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Nueva etapa en accidentado camino hacia la paz en Colombia

por Guillermo Alvarado

Los representantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo, y del gobierno presidido por Juan Manuel Santos, están de nuevo a partir de este jueves en la mesa de negociaciones en La Habana, Cuba, para intentar un impulso definitivo a la paz y lograr el fin del conflicto armado interno más antiguo de nuestra región.

El encuentro tiene lugar en condiciones particulares, sobre todo por parte de la insurgencia que recién declaró un nuevo cese al fuego unilateral como muestra de buena voluntad y anunció, además, el relevo de 17 de los miembros de su delegación.

Por su parte, el presidente Santos introdujo un nuevo elemento de presión, a nuestro juicio innecesario, cuando dio un plazo de cuatro meses, hasta noviembre próximo, para conseguir avances sustanciales y en ese momento, dijo, se evaluará el proceso y se decidirá si continúan las negociaciones o se retiran de la mesa.

En un asunto tan complejo, donde está en juego el presente y el futuro del país, pensamos que resulta inconveniente poner plazos inconmovibles porque no se está negociando una compraventa o convenio comercial, sino uno de los derechos fundamentales de la población, como lo es la paz.

Es conveniente recordar que una de las trabas más importantes en este empedrado camino es precisamente la terquedad del gobierno colombiano de no sumarse a un cese bilateral de las hostilidades, como lo proponen los rebeldes y aconseja la comunidad internacional.

Por el contrario, el ejército -no se sabe si con el aval o no del jefe de Estado- mantuvo acciones ofensivas que costaron la vida a decenas de guerrilleros, incluido uno de los negociadores, lo que casi dio al traste con las conversaciones.

El fin del conflicto es un asunto muy serio, porque no se trata sólo de hacer callar los fusiles, lo cual, aun con sus dificultades, es relativamente sencillo de lograr.

Lo complejo viene después, cuando se tiene que poner en juego toda la voluntad política, la unidad nacional y la cooperación internacional para construir una nueva nación, donde queden erradicadas para siempre las condiciones que dieron origen al enfrentamiento.

Hay en nuestra región ejemplos alentadores sobre este tema y uno de ellos es El Salvador, donde la confrontación violenta dio lugar a un proceso democrático que, con limitaciones y sobresaltos, es verdad, dio otras formas de expresión a las distintas fuerzas políticas y hoy la izquierda en el poder avanza en las transformaciones.

También hay sonados fracasos, entre ellos el de Guatemala, donde tras la firma de los acuerdos el gobierno no tuvo la voluntad política de llevar a la práctica lo negociado y la ex guerrilla careció de la fuerza necesaria para exigirlo, y hoy el país vive su peor crisis institucional, mientras la violencia cotidiana cobra más vidas que en los peores años de la guerra.

Por eso callar las armas no es el objetivo final de las negociaciones, sino una etapa en un largo camino que va más allá de la firma de un papel y en el cual todas las fuerzas deben seguir movilizadas hasta cruzar una meta clara: la paz firme, con justicia social y desarrollo para todos los colombianos.

 

Editado por Maria Calvo
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