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Por fin, renunció Blatter de la FIFA, ¿y ahora?

por Guillermo Alvarado

Cuando más fuerte parecía tras su reelección en medio de un sonado escándalo por corrupción, que implicó el arresto de siete altos dirigentes, el suizo Joseph Blatter presentó su renuncia a la presidencia de la FIFA, la Federación Internacional de Futbol Asociación, o Asociado, como le llaman muchos.

Si uno lee detenidamente el discurso de dimisión, por momentos da la impresión de una cándida inocencia, impropia de un dirigente de su clase , como al reconocer que la entidad necesita una revisión profunda ante los desafíos que vive, o cuando acepta que ya él no tiene el aval de todo el mundo del fútbol, de manera particular el de los aficionados, los jugadores y los clubes.

La FIFA es hoy lo que Blatter, sus colaboradores y sus antecesores hicieron, una poderosa corporación que maneja miles de millones de dólares donde, en consecuencia, la obtención de fondos se convirtió en la tarea más importante, aún por encima del juego, como tal, y de sus obligaciones con el público.

De acuerdo con el artículo 69, apartado 2, de sus estatutos, la organización debe

gestionar los ingresos y egresos de tal manera que “estén equilibrados durante el ejercicio financiero”. Además, se ha de “garantizar su futuro mediante la creación de reservas”.

La interpretación de esta norma ha dado lugar a que esta organización No gubernamental sin carácter de lucro, maneje cifras astronómicas de recursos, por encima, inclusive, de muchos Estados de pequeño o mediano tamaño.

 

El balance global al 31 de diciembre del año pasado indica que esa agrupación posee activos, bienes muebles o inmuebles, capitales y otro tipo de valores por 2 932 millones de dólares, en tanto sus obligaciones, es decir sus deudas y otros compromisos, suman 1 409 millones.

Lo anterior significa que la FIFA, una ONG sin fines de lucro, insistimos, tiene reservas por 1 523 millones de dólares.

Si a muchos países de desarrollo medio, como México o Italia, por ejemplo, se le resta la deuda pública a sus reservas internacionales, resulta ser que la FIFA tiene más recursos efectivos que la inmensa mayoría de ellos.

Y pensamos que allí está uno de los principales problemas: se maneja muchísimo dinero, sin un control estricto como el que se supone debería llevar un Estado.

En su renuncia Blatter aconseja reducir el tamaño del Comité Ejecutivo, lo que no es malo, pero también debe reestructurarse el concepto mismo de la organización, hacerla más ligera, menos onerosa y más verificable, es decir, confiable.

En el fútbol de hoy corren cifras insultantes ante un mundo donde millones de niños sufren hambre, desnutrición y enfermedades que se evitarían con una vacuna, o están impedidos de ir a la escuela, lo que eterniza su futuro de subdesarrollo.

Mientras eso no se arregle, cualquier reforma en la FIFA será nada más para cumplir el precepto aquel del Gatopardo, la novela del italiano Giuseppe Tomassi de Lampedusa, de que “si queremos seguir viviendo como hasta ahora, tenemos que comenzar a cambiar”.

Editado por Maria Calvo
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