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El día que Fidel asumió el cargo de Primer Ministro

Imagen tomada de archivo

Imagen tomada de archivo

Luis M. Buch Rodríguez fue testigo excepcional de los primeros pasos de la formación del Gobierno Revolucionario. El destacado combatiente, fallecido en el año 2000, es el autor del libro “Gobierno Revolucionario Cubano: génesis y primeros pasos”, donde relata detalles sobre el momento en que Fidel asumió el cargo de Primer Ministro, un día como hoy, 58 años atrás.

A continuación fragmentos del texto que escribiera Luis, para revivir de primera mano aquellos instantes.

El Gobierno no funcionaba con la acometividad que el pueblo reclamaba. Había transcurrido más de un mes sin haberse tomado medida alguna de carácter social y comenzaba la intranquilidad en el pueblo.

La crisis interna se intensificaba sin vislumbrarse una solución. Necesitábamos una autoridad de prestigio y arraigo popular, y llegamos al criterio de que Fidel era la figura indicada para hacerse cargo del Gobierno, como Primer Ministro.

Una madrugada, al terminar la sesión del Consejo de Ministros, miembros de este que pertenecían al M-26-7 (Armando Hart, Faustino Pérez, Enrique Oltuski y Julio Camacho) localizaron al Jefe de la Revolución, en el hotel Habana Hilton (hoy Habana Libre), para informarle sobre la situación. Le expusieron nuestras preocupaciones, pero como el lugar donde estaban no era el más apropiado para hablar del tema, Fidel planteó: “Bueno, vamos a reunirnos para discutir todo esto. ¿Dónde nos reunimos?”

Oltuski propuso su casa, en las márgenes del río Almendares. Localizaron a varios compañeros, entre ellos a mí, y allí se reunió la dirección del M-26-7. Esa fue la primera y más importante reunión después del triunfo revolucionario, en la que se hizo un análisis político y social de la nación.

Sabíamos que no le sería fácil a Fidel tomar la decisión de asumir el Premierato. En más de una ocasión había manifestado el propósito de mantenerse como fiscalizador del Gobierno, ya que así podía moverse con entera libertad, sin ataduras a reuniones, actos oficiales y demás funciones. Sin embargo, ante la gravedad del momento, era necesario tomar medidas drásticas para evitar un posible desastre.

El Jefe de la Revolución, con su intuición innata, se percató de que no había otra solución y optó por el mayor de sus sacrificios: integrarse al Gobierno como Primer Ministro. Para ocupar ese cargo, planteó que debía tener el control directo de la política general, sin menoscabo de las facultades que, conforme a la Ley Fundamental, le correspondían al Presidente de la República.

Urrutia estuvo de acuerdo con las gestiones que veníamos realizando. Miró Cardona, consciente de que no podía continuar en el cargo también coincidió en que para mantener la autoridad del Gobierno era indispensable que Fidel asumiera el Premierato.
No es lo mismo “representar” que “dirigir”

El 13 de febrero, Urrutia continuaba enfermo. Miró Cardona citó en el Palacio Presidencial a los miembros del Consejo y a los periodistas. Antes de comenzar la sesión de ese día, se analizó el requisito planteado por Fidel para desempeñar el cargo de Primer Ministro.

Esto dio lugar a un amplio debate. Buscamos la fórmula para modificar el artículo 146 de la Ley Fundamental, cuya redacción era igual al artículo 154 de la Constitución de 1940. Su texto expresaba: “El Primer Ministro representará la política general del Gobierno”.

El artículo 146 quedó redactado de la forma siguiente: “Corresponderá al Primer Ministro dirigir la política general del Gobierno, despachar con el Presidente de la República los asuntos administrativos, y acompañado de los ministros, los propios de los respectivos departamentos”.

La Ley Fundamental, certificada por el Secretario del Consejo de Ministros, ya había sido enviada a la Gaceta Oficial de la República de Cuba para su publicación. Con la conformidad del Presidente, ordenamos se suspendiera la tirada, en espera de la nueva redacción del artículo 146. Me trasladé a la imprenta y allí dispuse que fueran destruidos todos los ejemplares y se iniciara una nueva edición.

Como se puede apreciar, no es lo mismo “representar” que “dirigir”. En virtud de este cambio, el Primer Ministro se convirtió en Jefe político del Gobierno.

Después de dar inicio a la sesión, Miró planteó que había decidido presentar al señor Presidente de la República la renuncia a su cargo. Por este motivo, consideraba procedente presentar también la de todos los ministros y la del Secretario de la Presidencia y del Consejo para facilitar al Presidente, y a quien habría de sucederle en el cargo de Primer Ministro, la oportunidad de seleccionar libremente a sus colaboradores.

Explicó que su decisión obedecía al hecho de que la Ley Fundamental aprobada por el Consejo perfilaba con mayor nitidez la característica del régimen semiparlamentario de la Constitución de 1940, que otorgaba al cargo de Primer Ministro las facultades de un verdadero Jefe de Gobierno, y que estas debía asumirlas quien por su jerarquía histórica era Jefe de la Revolución, el doctor Fidel Castro Ruz.
Primer Ministro, vestido de verde olivo

fidel-toma-posesion-primer-ministro

En la madrugada del 16 de febrero, Fidel llamó por teléfono y me citó para el hotel Habana Hilton (hoy Habana Libre). Allí planteó que debía hablar con Miró para informarle que él se haría cargo del Premierato a las 6:00 p.m. Preguntó “¿Tengo que quitarme el uniforme?” Le contesté: “Bueno, Fidel, no sé; pero fíjate en las opiniones que priman en América sobre los militares como jefes de gobierno”.

A lo que replicó: “¡Ah, no, no; este uniforme y estas barbas significan la rebeldía de la Sierra Maestra y de nuestra Revolución, y no me las quito de ningún modo, búsquense otro Primer Ministro!”

Entonces, le dije que en relación con el uniforme no había ninguna dificultad, pues por decreto presidencial se podría autorizar a los miembros del Ejército Rebelde que vistieran el uniforme verde olivo con las insignias de sus grados. Pregunté cómo se efectuaría la ceremonia y rápidamente respondió: “Eso de ceremonia es asunto tuyo, yo no me meto en eso, solo sé que a las 6:00 p.m. estaré en Palacio para tomar posesión”.

El acto fue transmitido por la radio y la televisión. De la intervención de Fidel extraigo estos fragmentos:

    Paradójicamente, en los instantes en que recibo este honor de ponerme al frente del Consejo de Ministros no experimento sino una honda preocupación por la responsabilidad que se ha puesto sobre mis hombros, por la seriedad y la devoción que siempre he puesto en el cumplimiento de mi deber.

    De cuantas tareas he tenido que realizar en mi vida, ninguna considero tan preñada de obstáculos, ninguna considero tan dura de llevar adelante, porque estoy consciente de todas las dificultades, estoy consciente de todos los obstáculos.

Fidel aclaró que esa tarea no fue escogida por él, sino que se la habían asignado y significaba “un profundo concepto de la necesidad de sacrificarse por el país”. Más adelante afirmó:

    Estaré aquí mientras cuente con la confianza del Presidente de la República y mientras cuente con las facultades necesarias para asumir la responsabilidad de la tarea que se me ha impuesto. Estaré aquí mientras la máxima autoridad de la República —que es el Presidente— lo estime pertinente o mi conciencia me diga que no soy útil.

    Está de más reafirmar mi respeto por la jerarquía, mi ausencia de ambiciones personales, mi lealtad a los principios, mi firme y profunda convicción democrática.

Aprovechó la oportunidad para manifestar a los trabajadores y campesinos que el Gobierno no los olvidaría. La Ley de Reforma Agraria que se estaba confeccionando sería realidad dentro de poco tiempo y sus postulados eran más radicales que los contemplados en la Ley promulgada en la Sierra Maestra.

También señaló los obstáculos que en lo adelante se presentarían y destacó que a pesar de los errores que la Revolución pudiera cometer, el propósito permanente era de superación y rectificación. Según él, lo que no se debería admitir nunca era la negación de los principios por los cuales se había luchado. A continuación rememoró:

    Bien recuerdo el día en que tuve la noticia de la fuga del tirano, la convicción completa de que la guerra había concluido. En medio de la natural alegría de todos los cubanos, me preocupaba pensar que aquella escuela que había producido tantos hombres formidables, aquella lucha llena de sacrificio que había producido hombres tan ejemplares, había clausurado su curso.

En lo adelante sería muy difícil distinguir el bueno y el malo, porque solo allá en aquella escuela, en el fragor de la lucha, es posible distinguir quién sirve de quién no sirve; quién es un hombre valioso y quién un farsante; quién un interesado y quién un idealista; quién un sincero o quién un hipócrita consumado.

    Porque luchar en las altas montañas, con el frío, con el hambre y con el enemigo en acecho, no es lo mismo que sentarse cómodamente en un despacho y empezar una función de carácter administrativo, sin haber conocido jamás el sacrificio. Y me preocupaba lo que podrían perder nuestros hombres en ese proceso. Y me preocupaba grandemente que el espíritu revolucionario y el espíritu de sacrificio no decaigan.

Destacó que el futuro no sería fácil, y expresó:

    El pueblo tiene que estar muy consciente de que el camino es difícil, que el camino es largo, que el camino es fatigoso, que tenemos que sudar mucho la camisa luchando. Y que no solamente hay que tener esa idea presente, sino que hay que estar siempre alerta y no dejar que el entusiasmo muera.

Tomado de Cubadebate.

Editado por Bárbara Gómez
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