La economía China: ¿buenas o malas noticias?
Por Oliver Zamora Oria
Nadie lo duda: China es el motor de la economía mundial. En plena crisis y con sus principales socios comerciales en el piso, el gigante asiático calló la boca de los economistas opuestos a la economía planificada, cuando supo bandearse con éxito en medio de aguas turbulentas.
Por estos días se encienden las alarmas con cierta dosis de paranoia. El gobierno chino anunció hace algunos meses, en 2011, que el crecimiento del Producto Interno Bruto del país (PIB) sería de 7,5 por ciento, una cifra modesta para una economía acostumbrada a dos dígitos, incluso, en momentos difíciles. ¿Bueno o malo? ¿Comienza a retroceder China o se trata de una coyuntura?
Todo país, para cuyo desarrollo es importante el capital foráneo, intenta tranquilizar a los inversores, por tal motivo, frecuentemente salen los funcionarios y académicos chinos a disipar los temores. “No hay por qué preocuparse”, alertan, y no les falta razón. Es lógico que la crisis en Europa y Estados Unidos toque con cierta fuerza a China, sin embargo, un crecimiento menor a los habituales puede ser el reflejo de un momento de cambios estructurales, o puede responder a evitar un sobrecalentamiento de su economía, un peligro señalado por muchos académicos desde hace algunos años.
Pekín se esmera ahora en un proceso de reformas. Desde su despegue comercial se ha basado en las exportaciones, China es como la gran fábrica que produce todo, o casi todo, lo consumido en Europa y Estados Unidos, los principales centros del poder capitalista mundial y con altos niveles de consumo; es decir, se establece un sistema global en el cual los chinos fabrican y venden y los norteamericanos y europeos compran, por tanto, cuando aumenta el desempleo en esas regiones y baja el nivel adquisitivo, se presenta un problema para el gigante asiático
¿Qué hacer? Los productos nacionales pueden encontrar salida dentro de las fronteras si el gobierno decide aprovechar ese enorme potencial que constituye una población superior a los 1300 millones de personas. Alentar el consumo interno es la frase mágica.
Es una reforma fácil de decir, pero difícil de implementar. Primero Pekín necesitará desembolsar fondos multimillonarios para aumentar el nivel adquisitivo de sus habitantes, que pasa no solo por el aumento de los sueldos, sino también por controlar la inflación e impulsar una serie de políticas sociales en materia de salud, educación y seguridad social.
Según algunos analistas y datos oficiales, millones de chinos salen de la pobreza año tras año y en el país algunos amasan enormes fortunas, pero una economía basada en el consumo interno necesita una extendida clase media. China tiene elevadas tasas de ahorro, un enemigo del consumo y señal de cuan difícil es aún la vida para muchos en el país. Mejor infraestructura y servicios médicos y educacionales más asequibles son indispensables.
No obstante, no por gusto China es ya la segunda economía mundial y sus arcas están llenas de dólares; tiene por tanto los márgenes de maniobra que pocas naciones tienen para darse el lujo de reestructurar su economía. Las tormentas económicas puede ir y venir, el buque chino parece lo suficiente fuerte como para no dejarse llevar por los vientos.












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