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Cuando Guáimaro acogió a Fidel y a las tropas rebeldes

Foto: Archivo.

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Por: Enrique Atiénzar Rivero

La Habana, 4 ene (RHC) La noche del 3 de enero los holguineros despidieron a la Caravana de la Libertad, encabezada por el líder de la Revolución, Fidel Castro, en su marcha triunfal hacia la capital del país.

Cuando menos los pobladores de Guáimaro lo esperaban él llegó a las inmediaciones del Parque de la Constitución. Era la fría madrugada del 4 de enero. Durante el transcurso de todo el día anterior, integrantes de otras columnas del Ejército Rebelde pasaron y saludaron al pueblo de la Cuna del Constitucionalismo cubano.

El grupo comandado por el Líder de la insurrección que destronó a la dictadura batistiana, buscaba donde tomar refresco o ingerir cualquier líquido para aplacar la sed. El más cercano de los establecimientos: el Parque Bar estaba cerrado.

Fidel aceptó la invitación de un vecino de Guáimaro, Orlando Manduley, de ir hasta su casa, ubicada en la intersección de la calle Martí, No. 7 y Ana Betancourt, donde la familia acogió a los rebeldes durante unas dos horas.

Resultó que Manduley, nativo de Cauto Embarcadero, en la provincia Granma, estaba emparentado con Celia Sánchez, la Heroína de la Revolución, quien se hallaba entre la comitiva. No la conocía.

A seis décadas de aquel hecho, Orlando Manduley Rivero, hijo, vuelve a recordarlo, a partir de la imagen que quedó en su mente porque apenas tenía ocho años cumplidos.

Retrató en la memoria la pose asumida por Fidel, de poner encima del refrigerador el plato del que tomaba los alimentos que ingería, facilitado por su alta estatura.

La casa se llenó de vecinos. La madre empezó a repartir galletas y refrescos, mientras Celia se ofreció a realizar los quehaceres domésticos.

En Guáimaro, Fidel recibe el aviso de que en Camagüey tropas masferreristas estaban apostadas en el hospital en construcción –hoy Manuel Ascunce Domenech— haciéndole resistencia a la Revolución. Ordenó que los tanques se posesionaran delante y avanzaran para neutralizar esa acción.

En ocasión del aniversario 51 de esa gesta, el viejo Manduley, ya fallecido, recordó que la llegada de los rebeldes fue una novedad, regalaban balas como trofeos de guerra y trajo a colación uno de los comentarios de Fidel, acerca de su convicción del triunfo porque la razón estaba de su lado.

Orlandito cuando Fidel llega a su casa estaba durmiendo. La mamá lo llamó y fue directo para la cocina. “Si mal no recuerdo me dio unas palmadas en la cabeza o en la cara”.

María Cristina Rivero, la ama de casa, fallecida también, recordó que Fidel quiso tomarse una fotografía con la familia en la saleta de la casa, instantánea que nunca lograron recuperar.

Así fue en Guáimaro el recibimiento a Fidel y a sus compañeros de lucha hace sesenta años. Antes de continuar hacia Camagüey, donde arribarían a media mañana, hombres, mujeres y niños aclamaron a Fidel. Era una nueva victoria. (Fuente: Adelante)

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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