¿Por qué la cabeza de Bashar Al-Assad?
Por Oliver Zamora Oria
La caída del presidente, Bashar Al-Assad, es la condición indispensable para que la oposición siria, por lo menos, se disponga a sentarse en la mesa de diálogo. Ya no parece importante qué ocurrirá en el país o si el gobierno cede a las exigencias de los supuestos rebeldes, lo importante ahora es lograr una victoria simbólica ante la opinión pública internacional, y en ese sentido se explica el valor de la caída de Assad. ¡Necesitan un trofeo para mostrar!
Esa actitud opositora ha destrozado los planes de paz propuestos por el representante especial de Naciones Unidas, Kofi Annan, y a la larga tendrá consecuencias políticas negativas para los contrarios a Bashar Al Assad. Dan la impresión de ser una fuerza terca, sin habilidades para negociar y poco interesada en llegar a una solución política. Claro está… la postura de los opositores no solo responden a intereses propios, deben leerse como la posición de aquellas potencias que financian sus actividades con el envío de dinero, armas y asesores.
A la larga, el resultado ha sido que Rusia, aliado de Damasco, se ha convertido en la pieza clave del conflicto. Será Moscú quien diga la última palabra debido a dos razones fundamentales: es la única potencia involucrada con influencia real sobre el mandatario sirio, y el único obstáculo serio para Estados Unidos, Europa y las monarquías del Golfo, por su peso extraordinario en las instituciones internacionales y por su poderío militar en caso de calentarse el ambiente. No es descabellado pensar entonces que el mayor empeño tras bambalinas de las potencias sea seducir a Rusia con alguna concesión en otro conflicto latente, con tal de que abandone a Assad.
Sin embargo, esta estrategia, en caso de implementarse, no debe dar resultados. El Kremlin sabe que tiene recursos a la postre para negociar otros conflictos como Georgia o el escudo antimisil. Ceder en Siria sería un costo elevado desde el punto de vista geopolítico y a la larga una gran oportunidad perdida para Moscú de sentar las bases para una influencia firme en el Medio Oriente, es decir, para muchos analistas la política exterior de Rusia hacia esa región ha sido débil, y salir airoso en el caso Siria cambiaría esa posición.
Además, Moscú necesita un gobierno aliado y fuerte en Damasco, capaz de detener esos planes occidentales en la región que tendrán su próxima parada en Irán. Sin Bashar Al Assad lograr esa seguridad es muy difícil, su salida del poder traería la caída de un sistema político que logró estabilizar un país en caos, pero también, daría el poder a una oposición armada muy desunida y llena de conflictos internos. Siria sería un polvorín parecido a Libia, y a esas alturas se perdería el control del conflicto a nivel regional.












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