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La Jungla de Calais, donde naufragan las esperanzas

por Guillermo Alvarado

Es uno de los mayores campamentos de refugiados de Europa, ubicado en la norteña ciudad francesa de Paso de Calais, donde se apiñan –no se puede decir que viven- unas diez mil personas de las más diversas nacionalidades y donde falta de todo: servicios, alimentos, medicinas y, por encima de cualquier cosa, esperanzas para quienes allí están huyendo de la miseria, la violencia y los conflictos armados.

El nombre del sitio lo dice todo: “La Jungla”, donde impera la ley del más fuerte, representado en este caso por alguna de las numerosas pandillas que buscan tomar control, no sólo del campo, sino de las rutas que puedan posibilitar una vía de escape, lo que provoca numerosos enfrentamientos muchas veces con saldos fatales.

Calais es el punto de partida del túnel bajo el canal de La Mancha, el Eurotúnel, que enlaza al Reino Unido con el territorio continental y está considerado oficialmente como la frontera entre Francia y la nación británica.

Todos los aglutinados en La Jungla intentan de alguna manera cruzar ese túnel para alcanzar lo que consideran la tierra prometida. Una de las estrategias es colgarse debajo de los camiones que son trasladados por ferrocarril hasta la boca del otro lado, o colarse en los vagones cargados de mercancías y otros objetos.

Es un intento desesperado que muchas veces termina mal, pero eso no les importa mucho a quienes vienen huyendo de guerras creadas por potencias occidentales en Afganistán, Siria o Iraq, o de la miseria en Etiopía, Sudán y otros países del África subsahariana que fueron saqueados por la misma Europa.

Pero si desesperada es la situación de los miles de hombres y mujeres que habitan La Jungla de Calais, peor es aún para más de 800 menores sin acompañantes, que viven en ese mundo donde la piedad es un mito.

Un estudio realizado por la asociación Francia Tierra de Asilo constató que 627 niños están solos y en completa precariedad en el campamento, otros 202 en un centro provisional, y 32 se alojan en un sitio destinado a mujeres.

Para estos infantes las posibilidades de reencontrarse con sus familiares son remotas y están a expensas de caer en manos de redes del crimen organizado, o de explotación laboral o sexual, por lo que las autoridades, tanto las británicas, a donde pretenden arribar cruzando el Eurotúnel, o las francesas, en cuyo territorio se encuentran en la actualidad, deberían tomar medidas para protegerlos.

Numerosas voces advierten que La Jungla es una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento debido a la violencia y el malestar que se acumulan hora a hora entre quienes la habitan.

En abril pasado Francia decidió demoler toda la parte sur de este enorme campo de refugiados con el propósito de reducir su población, pero la medida resultó ineficaz por que el flujo de migrantes que buscan llegar al Reino Unido es constante, alimentado por la desesperación y una débil esperanza de hallar un mundo mejor.

Esa frágil esperanza naufraga en la Jungla, un espejo de los males del capitalismo, de lo que causa la voracidad por las riquezas ajenas, un resumen de la indiferencia ante el sufrimiento de los seres humanos en un sistema donde el único signo que vale es el del dinero y la riqueza, por encima de la vida y la solidaridad.

Editado por Maria Calvo
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