| Santiago
de Cuba, 30 jul (RHC-PL).- Desde el amanecer,
y como viene sucediendo hace casi 60 años,
esta ciudad se vuelca este viernes a recordar
a uno de sus mejores hijos, Frank País,
ametrallado en plena calle el 30 de julio
de 1957.
El homenaje evoca también a la
figura de Raúl Pujols, el otro
joven combatiente clandestino que cayó
abatido igualmente en el Callejón
del Muro por los soldados de Fulgencio
Batista, contra cuya dictadura se alzaba
entonces la rebeldía de los cubanos.
Aunque este viernes se concentra el tributo
a quien era el jefe de Acción y
Sabotaje del Movimiento 26 de Julio con
apenas 23 años, su presencia recorre
la urbe cada día en los nombres
de universidades y escuelas, de parques,
avenidas, hospitales y en el más
humilde rincón de esta geografía.
La huella del intrépido y competente
líder cobra vigor al rememorar
la que fue quizás su más
audaz acción: dirigir el levantamiento
armado de la ciudad el 30 de noviembre
de 1956, con el cual se puso en jaque
a las fuerzas castrenses y se demostró
la pujanza de la lucha en vísperas
del desembarco del Granma.
Pero el lazo de Frank País García
y Santiago de Cuba, forjado durante el
peligro y la acechanza, tuvo su clímax
en las honras fúnebres del joven,
cuando miles de hombres y mujeres, desafiando
la represión del régimen,
custodiaron su cuerpo inerte hasta el
cementerio de Santa Ifigenia.
Aún pueden escucharse testimonios
de quienes le conocieron y todavía
se asombran de aquella enigmática
combinación entre la sensibilidad
del artista, extasiado ante el piano,
y la determinación férrea
del combatiente que disparaba al enemigo.
Sus dotes como organizador y estratega
pasmaban a los más veteranos y
curtidos luchadores.
Como monstruos que troncharon tanta virtud
calificó Fidel Castro a los asesinos
de Frank, ignorantes de cuánto
había en él de grande y
prometedor. La reverencia de los cubanos
explica que sea la fecha de su desaparición
física la consagrada a la memoria
de los mártires de la Revolución.
Por eso hoy la ciudad que lo alumbró
llena de flores su tumba y la de sus compañeros.
Sin lágrimas, olvida que lo vio
caer en sus propias entrañas. Sencillamente,
levanta en andas su imagen victoriosa
y lo pone de nuevo a caminar.
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