La violencia mata y cuesta

por Guillermo Alvarado

La compra o fabricación de armas, los conflictos militares, el terrorismo y otras formas de violencia que azotan al mundo arrancan cientos de miles de valiosas vidas, pero también tienen un elevado costo económico, que sólo el año pasado fue equivalente al 12 por ciento del Producto Interno Bruto, PIB, global.

Así lo reflejó un informe denominado Global Peace Index, publicado recientemente por el Instituto para la Economía y la Paz, donde se señala que en ese período estos flagelos deglutieron la pasmosa cantidad de 14 mil 300 millones de dólares, cifra que utilizada para otros propósitos habría generado bienestar a una buena parte de la humanidad.

Si bien hay un ligero descenso del 3 por ciento con respecto a 2015, el primero desde hace cinco años, la factura es muy elevada en un planeta donde hay millones de personas en riesgo inminente de muerte por hambre y una cantidad descomunal de niños fallecen por la falta de una vacuna o un medicamento de fácil acceso.

El Instituto señaló asimismo que el estudio adolece de un grave defecto, y es la imposibilidad de determinar cuál es el valor de una vida humana, por lo que se circunscribe a detallar los gastos en inversiones militares, cuidados médicos, pérdidas de infraestructura y otros costos de las guerras.

Es un dinero dilapidado de una manera absurda, sobre todo si se toma en cuenta que los más afectados son tres países, Siria, Iraq y Afganistán, donde los enfrentamientos fueron impuestos desde el exterior siguiendo intereses económicos o políticos de potencias occidentales.

La guerra en Siria fue alentada por Estados Unidos, algunos miembros de la Unión Europea y naciones árabes que empujaron un conflicto de gran intensidad con el propósito de derrocar al legítimo presidente Bachar Al Assad. El año pasado esa tragedia consumió de manera directa o indirecta prácticamente el 67 por ciento del PIB de la nación. Dicho más simple: de cada cien dólares producidos allí, sólo 33 pudieron utilizarse para los servicios indispensables, el comercio y el desarrollo y el resto se los llevó la violencia.

En Irak, sometido a dos guerras y largos años de ocupación armada, desapareció en el caos de la violencia el 57 por ciento de la riqueza producida a lo largo de 2016, mientras en Afganistán fue cerca de la mitad, el 52 por ciento, que costó la incesante violencia.

Ninguna de estas tres naciones podrá superar fácilmente las extraordinarias pérdidas económicas sufridas en conflictos iniciados por voluntades ajenas, sin hablar de las enormes fracturas en el seno de sus sociedades.

En nuestra región es Colombia la más castigada por la violencia, que consumió el año pasado el 36 por ciento de sus ingresos, a pesar del avance notable que significó el acuerdo de paz firmado entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo y el gobierno presidido por Juan Manuel Santos.

Un mundo donde se gasta más en matar y destruir que en generar bienestar, donde los tambores de la guerra están por encima de las fanfarrias de la alegría, tiene que ser necesariamente, como lo calificó Eduardo Galeano, un mundo patas arriba.

Editado por Maria Calvo



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