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Juan Gelman
Los
75.000 documentos clasificados sobre
la guerra en Afganistán que
dio a conocer el sitio Wikileaks
(file://wikileaks.org) provocaron
la airada reacción de la
Casa Blanca, del Pentágono
y de los neoconservadores de todo
pelaje que pululan en Washington.
No es para menos: se trata de informes
internos de las fuerzas armadas
de EE.UU. y la OTAN que combaten
en territorio afgano y dan cuenta
de hechos ominosos que no se declaran
oficialmente y aun se niegan. El
fundador y alimentador del sitio,
Julian Assangem, les dio amplia
difusión enviándolos
a The New York Times, Der Spiegel
y The Guardian y anunció
que está analizando con su
equipo otros 17.000 documentos que
pronto dará a conocer. El
gobierno de Obama condenó
en duros términos semejante
filtración, histórica
por el volumen de registros secretos
develados (ver Página/12,
27-7-10).
El
vocero del Departamento de Defensa,
Geoff Morrell, anunció que
se ha lanzado una caza del hombre
para encontrar al responsable de
un acto que revela, por un lado,
el poder de la informática
y, por el otro, las fragilidades
del Pentágono. La documentación
cubre el período junio 2004-diciembre
2009 de la guerra y va de lo torvo,
como el ocultamiento estadounidense
de la muerte de civiles, a lo francamente
ridículo, como el informe
sobre un presunto complot del servicio
de inteligencia de Pakistán
(ISI, por sus siglas en inglés)
para asesinar al presidente afgano
Hamid Karzai envenenando su cerveza.
Esta
hemorragia informativa pinta el
verdadero rostro de la guerra en
Afganistán, los llamados
“daños colaterales”
–el eufemismo inventado en
la guerra de Vietnam para disimular
el asesinato de civiles– que
los mandos invasores encubren, las
matanzas indiscriminadas en las
aldeas, el accionar de escuadrones
de la muerte, los bombardeos de
aviones sin tripulación manejados
por control remoto desde una base
estadounidense, la complicidad del
ISI con los talibanes, los estragos
que el “fuego amigo”
provoca en la policía y el
ejército afganos y otros
detallitos que los Pactos de Ginebra
califican de crímenes de
guerra. Pero quién se acuerda
de eso en Afganistán.
Asciende
a 144 el número de incidentes
que segaron la vida de simples ciudadanos
en el período de referencia.
Un par de días antes de la
difusión de los documentos,
un misil impactó en un caserío
de la provincia de Helmand causando
la muerte de 52 civiles (www.latimes.com,
26-7-2010). El servicio de inteligencia
del ejército estadounidense
registró “seis insurgentes
muertos, incluido un comandante
talibán”, pero el aldeano
Abdul Ghaffar manifestó a
la AP que había llevado siete
niños heridos a un hospital
de Kandahar. Marjan Agha, otro vecino,
dijo que un grupo de pobladores
fue al encuentro de las tropas alzando
una bandera blanca y fueron recibidos
a balazos con un saldo de dos víctimas.
Uno
de estos “errores”:
300 campesinos afganos pasaron a
mejor vida en el valle de Baghni
por un ataque aéreo que,
según un comunicado de la
base de Bagram, se produjo “después
de tener por seguro que no había
afganos inocentes en los alrededores”.
A Seguro se lo llevaron preso, recuerda
el dicho popular. Las Naciones Unidas
asentaron la muerte de 2.412 civiles
en 2009, un aumento del 14 por ciento
con respecto al año anterior.
Esa clase de contabilidad suele
minimizar los guarismos por un lógico
prurito de considerar solamente
lo probado.
Otro
capítulo sombrío es
el de las ejecuciones sin proceso
que lleva a cabo el Grupo de Tareas
373 del ejército de EE.UU.,
la “unidad negra” de
las fuerzas especiales. Sus efectivos
se ocupan de capturar y sobre todo
asesinar a dirigentes y activistas
talibanes considerados importantes,
aunque hay en su haber más
víctimas civiles, incluidos
niños y mujeres –y
hasta policías afganos–
que insurgentes. Un ejemplo es el
ataque que el 373 lanzó el
17 de junio de 2007 para liquidar
al combatiente libio Abu Laith al
Libi quien, según los datos
de inteligencia, se escondía
en Nangar Khel, poblado de la provincia
de Patitka.
Los
del GT 373 utilizaron un arma nueva
cargada con seis misiles y transportable
en la parte trasera de una camioneta.
No encontraron a Libi, pero al acercarse
a la aldea, cumplido el ataque,
encontraron en la madrasa o escuela
religiosa del lugar a seis niños
muertos y uno herido que falleció
20 minutos después. Un comunicado
de prensa del comando ocupante alegó
que las tropas “habían
vigilado el sitio todo el día
y no hallaron indicación
alguna de que hubiera niños
en el edificio”. Pero había.
Preguntado
si estimaba que el secreto de Estado
es legítimo, Julian Assangem
declaró a Der Spiegel que
lo era tanto como el derecho a la
apertura. “Desgraciadamente
–aclaró–, los
que cometen desmanes contra la humanidad
o contra la ley abusan de la legitimidad
del secreto para taparlos”
(www.spiegel.com, 26-7-10). El inconveniente
es que tres personas pueden guardar
un secreto si dos de ellas están
muertas, anotó Benjamin Franklin.
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Fuentes:
RHC, AIN, GRANMA,
TRABAJADORES, JUVENTUD REBELDE, PL,
REUTER, EFE, IPS, ANSA, AFP, XINHUA,
TASS, DPA, AP. |