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Beatificación de Monseñor Romero es un acto de justicia

Por: Guillermo Alvarado

La beatificación del obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 por un sicario al servicio de la oligarquía de ese país, es un legítimo acto de justicia no sólo hacia el prelado, sino a todas las víctimas de la represión y las masivas violaciones de los derechos humanos perpetradas por el ejército durante el conflicto armado interno en el llamado “Pulgarcito de América”.

El religioso recibió un disparo mortal mientras oficiaba un servicio litúrgico, apenas un día después de que pidió a los soldados desobedecer las ordenes de matar emitidas por sus superiores.

Romero no era un hombre de izquierda al estilo del sacerdote colombiano Camilo Torres, ni mucho menos. Más aún, cuando El Vaticano decidió nombrarlo Obispo Metropolitano de San Salvador, en febrero de 1977, estaba considerado como una persona de pensamiento conservador.

Pero era un hombre decente y las atrocidades que le tocó conocer muy de cerca revolvieron su conciencia y se puso abiertamente del lado de quienes más sufrían, los pobres, los explotados, los campesinos, sindicalistas y otros líderes sociales, cuyos cuerpos destrozados por las torturas infligidas por los militares poblaban las madrugadas de San Salvador.

Su postura lo convirtió en una figura incómoda para las 14 familias que desangraban, económica y literalmente al pequeño país centroamericano, e incluso para la cúpula católica, que no emitió ninguna declaración de condena tras su asesinato.

De hecho debieron pasar 35 años para que su sacrificio fuera reconocido por El Vaticano, gracias sobre todo al Papa Francisco, primer pontífice latinoamericano, quien firmó el decreto correspondiente.

Mucho antes que eso, sin embargo, el pueblo salvadoreño ya le había otorgado el reconocimiento que merecía y lo convirtió en un símbolo de la lucha por la justicia. A su entierro asistieron masivamente los pobres, que no permitieron su muerte definitiva, y lo siguieron haciendo cada día en la cripta donde se conservan sus restos, a un costado de la Catedral de San Salvador.

En el imaginario popular, Romero estará siempre acompañado por otros religiosos que supieron cuál era el papel de la iglesia en aquellos años en que, alimentado por cerca de un millón de dólares diarios en armas, municiones y otros equipos por Estados Unidos, el ejército salvadoreño defendía con ferocidad los privilegios de los ricos.

Hablamos, por ejemplo del padre Rutilio Grande, mandado a matar por los terratenientes salvadoreños que lo acusaron de “comunista” por haber organizado a las comunidades para ejercer la defensa de sus derechos. Vienen a la memoria, asimismo, los seis jesuitas y dos mujeres asesinados por un pelotón de elite del ejército en la Universidad Centroamericana, sospechosos de defender la Teología de la Liberación y, por tanto, ser potenciales aliados de la insurgencia.

La beatificación, este sábado, de Monseñor Romero, será ocasión oportuna para recordar uno de los principios que guió sus pasos: “La raíz de la paz -decía- no puede ser otra que la justicia social”.

Editado por Katia Madruga Marquez
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