Por
Jorge Gómez Barata
Publicación
Original en MONCADA
En
su análisis de la coyuntura
mundial contemporánea, Fidel
Castro asume como inevitable un
ataque norteamericano-israelí
a Irán en lo cual puede estar
acertado. Lo que el experimentado
estadista parece haber detectado
es una situación político-militar
y de seguridad en la cual las partes
han sobrepasado un punto de no retorno,
que impide maniobrar y hace inviable
a la diplomacia.
Existen
expertos o aficionados que dudan
de esa posibilidad a partir de considerar
la actual situación militar
de Estados Unidos, un país
envuelto en una crisis económica
y dos guerras grandes en las cuales
está comprometido una parte
de su potencial militar.
A
mi juicio ese punto de vista, en
lo referido a Irán, es errado
debido a que las operaciones concebidas
por los militares estadounidenses
se basan en el empleo del poder
de fuego y la capacidad de la artillería
y la cohetería de los buques,
submarinos y aviones propios y de
sus aliados para actuar a grandes
distancias sin comprometer tropas
ni realizar desembarcos, excepto
para operaciones puntuales.
Para
un tipo de guerra así, Estados
Unidos puede disponer de prácticamente
todo su potencial aéreo y
naval puesto que en Irak y Afganistán
existe un status de ocupación,
que si bien ancla importantes cantidades
de tropas terrestres y alguna aviación
táctica, no compromete a
los buques y portaviones, no necesita
de los bombarderos de gran radio
de acción y no requiere el
empleo de la cohetería estratégica
y de mediano alcance.
En
términos operativos, excepto
porque son conducidas por el Estado
Mayor Central, las acciones de bombardeo
— aéreo naval masivo
y prolongado contra Irán
no compiten con las de Irak y Afganistán.
Otra cosa es el impacto político
y sicológico que puede tener
en el pueblo norteamericano y en
la opinión internacional
el hecho de que Estados Unidos se
embarque en una operación
militar de esa envergadura.
Siete
años después de que
apareció la presunción
norteamericana, nunca probada ni
confesada, de que Irán intentaba
aprovechar su programa de uso civil
de energía nuclear para encubrir
esfuerzos militares, la diplomacia
norteamericana y europea, así
como la ONU y la capacidad de presionar
de todos juntos, han llegado a un
callejón sin salida.
Después
de decenas de reclamaciones al gobierno
iraní, inspecciones “in
situ”, reuniones de las autoridades
nucleares iranies con expertos de
la Organización Internacional
de la Energía Atómica,
acciones diplomáticas europea,
rusa y china y explicaciones de
los líderes políticos
y religiosos persas que defienden
su derecho a desarrollar la energía
nuclear y consiguientemente a enriquecer
el uranio con fines pacíficos
y agotadas cuatro rondas de sanciones
por la ONU, se ha llegado a una
situación que parece terminal.
Lo
que Estados Unidos, la Unión
Europa y el Consejo de Seguridad,
incluidos Rusia y China, exigen
es que Irán renuncie a su
programa de enriquecimiento de uranio
y adquiera compromisos verificables.
Por
su parte, Irán sostiene su
derecho a enriquecer uranio para
producir combustible nuclear tanto
para sus reactores de investigación
como para sus plantas nucleares
(en construcción) cosa permitida
por el Tratado de No Proliferación
y en la cual no está dispuesto
a ceder. Las autoridades persas,
incluso invocando a su fe, aseguran
que no desean construir bombas atómicas.
Ante
semejante debate es preciso aclarar
que existen unos diez países
con capacidades para refinar el
uranio, la mitad de los cuales (Canadá,
Australia, Alemania, Italia, España,
Brasil y otros) no poseen bombas
ni las quieren sin que nadie dude
de su palabra. Tampoco, de haber
en Irán un gobierno “certificado”
por Estados Unidos habría
conflicto alguno. De hecho Irán
discute un derecho y Estados Unidos
objeta por una sospecha.
En
el punto al que se ha llegado, para
Irán detener su programa
de enriquecimiento de uranio equivale
a una claudicación ante el
imperio; mientras para Estados Unidos
que irán alcance la bomba
significa el fin de su hegemonía
en el Oriente Medio y para Israel
el ocaso de una era de impunidad.
Para solucionar el peligroso contencioso,
al que Fidel Castro confiere perfiles
globales, el presidente de Brasil,
Luis Inacio Lula da Silva, el premier
turco Recep Tayyip Erdogan y el
líder iraní Mohamed
Ahmadineyad alcanzaron un acuerdo
que pareció una solución.
En
virtud del entendido, Irán
depositaria en Turquía una
tonelada y media de uranio levemente
enriquecido, a la cual renunciaría
en el momento en que, en el curso
de un año, le fuera suministrado
la cantidad de combustible nuclear
suficiente para operar un reactor
de investigaciones.
En
ese momento el problema se volvió
básicamente cuantitativo
debido a que occidente conoce (porque
Irán lo ha informado a la
OIEA o por vías de inteligencia)
que el uranio depositado en Turquía
representaría alrededor de
la mitad de las existencias de uranio
en poder de Teherán. De ahí
en adelante el asunto se reducía
a incluir más uranio o bajar
el grado de enriquecimiento.
En
lugar de apoyar ese curso o, como
mínimo poner a prueba a Teherán,
Estados Unidos saboteó el
acuerdo y poco menos que ridiculizó
a Endorgan y Lula. El Consejo de
Seguridad con la aquiescencia de
Rusia y China que en lugar de asumir
el entendido como una razón
para dar oportunidades a la negociación,
se plegaron a Estados Unidos.
El
resto de la historia es conocida:
a las sanciones de la ONU que incluyen
el registro de los buques que parten
o intentan atracar en Irán
se han sumado otras sanciones más
duras aun de Norteamérica,
la Unión Europa y Canadá.
Las
sanciones comerciales impiden a
Irán adquirir equipamiento
para sus refinerías, no de
uranio sino de petróleo y
no le permiten ni comprar gasolina,
lubricantes y otros derivados. En
el ámbito financiero, al
no habilitar al Estado persa para
acceder a la banca occidental se
obstaculizan las transacciones por
ventas de petróleo pagadas
en cuentas en bancos occidentales.
Tampoco Irán puede desde
allí realizar los pagos por
sus importaciones.
Por
otra parte la resolución
del Consejo de Seguridad que invocó
el Capítulo VII de la Carta
de la ONU que autoriza el uso de
la fuerza, asumió el carácter
de un ultimátum cuando dio
a Irán un plazo a partir
del cual sus buques y aviones serán
detenidos, abordados y registrados.
En
semejante clima: ¿Cuál
es el espacio para negociar? ¿Cuál
puede ser la agenda? y ¿Cuáles
pueden ser los compromisos de las
partes?
Mientras
un hombre amenaza con un revólver
a un rehén, hay esperanzas
para los negociadores, para el rehén,
incluso para quien apunta. Una vez
que se ha jalado el gatillo, nadie
puede detener la bala. A eso llaman
punto de no retorno. |