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La isla de la danza

Conjunto Folclórico Nacional. Foto: Yuris Nórido

Conjunto Folclórico Nacional. Foto: Yuris Nórido

por Yuris Nórido

¿Cómo es posible que en muchas de las grandes compañías de la danza mundial haya bailarines cubanos? Cuba es uno de los centros internacionales de la danza, gracias a un singular legado cultural y al reconocido sistema de enseñanza artística.

Este 29 de abril, en todo el mundo, se celebra el Día Internacional de la Danza. Se escogió esta fecha por ser la del aniversario Jean-Georges Noverre, maestro y creador de lo que asumimos como el ballet moderno. En las grandes capitales se ofrecen funciones alegóricas, en las que se da lectura a un mensaje firmado por alguna importante figura de ese arte.

En La Habana ya es tradición entregar el Premio Nacional de Danza a alguna personalidad por la obra de toda la vida. Este año correspondió a la bailarina y maestra María Elena Llorente, destacada artista del Ballet Nacional de Cuba.

Algunos se pregunta cómo es posible que una pequeña isla de este continente, tan lejos de los principales centros de la danza escénica mundial, esté considerada un lugar de referencia en la formación de bailarines y una importante plaza para la presentación de todas las manifestaciones.

No pocas compañías de renombre internacional tienen en sus elencos intérpretes nacidos y formados aquí y muy pocos países de la región cuentan con tantas agrupaciones profesionales, distribuidas a lo largo de la geografía nacional.

Algunos críticos y empresarios internacionales han considerado a Cuba “un país exportador de bailarines”. Asumen que la isla es una cantera natural de primeras figuras.

En realidad, los buenos bailarines no surgen por pura casualidad.

Hay que partir del extraordinario legado cultural en la isla, en el que la danza siempre tuvo un lugar de privilegio. En pleno siglo XIX, La Habana recibió a las más grandes representantes del ballet de aquellos años.

Esa tradición cristalizó a mediados del siglo pasado, cuando Alicia y Fernando Alonso fundaron el actual Ballet Nacional de Cuba y pusieron las primeras piedras de la que con los años fue reconocida como escuela cubana de ballet.

No se trató de extrapolar artificialmente una manera de bailar, sino más bien de incorporar las esencias del baile popular cubano, de esa particular cadencia del nacido en estas islas, al entramado de una concepción técnica, estilística y coreográfica.

Algo parecido hizo Ramiro Guerra con las tendencias más modernas, proceso que fructificó en la creación de Danza Nacional de Cuba, en los primeros años de la Revolución, hoy Danza Contemporánea de Cuba.

La obra de los fundadores está viva, multiplicada en decenas de compañías que asumen un espectro amplísimo: ballet, danza moderna, folclor, danzas populares…

Pero no hubiera sido posible sin la consolidación de un sistema de enseñanza artística, que llega hasta los más apartados lugares del país.

Si uno revisa los elencos de las compañías cubanas, puede encontrar bailarines nacidos en pequeñas poblaciones o en zonas absolutamente rurales, lejos de la capital y otros grandes centros urbanos.

En todas las provincias hay escuelas vocacionales de arte y en las principales ciudades los mejores estudiantes pueden cursos estudios medios y superiores.

Cada año se gradúan cientos de bailarines, muchos de ellos con excelentes condiciones.

Está claro: Cuba es un país pobre, nunca puede pagar a sus artistas profesionales de la danza los salarios que pudieran percibir en compañías de Europa y los Estados Unidos.

Por eso una parte importante de ese personal termina por emigrar, en busca de mejores condiciones económicas.

La ecuación puede resultar injusta, teniendo en cuenta de que ninguno de los bailarines tuvo que pagar su formación, pero es hasta cierto punto natural.

Y un bailarín cubano que triunfe en el extranjero es un excelente embajador de la cultura nacional.

El sistema está diseñado para que a las agrupaciones de la isla nunca les falten artistas. Por eso La Habana tiene una de las más activas programaciones de ballet y danza en el continente.

Como muestra, cada Día Internacional de la Danza las principales agrupaciones participan en la Gala Artística por la entrega del Premio Nacional.

Los retos, ahora mismo, no son pocos. Hay una crisis en la creación coreográfica, que trasciende las fronteras nacionales. Los bailarines, entrenados en una “fisicalidad” trepidante, tienen ciertas carencias en la concepción integral del acto escénico.

Pero el movimiento de la danza en Cuba está vivo, y da permanentes muestras de su potencial.

Esta seguirá siendo, por mucho tiempo, una isla para la danza.

MENSAJE POR EL DÍA INTERNACIONAL DE LA DANZA, 2015

Carmen Amaya, Valeska Gert, Suzushi Hanayagi, Michael Jackson… danza inclasificable. Yo no podría descifrar sus estilos de baile… los veo como turbinas generadoras de energía y esto me hace pensar en la importancia de la coreografía sobre esa misma energía del que baila. Seguramente lo importante no es la coreografía, sino precisamente esa energía, el torbellino que provoca.

Imagino una bobina tesla atrayéndolos a todos y emitiendo un rayo sanador y provocando una metamorfosis en los cuerpos: Pina Bausch como mantis religiosa, Raimund Hoghe convertido en escarabajo pelotero, Vicente Escudero en insecto palo y hasta Bruce Lee en escolopendra.

Bailé mi primer dúo con mi madre, embarazada de 7 meses. Puede parecer una exageración. Aunque casi siempre bailo solo, imagino que me acompañan fantasmas que hacen que abandone mi papel de “bailaor de soledades”. No querría decir Didi-Huberman: de soleares.

De pequeño, no me gustaba el baile, pero era algo que salía de mí de una forma natural y fácil. Casi instintiva. Con el tiempo me di cuenta que el baile curaba, me hacía efecto, casi medicinal, me ayudó a no ser tan introvertido y a abrirme a otras personas. He visto la imagen de un niño enfermo de ébola curándose a través de la danza. Sé que es una superstición, pero, ¿sería eso posible?

Después, el baile, acaba convirtiéndose en una obsesión que consume mis horas y que hace que baile hasta cuando me quedo quieto, inmóvil, apartándome así de la realidad de las cosas. No sé si esto es bueno, malo o necesario pero… así es. Mi hija Milena, cuando estoy quieto en el sofá, pensando en mis cosas, con mi propio runrún, me dice: papi, no bailes.

Y es que veo a la gente moviéndose al andar por la calle, al pedir un taxi, al moverse con sus diferentes formas, estilos y deformidades. ¡Todos están bailando! ¡No lo saben pero todos están bailando! Me gustaría gritarles: ¡hay gente que todavía no lo sabe!, ¡todos estamos bailando!, ¡los que no bailan no tienen suerte, están muertos, ni sienten ni padecen!

Me gusta la palabra fusión. No como palabra de marketing, confusión para vender un determinado estilo, una marca. Mejor fisión, una mezcla atómica: una coctelera con los pies clavados en el suelo de Juan Belmonte, los brazos aéreos de Isadora Duncan y el medio cimbreo de barriga de Jeff Cohen en Los Goonies.

Y con todos estos ingredientes hacer una bebida agradable e intensa, que esté rica o amarga o se te suba a la cabeza. Nuestra tradición también es esa mezcla, venimos de un coctel y los ortodoxos quieren esconder su fórmula secreta. Pero no, razas y religiones y credos políticos, ¡todo se mezcla!, ¡todos pueden bailar juntos! Quizás no agarrados, pero sí unos al lado de los otros.

Hay un antiguo proverbio chino que dice así: el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo. Cuando una mosca levanta el vuelo en Japón, un tifón sacude las aguas del Caribe. Pedro G Romero, después de un aplastante baile por sevillanas, dice: el mismo día que cayó la bomba en Hiroshima, Nijinsky repitió su gran salto en un bosque de Austria.

Y yo sigo imaginando: un latigazo de Savion Glover hace girar a Mikhail Baryshnikov. En ese momento, Kazuo Ono se queda quieto y provoca una cierta electricidad en María Muñoz que piensa en Vonrad Veidt y obliga a que Akram Khan provoque un terremoto en su camerino: se mueven sus cascabeles y el suelo se tiñe con las gotas cansadas de su sudor.

Me gustaría poder dedicar este Día Internacional de la Danza y estas palabras a una persona cualquiera que en el mundo esté bailando en este justo momento. Pero, permitidme una broma y un deseo: bailarinas, músicos, productores, críticos, programadores, demos un fin de fiesta, bailemos todos, como lo hacía Béjart, bailemos a lo grande, bailemos el Bolero de Ravel, bailémoslo juntos.

Israel Galván, bailaor y coreógrafo español   

(Tomado de Cubasí)

Editado por Martha Ríos
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