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Declaración del estado de sitio en Bolivia

Ernesto Che Guevara durante la guerrilla en Bolivia.

Ernesto Che Guevara durante la guerrilla en Bolivia.

Por Froilán González y Adys Cupull

Después de los combates del mes de mayo, los guerrilleros continuaron la marcha. El día 4 de junio los azotó un frente frío conocido en Bolivia como su­razo con lluvia fina que duró toda la noche y continuó al día siguiente. Acamparon cerca del Río Grande, el frío era intenso y se agruparon en torno a una hoguera. El 6 encontraron a cuatro campesinos, la señora de uno de ellos les ofreció alimentos, cola­boró en la comida y les proporcionó in­formación, sobre la distancia a Puerto Camacho y la presencia de 50 soldados en ese lugar.

El día 7 de junio hallaron jocos (calabaza de cascara dura), caña, guineos (especie de plátanos) y frijoles. Al día siguiente continuaron la marcha acompañados de los frentes fríos.  El agua casi helada impidió que los nadadores cruzaran el Río Grande, pero pescaron un dorado. El Che decidió que Coco (Roberto Peredo), Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca), Aniceto (Aniceto Reynaga Gordillo) y Ñato (Luis Méndez Korner) buscaran una chalana con el campesino donde estuvieron acampados. Una avioneta sobrevoló la zona.

Los guerrilleros chocaron con la compañía Trinidad, comandada por el Ca­pitán Faustino Rico Toro, considerado como uno de los mejores militares bolivianos, por su arrojo y valor, aumentado por las historias de sus amigos y admiradores, quien envió al Estado Mayor un parte donde reveló que cuando efectuaba una exploración siguiendo la orilla norte del Río Grande, sorpresivamente recibió fuego de automáticas pro­cedente de la orilla sur en la región de El Cafetal.

Informó que le ocasionaron la muerte de Antonio Melgar; heridos Eladio Arias y un soldado sin mayor gravedad, que concentró fuego de mortero y ligeras sobre el enemigo, presumiendo cuatro bajas, según gritos de dolor escuchados en diferentes partes y de órdenes verbales para retirarlos, pero la información no correspondía con la realidad, porque los guerrilleros no habían sufrido  ninguna baja.

Faustino Rico Toro por los supuestos gritos de dolor, por el caudaloso Río Grande por medio, llegó a calcular las bajas. El Gobierno difundió la falsa información de que entre los guerrilleros muertos se encontraba Inti Peredo.

Fue una nueva derrota del ejército, aunque éste aprovechó para dar a conocer la composición de la guerrilla y la naciona­lidad de sus componentes. Sobre esto el Che escribió el día 12 que se anunció tres muertos, entre ellos, Inti, la composición extranjera de la guerrilla: 17 cu­banos, 14 brasileros, 4 argentinos, 3 peruanos, que los cubanos y pe­ruanos correspondían a la realidad y qué habría que ver de dónde sacaron la noticia.

El Comando de Camiri ordenó el desplazamiento de la compañía que se encontraba en Abapó con 158 hombres, con ametralladoras livianas y ligeras, mor­teros de 60 mm y lanzacohetes, mientras el 13 de junio el Che escribió que lo interesante era la convulsión política del país, la fabulosa canti­dad de pactos y contra pactos que había en el ambiente y que pocas veces se había visto tan claramente la posibilidad de catalización de la guerrilla.

El 14 de junio el Che cumplió 39 años y recordó el de su hija Celia. Ese día acamparon cerca de una aguada, al lado del fuego por el intenso frío. Cocinaron un sopón de frijoles y un poco de maní mo­lido con maíz. Los campesinos los guiaron y ayudaron a abrir caminos e informaron que faltaban 3 kilómetros para llegar hasta el río Rosita, comieron sopa de maní, palmito de totaí (especie de palmera) hervido y salteado con manteca. El 16 cruzaron el Río Grande y dejaron el territorio de la IV División para entrar en el de la VIII.

El 18 de junio encontraron maíz, yuca, caña y un trapiche para molerla, al día siguiente continuaron la marcha y llegaron a un rancho, con  tres casas, de indios muy ariscos que al verlos huyeron al monte. Pacho narró que continuaron el camino hasta el caserío donde una india le daba el pecho al hijo y lo invitó a comer unos tomates hervidos. Los niños eran lindos y estaban cubiertos con pañuelos por la cantidad de insectos.

Por relatos de Benigno se conoce que Pacho los cargó, los cubrió con su abrigo y uno se durmió en sus brazos y cuando lo llevó a dormir, el lugar era un rincón en el suelo, en unos pedazos de cuero y se tapaban con una especie de forros, hechos jirones y les regaló su colcha.

Los muchachos de ese caserío ayudaron a los guerrilleros a recoger boniatos y otras viandas. Refirió Pacho que, al regresar, el Che estaba sacando muelas, tenía dos mucha­chos y cuatro hombres en cola. Él le buscó un nuevo cliente y le prestó ayuda acomodándole a uno de ellos. El 21 de junio el Che recordó el cumpleaños de su mamá y escribió: Después de dos días de profusas extracciones dentales en que hice famoso mi nombre de Fernando Sacamuelas (a) Chaco, cerré mi consultorio y salimos por la tarde; caminando poco más de una hora. Por primera vez en esta guerra salí montado en un mulo []

Pacho subrayó que los muchachos identificaron al Che como el viejito saca muelas. Benigno mencionó que realizó muchas extracciones y junto al Moro (Octavio de la Concepción de la Pedraja) operó a un campesino de un lobanillo, en un ambiente de confianza, de solidaridad y donde los campesinos ve­nían confiados para recibir atención a sus enfermedades,

En 1984 llegamos al caserío de Abapó, donde existe un puesto de policía de camino en la margen norte del Río Grande. Un grupo de indias vendían alimen­tos, canastos con pan de batalla y tortas, fogones al aire libre, mesas,  bancos y unas ollas grandes con los alimentos humeantes, listos para comer.

Hacía varios días que llovía, el fango lo cubría todo, en los charcos las indias descalzas se metían en ellos cada vez que llegaba un auto­móvil o una flota (ómnibus) para ofrecer sus productos, el conjunto nos recordó un remolino de abejas u hormigas. Los niños jugaban en aquella podredumbre, no parecía importarles el agua que en forma de llovizna caía continuamente, el fango o el frío. La comida que ofrecían estaba cubierta con viejos náilones. Todo parecía que estaba impregnado de fango.

Averiguamos dónde podíamos conseguir gasolina y nos orientaron a  la casa de Hugo Melgar. El combustible lo almacenaba en viejos bidones de los cua­les había que sacarlo cubo a cubo. Tendría unos 45 años de edad, delgado y al pa­recer muy enfermo, nos dijo que en Abapó se concentró la compañía de Faustino Rico Toro, a quien describió como un Coronel muy importante, porque había viajado como Em­bajador a varios países y hasta en la China había estado.

Señaló que el campesino Vicente Gálvez le contó que los guerrilleros dejaron una linterna encendida en un árbol y colocaron papeles amarrados, que daba la impresión de lejos, que eran guerrilleros que se movían y hacían ruido por la brisa. El ejército todas las noches hacía fuego y "me­tía balas" contra la linterna, pensando que eran los guerrilleros, el aire la movía y más balas metían.

Mencionó que todos los pobladores se habían ido du­rante la guerrilla, por los desmanes del ejército y afirmó Se co­metieron muchos excesos, demasiados excesos, apresaban a los campesinos y a los viajeros que llegaban a Abapó y aunque fueran ajenos a la guerrilla los interrogaban, los atropellaban, eran abusivos, para que hablen, para que digan, para que delaten".

...No estábamos de acuerdo con esas cosas, porque todos estábamos aterrorizados. Los militares eran temidos, ellos llamaban a un campesino y todo el mundo se ponía a temblar del pánico, porque cualquier cosa podía suceder

Melgar contó que en Moroco vivió una muerta varios años, que el Che hizo vivir. Benigno señaló que podría tratarse de una señora que el Che le extrajo una muela y al poco rato los campesinos comenzaron a gritar que se había muerto. El Che le puso una inyección y despertó como si no hubiera pasado nada.

Según los partes militares los guerrilleros realizaban ataques relámpagos y se movían con gran rapidez. El Alto Mando admitió públicamente que las tropas gubernamentales estaban desconcertadas ante las nuevas acciones guerrilleras.

Durante el mes de junio, para el gobierno de Barrientos fue de verdadera crisis. El malestar generalizado, las marchas de protes­tas, la represión brutal contra los manifestantes. Voceros del régimen señalaban que los estudiantes eran los pro­motores de un  plan subversivo para derrocar al gobierno constitu­cional, se incluían a los militantes del par­tido Movimiento Nacionalista  Revolucionario (MNR) y otras organizaciones y partidos de izquierda, a los que acusaban de extremistas.

La revista Crítica, dirigida por el reconocido periodista boliviano Juan José Capriles, en un reportaje denunció varios crímenes cometidos por las autoridades y el Ejército. Describió las condiciones espantosas en que vivían los soldados, con los  pies llagados, cubiertos con trapos, sin alimentos, ni recursos médicos.

También refirió que los dos oficiales muertos en el combate del 10 de abril, los tenientes Luis Saavedra Arambel y Jorge Ayala Chávez, los habían envíado como castigo a la zona de combate, porque eran oficiales jóvenes que criticaban el clima represivo que se vivía dentro del ejército.

Afirmó que el nominativo de guerrillero se aplicaba a todos los que criticaban al Gobierno. Cuando se quería arruinar o destruir a un comerciante o pequeño industrial para favorecer a otros, lo denunciaban como colaborador de la guerrilla y la represión caía sobre él, sin investigar ni aclarar la denuncia.

Relató que altos funcionarios, políticos, militares o jefes de la policía cuando se interesaban por la esposa o novia de alguien, lo acusaban de guerrillero, aterrorizaban, y obligaban a salir de la ciudad. Si la persona era influyente lo presionaban hasta que tomaba un avión rumbo al exilio. Las casas allanadas, generalmente eran saqueadas, y todas las pertenencias y objetos de valor, robados.

Denunció que los malos tratos contra los soldados, originó un movimiento denominado Los Sargentos, quienes denunciaron los atropellos y las arbitrariedades de la oficialidad y abogaban por no combatir. En su revista publicó que los Sargentos señalaban las diferencias de clases, y de salarios, que servían de "carne de cañón", en la guerra, donde ellos y los reclutas eran el lobo feroz, pero en la paz, recibían bofetadas y cualquier oficial tenía derecho a ultrajarlos y golpearlos.

Estas informaciones impactaron a la opinión pública e irritaron a Barrientos, quien manifestó  en rueda de prensa que esa revista era un libelo infamatorio, un pasquín sensacionalista e indecente, y su director un mentiroso, carente de moral y ética profesional. A partir de ese momento, Juan José Capriles fue objeto de críticas y calumnias y el local de la revista fue allanado y recibió varias amenazas de muerte. Barrientos, ordenó que lo detuvieran y la revista confiscada.

Capriles fue hecho prisionero, acusado de enlace guerrillero. Un agente de la CIA lo interrogó y la revista Crítica fue desmantelada y todas las propiedades robadas.  Ordenaron aplicarle la ley de fuga, la cual no se ejecutó porque el militar que debió cumplirla, lo conocía de un anterior exilio, que ambos compartieron y lo ayudó a escapar. De esa forma solicitó asilo político en la embajada de Uruguay en La Paz.

Los trabajadores de las minas  Huanuni, Cataví, Siglo XX y otros distritos habían levantado la voz de protesta por la violenta represión a los es­tudiantes universitarios y secundarios que se manifestaron  en La Paz y otras ciudades del país.

Ante estos hechos, el régimen decretó el estado de sitio y suspendió las garantías constitucionales. Se realizaron detenciones masivas, aumentó la represión e impidió una gran marcha de protesta de los mineros. Decenas de militantes de los partidos de oposición fueron arrestados.

Se crearon Comité de Vigilancia, en diversas poblaciones, especialmente en las minas y donde operaban las guerrillas, entre ellas en Gutiérrez, Lagunillas, Muyupampa, Tapera, Taperillas, Huscareta, Monteagudo, Florida, Samaipata, Postrer Valle, Alto Seco, Pucara, Vallegrande, Masicurí, Mairana y Mataral.

Comenzaron a circular insistentes rumores de golpe de Estado, donde se afirmaba que los coroneles Joaquín Zenteno Anaya, Marcos Vázquez Semperteguí y Juan Lechín Suárez se preparaban para derrocar al General Barrientos. El malestar dentro del ejército era completo, el Presidente antes de declarar el estado de sitio, pronunció un discurso en el que aseguró que no admitiría brotes disociadores, conspiraciones y amenazó con aplastar a los aventureros y a todo propósito de re­tornar al pasado.

El 24 de junio se reportaron luchas en las minas. El Gobierno aprovechó los festejos de la Noche de San Juan, para llevar a cabo la más grande masacre en la historia boliviana, cuyos 50 años se conmemoran este 2017. El Che escribió que la radio argentina dio la noticia de 87 víctimas y las bolivianas callaban el número. En el próximo artículo publicaremos el relato del sacerdote Gregorio Iriarte, sobre esos trágicos y criminales acontecimientos.

Editado por Maite González Martínez
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