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Fidel: El legado, nosotros mismos

por  Liurka Rodríguez Barrios

Es posible que en estos días no haya quedado cubana o cubano sin expresar sus sentimientos por el deceso del Comandante en Jefe. Entre lágrimas, se ha escrito la canción colectiva que despide a un hombre de naturaleza sin par, cuyo ejemplo trasciende fronteras, cercanas o recónditas. Ante el tránsito de sus restos inmortales la Isla le ha jurado, en silencio o a coro, lealtad y, sobre todo, perpetuar su legado. Pero es que el legado de Fidel somos nosotros mismos, las generaciones que han sabido su frente a cualquier hora de la Revolución.

Yo vi a Fidel por primera vez en los padres de mis padres, que me contaron sobre sus esperanzas en aquel joven barbudo que bajó de la montaña mayor con promesas de escuelas, hospitales, tierras y más de mucho que los viejos no creían posible: inclusión de su raza de negrísimo color  en el destino promisorio de una nación. Y en consecuencia, agradecidos, los abuelos dieron sus hijos a esa causa. Algunos volvieron maestros, otros se fueron a Angola y regresaron sin más preseas que sus medallas de combatiente.

Después me tocó ver a Fidel en los demás, en la educadora que habló de su obra, de su sacrificio ilimitado junto a su Ejército Rebelde, hasta que pude verlo, por fin,  en sus frases, en su voz y su imagen de verde olivo que marcó el color de mi infancia, y en aquella estrofa de pioneros, como regalo de cumpleaños: “no quisiera tener un modelo mejor, que el que usted con razón, Comandante, ha sembrado en nuestro corazón”.

Con los años seguí viendo a Fidel en la mocha de los millonarios azucareros, en el surco de los campesinos, en las medallas de los deportistas, en el casco de los constructores, en el lápiz de los estudiantes, en la boina de los soldados, en los proyectos de los científicos, en altares de creyentes, en el pódium de los diplomáticos, en la rima de los poetas, en las cuerdas de una guitarra…

Pero lo vi más cuando se rompieron aquellos muros de los 90, y tuvimos que asegurar los nuestros  frente a las más angostas tempestades, sin más aliento que el de Fidel y sus fieles compañeros de lucha, al amparo de nosotros mismos, su legado.  

Puedo seguir relatando todas las veces que volví a ver a Fidel porque su presencia es sempiterna, pero me detengo en una de las visiones mayores que he tenido de su estampa, en Vietnam, y más profundamente, en el corazón de ese pueblo por quien aprendimos-nacidos o por nacer- a dar hasta nuestra sangre.

Y vi también a Fidel en la inspiración de un centenar de médicos, enfermeras, y otros profesionales de la salud que integraron la brigada médica cubana del Contingente Henry Reeve, y cuya asistencia a las víctimas de un terremoto en la Isla de Java, Indonesia, quedó incrustada entre sus templos milenarios.

Vi a Fidel en los haitianos, hoy con menos dolor por la mano tendida desde Cuba para las curas del cuerpo y del alma.

Aun cuando en estos días ya no está Fidel lo he visto en los hombres y mujeres que han estampado su compromiso, tras la partida, de ser files a su legado, que significa, otra vez, ser fieles a nosotros mismos. Vi a Fidel en la Plaza.  Lo vimos todos, aunque, ciertamente, el cantor vio más cerca su caballo. Lo vi de nuevo en Santiago, en el grito irredento Hasta la Victoria Siempre, anclado en las sienes de la Patria, imbatible.



(CubaSí)

Editado por Maria Calvo
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