Egipto, atrapado y sin rumbo
Por Oliver Zamora Oria
Egipto vuelve a las urnas, esta vez no para buscar a sus legisladores, sino a un presidente que debe sustituir, después de quince meses, al entonces presidente Hozni Mubarack.
Están convocados más de 50 millones de personas a lo largo del país árabe, y lo más probable es que todos se vean las caras otra vez en una segunda vuelta, pues ninguno de los 12 candidatos se muestra como un claro favorito capaz de alcanzar el 50 por ciento más uno requerido.
Vamos al análisis de la jornada electoral. Varios analistas y medios de prensa del llamado “occidente” muestran a los comicios como el fruto más dulce de la “primavera árabe egipcia”, un proceso con origen popular y posteriormente secuestrado por las elites y grupos de poder hasta convertirla en un invierno.
Ese es el contexto en el cual se desarrolla esta jornada: la frustración por las promesas incumplidas, una economía aún por despegar, los mismos problemas sociales y un sistema político precario, incapaz de construir un nuevo y mejor Egipto. Tan solo un ejemplo, aún la nación norafricana no cuenta con una Constitución, es decir, el próximo mandatario no sabe a estas alturas el nivel de poder que tendrá sobre el país.
Es cierto… quizás sean las elecciones más libres en muchos años, pero nadie garantiza una transparencia total, y a diferencia de los tiempos de Mubarack, cuando todos conocían el fraudulento resultado de antemano, estos comicios parecen ser un trampolín hacia una crisis política más aguda.
Los cierto es que el país está desconcertado, un ejemplo son los candidatos; entre los cuatro de más posibilidades, dos representan al islamismo radical, la corriente religiosa y política que conquistó el parlamento y que ahora pierde fuelle dentro de la sociedad; los otros dos aspirantes eran altos funcionarios del gobierno de Mubarack, es decir, son representantes del viejo sistema.
¿Quienes son estos dos últimos personajes? Ahmed Shafiq, último primer ministro de Hosni Mubarak, y Amro Musa, excanciller del mismo régimen. ¿Pero cómo se entiende esta contradicción? ¿Cómo es posible que un pueblo que expulsó a un gobierno despótico hoy apueste en parte por el regreso de algunas de sus principales figuras? La inseguridad y la crisis económica son las claves. Millones sueñan con un pasado, más corrupto y dictatorial, pero con calles más seguras. En el caso de Musa, el aspirante ha conquistado el corazón de los campesinos al prometerles mejores créditos a través de un banco agrícola. Para millones de egipcios ahora la democracia no es más importante que la inseguridad y el no tener que llevar a la mesa.
El próximo mandatario deberá enfrentar un ejército superpoderoso con el 30 por ciento del Producto Interno Bruto nacional en sus manos y renuente a perder sus grandes espacios en la toma de decisiones. Deberá enderezar una economía en ruinas, para lo cual tendrá que someterse a las condiciones de los organismos financieros internacionales.
Ahora bien, un detalle, si gana un expartidario de Mubarack, ¿quien sacará los mayores beneficios políticos? Sin dudas Estados Unidos, que tras echar a su aliado, verá en la presidencia a un heredero de su antigua alianza. El favorito. Amro Musa, fue el secretario de la Liga Árabe que facilitó la invasión a Libia… sobran los comentarios.












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