Ominoso aniversario

Por: Guillermo Alvarado

Entre el 25 de noviembre y el 1 de diciembre de 1975 se realizó en Santiago de Chile una reunión de los organismos de inteligencia de las dictaduras militares del sur de nuestro continente, en lo que se considera la fecha oficial de la creación del tenebroso Plan Cóndor.

La cita estuvo presidida por el jefe de la policía secreta de Chile, Manuel Contreras, y asistieron representantes de Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia, y contó con el patrocinio y la bendición de Washington.

Si bien el huevo de la serpiente se rompió en ese momento, cuando se pactó la coordinación de acciones en Sudamérica para eliminar opositores a los regímenes dictatoriales y a militantes de organizaciones sociales y de izquierda, la incubación llevó un largo período de tiempo anterior.

Algunos ven sus orígenes en acciones como las del agente estadounidense Dan Mitrione, quien en la década de los 60 del siglo pasado recorrió varios países latinoamericanos y caribeños para adiestrar a policías y militares en técnicas de tortura, sobre todo en la aplicación de descargas eléctricas.

El escalofriante método de Mitrione consistía en causar el máximo dolor y obtener la mayor cantidad posible de información de la víctima, manteniéndola con vida mientras se considerase útil.

Durante los años de aplicación del Plan Cóndor estos métodos se utilizaron en centros de tortura ubicados en los países miembros, como ocurrió en Buenos Aires en el sitio conocido como Automotores Orletti, llamado sarcásticamente por los militares “El Jardín”.

No se sabe con exactitud el número de personas que murieron debido a esa especie de transnacional del crimen, pero algunos investigadores calculan hasta 60 mil en todo el continente, porque las garras del cóndor se extendieron a Centroamérica e incluso a Estados Unidos.

El descubrimiento en diciembre de 1992 de una gran cantidad de documentos en una estación de policía en Asunción, capital de Paraguay, denominados “Los archivos del Terror”, permitió conocer pormenores de este siniestro programa e iniciar juicios contra algunos de sus participantes.

Hubo quienes, como el tirano paraguayo Alfredo Stroessner, que murieron antes de ser alcanzados por la justicia, pero otros, entre ellos el argentino Rafael Videla, perecieron en la cárcel.

Se trata de una historia de horror que no se mantiene en la memoria por gusto. Ella demuestra hasta dónde puede llegar el odio de las oligarquías y sus aparatos de represión contra quienes se atreven a pensar que un mundo mejor, más justo, es posible. Son, en definitiva, lecciones que no podemos de ninguna manera pensar que están enterradas en el pasado.  

Editado por Maite González Martínez



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