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El origen del poder de las maras

Foto: Consejo de Redacción.

Foto: Consejo de Redacción.

Por: Guillermo Alvarado

Cuando los jefes de las pandillas juveniles, las maras, fueron deportados de Estados Unidos hacia sus países de origen, en particular Guatemala, El Salvador y Honduras, hallaron en esos lugares tierra fértil para crecer y desarrollar un asombroso poder, capaz de enfrentar al Estado, por un lado, y al crimen organizado, por el otro.

Fue un acontecimiento inesperado, cuando en las décadas finales del siglo XX estas naciones buscaban poner fin a largos y costosos conflictos armados internos, asegurándose al mismo tiempo el control de las riquezas para los habituales grupos oligárquicos, en los que se habían enquistado las cúpulas militares.

Quizás no lo vieron venir, o pensaron que podrían controlarlo para utilizarlo a su favor cuando fuese necesario, el caso es que el fenómeno de las maras llegó para quedarse y se desarrolló con una sospechosa estructura casi militar y métodos conspirativos y de compartimentación.

Cuando los pandilleros cayeron en sus barrios y municipios, estos seguían tan deprimidos y abandonados como cuando partieron hacia el norte. La mayoría de los jóvenes carecían de educación y empleo, sumidos en la pobreza y estigmatizados por ser pobres, muchos con familias disfuncionales o sin ningún tipo de ella.

El resentimiento fue el caldo de cultivo que nutrió a las maras. En sus raíces había muchos de aquellos niños de la calle que poblaron las ciudades en los años 70 y 80, durmiendo en las banquetas cubiertos con periódicos, cartones o, si había suerte, un trozo de manta, comiendo sobras o basura y que, cuando crecieron, enfocaron su hostilidad hacia la sociedad que los abandonó.

La mara fue para ellos el remedo de la familia, la cara oscura del hogar que nunca tuvieron, el refugio donde consolarse del desprecio, la humillación y la muerte.

De allí la violencia insólita que los empuja y su afán por no parecerse en nada al mundo que los expulsó.

Utilizan un lenguaje particular, extendido más allá de palabras crípticas a extraños tatuajes que, además de parecer grotescos, ocultan mensajes solo comprensibles al grupo, así como gestos con el rostro y extrañas posiciones de dedos, manos y cuerpo.

Van dejando en los muros de las calles pinturas o textos aparentemente indescifrables que lo mismo convocan, informan o marcan límites de territorios.

La organización es piramidal y en la base están los “soldados”, agrupados por “clicas” cuyos miembros sólo conocen a su jefe inmediato que, a su vez, forma parte de una estructura superior y así hasta el vértice donde está un poder brutal, absoluto y prácticamente desconocido para la inmensa mayoría de mareros.

Sus ingresos financieros, tema en que profundizaremos en otros trabajos, tienen su base en el robo, la extorsión, el secuestro y el chantaje.

Además de una férrea ley del silencio, quien ingresa a la mara tiene pocas posibilidades de salir, al menos no vivo. Aparte de los que nutren su número desde el descontento y la desilusión, muchos otros en calles, barrios o escuelas son forzados bajo amenaza de muerte a incorporarse, incluso desde niños.

Para no pocos la única oportunidad de escapar es abandonar su lugar de origen, migrar, sea dentro del país o hacia el espejismo del norte.

La indolencia de las autoridades les abrió camino y llegó el momento en que pasaron de la marginación al reto, de la opacidad al control. Seguiremos con el tema.

 

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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