoraba  una impresionante colección de abanicos que ahora se conserva en el centro cultural que lleva su nombre. Un lindo abanico negro, de nácar y encaje, en cuya primera varilla puede verse una M gótica coronada por el escudo real de España y que debió ser  de las pocas cosas que Mercedes poseyera dado el corto tiempo que duró su reinado. Agrega la autora de Jardín que dicho abanico, al moverse, traería un aire suyo, una fragancia irreal de jazmines meridionales, fenecidos  muchos años antes.

Ese abanico es de los pocos  vestigios de Mercedes en Cuba. Lo es asimismo el nombre del hospital que pervive en el imaginario habanero. La Calzada de Monte se llamó, por Alfonso XII,  del Príncipe Alfonso, en tanto que Ias calzadas de Infanta y de Reina debieron su nombre a Isabel II, y el Hospital Calixto García fue Alfonso XIII. Hay un vestigio más, también etéreo, y es el de la fiesta con la que el Capitán General celebró en su palacio de la Plaza de Armas el ascenso al trono del hijo de Isabel II. No pierda de vista quien lee que esta mañana de domingo el escribidor, que toma su haber donde lo encuentra, no ofrece una lección de historia y mucho menos de filosofía, sino que, más que contemplar, imagina en un museo un precioso cuadro con muchas damas deslumbrantes de joyas y brocados, que bailan o conversan con oficiales de uniformes rojos y caballeros de etiqueta, mientras el mar al fondo se encrespa y se hincha como si lo soplara la vecindad de una tormenta.

El Salón del Trono de Palacio, escenario de la fiesta, luce sencillo y rico y severo a la vez. El mueblaje es suntuoso y los ocho espejos que engalanan el recinto, con sus molduras doradas, no deben tener muchos rivales en palacios europeos. El tapizado es grana y oro. Los retratos de los gobernadores se exhiben en un salón verde pálido, y otro recinto, pintado de rosa y oro, con camareras, peluqueras y modistas,  se reserva para el tocado y el descanso de las señoras. Bajo regio dosel de terciopelo granate guarnecido con galones de oro, está el retrato de S. M.  Alfonso XII. (Tomado de Juventud Rebelde)

Editado por Maria Calvo



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