El Comandante Tomás Borge Martínez
Por Fabrizio Casari, de Altrenotizie.org, Italia
Sin pedir permiso, sin tener autorización alguna, el Comandante Tomás Borge Martínez, último en vida de los fundadores del Frente Sandinista de Liberaciòn Nacional, ha dejado para siempre huérfana a Nicaragua. Testigo viviente de las gestas sandinista, demostración concreta e histórica de como David puede derrotar a Goliat, Tomás, de 82 años, cesó de vivir, internado en el hospital militar de Managua.
El gobierno declaró tres días de duelo nacional, como se debe a un hombre vinculado tan intensamente a la historia del país que se hace muy difícil separar los recíprocos destinos. Bien lo saben los ciudadanos nicaragüenses que por horas han desfilado para darle homenaje al alma del Comandante.
Fundador del FSLN en 1961, miembro de la histórica Dirección Nacional del partido, Ministro del Interior durante la década revolucionaria de los sandinistas en el poder, diputado sandinista y, por último, embajador nicaragüense en Perú, el Comandante Borge ha sido muchas cosas en una sola: sandinista, luego sandinista, irremediablemente y para siempre sandinista.
Fue entre aquellos que derrotaron una de las dictaduras más feroces y truculentas de la historia, apoyada por los EE.UU. y odiada por los nicaragüenses; la revolución sandinista hizo posible creer que hasta en el patio trasero de los gringos la rebelión era un deber, porque triunfar era posible. Al precio de duelos infinitos y páginas heróicas, derrumbaron una dictadura y fundaron una democracia, ganaron el respeto de los amigos y el temor de los enemigos, enseñaron aprendiendo y trasformaron una entidad territorial en una nación.
Desde las montañas donde organizaba la guerrilla a la cárcel donde, --detenido por tres años- fue bárbara e inútilmente torturado, desde el Ministerio del Interior -que el mismo fundó- a la diplomacia, Borge ha sido el hombre más carismático del Frente Sandinista. Una forma de ser casi mesiánica con los humildes y la fama de “duro” en la contienda política, eran las características con las cuales se le describía. En síntesis la fiel representación de un hombre que marcó profundamente la historia de su país, introduciéndose en sus venas más profundas.
Escribir exahustivamente sobre la personalidad de Tomás Borge requeriría un espacio mayor al que tengo a mi disposición. En una de las numerosas veces que tuve el placer de hablar con él, lo entrevisté para el diario Liberación. En esa ocasión dejó plasmado recuerdos, análisis, anécdotas de su vida; en las montañas combatiendo a la guardia somocista, luego en el Ministerio enfrentando el terrorismo de la contra y de la CIA, que durante la administración de Ronald Reagan había inundado de dólares, armas, mentiras y conspiraciones la Nicaragua para impedir la emancipación del país.
A la pregunta de si hubiese cambiado en algo de su vida de poder regresar atrás, me dijo que no, que hubiera vuelto a hacer todo lo que hizo, lo que eligió siempre sin ceder frente al miedo o a los elogios, a los cálculos o a la indolencia. Se reprochaba, en cambio, cierta arrogancia en el periodo de gobierno: “Tendría que haber sido más humilde y estudiar más” - me dijo.
Al recordar los momentos más difíciles de la resistencia sandinista a la guerra de agresión de los EE.UU. me dijo que la determinación y la capacidad combativa de los sandinistas paralizó la invasión de Nicaragua: “Nosotros no éramos Panamá o Grenada y ellos bien lo sabían; los planes militares de reacción a la invasión que teníamos listos eran muy diferentes a lo que el Pentágono podía prefigurar. Nosotros no hubiéramos podido parar los bombardeos, nos hubiéramos retirado a los bunker y a otros lugares. Pero ellos después de los bombardeos debían obligatoriamente ocupar el país y allí, en tierra, los esperabamos”.
¿Pero hubiera sido suficiente pararlos?
- “Hubiéramos combatido metro por metro, calle por calle, con una preparación militar y un apoyo popular que ellos ni se imaginaban, con más de un millón de personas en armas. Y no sólo esto: podíamos retirarnos en las montañas, desde donde veníamos y que conocíamos en cada palmo de tierra, obligándolos a venirnos a perseguir. Hubiéramos llevado la guerra en toda la región centroamericana.
“¿Ellos atacaban a Nicaragua? Y la guerra explotaba en Nicaragua, Salvador, Guatemala, Honduras y Costa Rica. Estában dispuestos a invadir a nuestros vecinos y provocar un conflicto regional. No podían ganarnos: es por esto que nunca nos invadieron, sabían que los hubiéramos derrotado. Y, luego de Vietnam, otra derrota no podían aguantarla, mucho menos en en lo que consideraban su patio trasero”.
Fundador de la Policía Sandinista, de las tropas especiales del Mint, de la DGSE (entregada a su fiel compañero Lenin Cerna), Tomás representó un verdadero calvario para la contrarevolución en armas y también para aquella gente que vestida en guayabera comía como nicaragüenses, pensaba en inglés y hablaba en español, y que a lo largo de diez años, inútilmente, trató se revertir el camino de libertad elegido en el 1979.
Tomás era amado por su gente y odiado por sus enemigos, que lo etiquetaban como “persecutor”, culpable de mantener el país en seguridad. Jamás, ninguna agrupación terrorística ni de los contras ni de la CIA pudo radicar en las ciudades del país. Le pregunté si esta etiqueta de “duro” le molestaba o le gustaba y él, sonriente, me dijo: “Has visto nunca un ministro del Interior con la cara de angelito?”.
Sin embargo aquel rostro y aquella fama de “duro” se acompañaban bien con su mística revolucionaria y con el amor en el sentido más amplio del término. Fue Tomás Borge, después de la entrada triunfal de los sandinistas en Managua a dictar el primer - y tal vez, más humanista para el país - decreto de abrogación de la pena de muerte. Y también fue él quien, meses después, frente a los guardias somocistas presos, dictó al hombre que lo había torturado la sentencia: “Sos condenado a ser libre, puedes irte” le ordenó.
Porque, como amaba repetir, “los sandinistas son implacables en el combate, pero generosos en la victoria”. Fue el inicio de una amnistía general que dejó en libertad a la mayoría de aquellos que colaboraron con el somocismo. Y a quienes le decía que esto representaba un hecho inédito en la historia de las revoluciones y que ellos no hubieran tenido el mismo trato, Tomás respondía: “Entre los motivos por los cuales se hace una revolución, hay sobretodo aquel de demostrar ser completamente diferente de ellos”.
Lamentablemente, la historia evidenció que tanta generosidad fue de cierta manera contraproducente. Muchos de los ex-guardias somocistas fueron los primeros en meterse en la contrarevolución para llenar otra vez de duelos el país. Pero es cierto que sin aquellos gestos de generosidad la revolución sandinista no hubiera sido lo que ha sido.
Por parte de Borge nunca hubieron arrepentimientos; más bien, años después, en plena guerra de agresión a Nicaragua, estimuló una nueva amnistía para los contras en vista del alcance de los acuerdos de paz de Esquipulas. Defendió esta clemencia no solo por ser un instrumento para alcanzar la paz, sino también como elemento característico de la cultura política de los sandinistas.
En cuanto tomó posesión del Ministerio del Interior de Nicaragua, hizo inscribir en el frente del edificio el axioma “Centinela de la alegría del pueblo”. Ciertamente, a la fantasía y a la imaginación de Tomás Borge hay que sumarle una cultura amplia y profunda. El ha sido también un extraordinario orador, capaz de llenar las plazas como solo Fidel ha logrado en Latinoamérica. Como escritor publicó distintos libros, entre los cuales se destacan “La paciente impaciencia” (premio de la Casas de las Américas 1989) y “Un grano de maíz”.
Tenía por Fidel Castro una veneración total y por Cuba un sentimiento de puro amor, de gratitud y admiración ilimitada. La ayuda extraordinaria brindada por Cuba a los sandinistas, durante la lucha guerrillera en contra la dictadura genocida de Somoza y, después del triunfo de la revolución, en la defensa y en la formación a cualquier nivel del país durante toda la década revolucionaria, quedó seguramente marcado en el fondo toda la Dirección Nacional del Frente. Pero para Tomás en particular, la relación con Cuba era difícil de explicar a quienes miraban con ojos ajenos. Cuando se le preguntaba los nombres de las personalidades más destacadas y importantes, respondía: “En el primer lugar Fidel Castro. En el segundo lugar Fidel Castro y en el tercero, cuarto, quinto, Fidel Castro”.
Tomás deja ahora a Daniel Ortega - del cual ha sido incansable y leal sostenedor - el testigo de la herencia sandinista, en Nicaragua como en cualquier lugar del mundo. Los restos de Carlos Fonseca Amador, fundador del FSLN, tendrán ahora la compañía de los restos de Tomás Borge. Son, como dijo justamente el propio Tomás, ante los restos de Carlos Fonseca, “de los muertos que nunca mueren”. Los padres de la patria, aquellos que, siguiendo el ejemplo de Augusto Cesar Sandino, el “General de los hombres libre” han dado su vida entera por su país, a los cuales ahora también Tomás partenece.
Restos inmortales, que fecundaron y fecundarán una tierra de gente humilde pero luchadora, encabezada por poetas, revolucionarios y héroes capaces, pasando de mano en mano armas y poesías, de doblegar al más grande imperio de la historia para levantar al cielo la sonrisa de la nueva Nicaragua. Libre, soberana, cristiana y sandinista.












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