La angustia de los estadounidenses blancos que se comienzan a dar cuenta del racismo

Editado por Pedro Manuel Otero
2020-06-24 09:20:49

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Mitin de manifestantes en Nueva York para protestar por el asesinato de George Floyd a manos de la policía, el lunes 15 de junio de 2020. (Amr Alfiky/The New Yo

Por Amy Harmon y Audra D. S. Burch/ The New York Times

Washintong, 24 jun (RHC) En una tarde reciente, Greg Reese, un hombre blanco de Campton, Kentucky, estaba en su casa lavando su coche y quitó el imán con la bandera de los Estados Confederados que había colocado en la cajuela hacía seis años. No volvió a ponerlo.

Fue un acto sin importancia por el que no esperaba ningún reconocimiento. Reese sabía que no debió haber sucedido el asesinato de George Floyd a manos de la policía para enfrentar lo que desde hacía mucho tiempo sabía que era verdad, que la bandera que él había crecido viendo como un “lindo trofeo” era “un símbolo de odio y que, desde luego, está mal exaltarlo”.

Autoinstrospección

La persistente indignación por la muerte de Floyd ha hecho que muchos estadounidenses blancos reconozcan el racismo que prevalece en Estados Unidos contra las personas negras… e incluso los lleva a analizar su propia culpabilidad en esa situación. Es como si la capacidad de las personas blancas de pasar por alto de manera colectiva la experiencia diaria de las personas negras se haya suspendido, al menos por ahora.

Una gran cantidad de estadounidenses blancos han asistido a las manifestaciones por la justicia racial, han comprado libros sobre desigualdad racial y se han inscrito en seminarios por internet sobre cómo criar hijos antirracistas.

Algunos se han planteado preguntas puntuales como cuántas ventajas profesionales han obtenido por ser personas blancas y si estarían dispuestos a cederlas si pudieran hacerlo. Otros están acudiendo a las salas de tatuajes para cubrirse las imágenes de banderas de los Estados Confederados, esvásticas y símbolos del Ku Klux Klan que tenían en el cuerpo.

 
Funeral de George Floyd en Minneapolis, el 4 de junio de 2020. (Peter Van Agtmael/The New York Times)

Es difícil saber cuán profundas o amplias son estas respuestas, y si son el resultado de las presiones de los compañeros para que parezcan tolerantes o si producirán acciones significativas. Los activistas antirracistas han manifestado su inquietud porque no solo se trata de símbolos o agravios, sino de sistemas completos que rigen la forma de vivir de los estadounidenses.

Algunas de las mismas comunidades donde han estado marchando los liberales con letreros del movimiento Black Lives Matter han visto una profunda resistencia a los esfuerzos de integrar las escuelas públicas y los vecindarios. Además, lo que algunas personas consideran un intenso cuestionamiento de la supremacía blanca, para otras puede parecer irrisoriamente pequeño e inaceptablemente tardío.

Lo más frustrante de este momento, señaló Jeremy O. Harris, dramaturgo y autor de “Slave Play”, es “escuchar a las personas blancas decir que es la primera vez que se dan cuenta de lo malo que es esto”.

Algunos estadounidenses blancos admitieron en entrevistas que incluso el proceso de reflexionar sobre el racismo evidenció lo poco que saben sobre la experiencia cotidiana de ser personas negras en Estados Unidos.

Poca interacción

Las investigaciones demuestran que existe poco contacto interpersonal entre estadounidenses blancos y negros: en una encuesta del año pasado del Public Religion Research Institute, uno de cada cinco encuestados blancos dijo que pocas veces o nunca tenía interacción con alguien de una raza diferente. En un estudio de 2013 que realizó ese mismo grupo, una organización apartidista sin fines de lucro, les pidieron a los encuestados que identificaran la raza de hasta siete personas con las que hubieran hablado de temas importantes en los seis meses anteriores a la encuesta. Entre los encuestados blancos, el 75 por ciento solo nombró a personas blancas como su red primordial de amistades.

“Muchos estadounidenses blancos han elegido lugares para vivir, para enviar a sus hijos a la escuela, para vacacionar y para buscar empleo de modo que les permita evitar pensar en la desigualdad racial”, señaló Jennifer Chudy, politóloga del Wellesley College. Sus investigaciones indican que solo uno de cada cinco estadounidenses blancos expresa de manera continua una gran empatía acerca de la discriminación racial contra los estadounidenses negros.

Reese afirmó que fueron las palabras de la hija de Floyd las que lo impulsaron a unirse al grupo de activistas Southern Crossroads y crear una calcomanía de “Campesinos blancos por las vidas negras” que espera motive a sus amigos y vecinos conservadores. Los dirigentes del grupo dicen que las comunidades de clase obrera mayoritariamente blanca como la de Reese resultarán beneficiadas al formar alianzas multirraciales.

“Lo que me impactó y me animó a querer hacer algo fue cuando la chica dijo que su papá había cambiado al mundo”, comentó Reese en referencia a los comentarios de la hija de 6 años de Floyd, Gianna. “Y quiero lograr que eso sea verdad. Deseo que las palabras de esa niña se vuelvan realidad”.

No obstante, algo que angustia a los estadounidenses blancos que dicen querer desmantelar el racismo es no saber con precisión dónde comenzar. Les preocupa sonar racistas y no lo suficientemente antirracistas. Algunos han tomado la decisión de ofrecerles sumas en efectivo a sus conocidos negros, algo que ha sido visto como una acción condescendiente. Otros han formado grupos de estudios antirracistas con otras personas blancas, pero les preocupa que eso tampoco sea suficiente.

“Creo que reconocer constantemente el racismo en estos momentos es muy desgastante”, señaló Erin Lunsford, de 29 años, procedente de Richmond, Virginia, quien ha participado en decenas de debates relacionados con retirar financiamiento a la policía, una propuesta política que es popular entre los activistas antirracistas y que ella rechazó al principio. “Ahora me digo: ‘Imagínate ser una persona negra haciendo eso toda tu vida’”.

En el mes que ha transcurrido desde la muerte de Floyd, un museo de la plaza del palacio de justicia en Sumner, Misisipi, dedicado a Emmett Till, cuyo espantoso asesinato en 1955 ayudó a impulsar el movimiento por los derechos civiles, ha recibido diez veces más visitas que las habituales. Patrick Weems, director ejecutivo de la Comisión de Conmemoración de Emmett Till —la cual fundó el museo— dijo que los visitantes eran estadounidenses blancos que querían contribuir con proyectos de preservación o ayudar a desarrollar contenidos. Otras decenas de personas descargaron una aplicación en sus celulares que lleva a los usuarios por un recorrido virtual de la historia de los derechos civiles.

En Somerset, un pequeño poblado en el suroeste de Pensilvania, Cindy Kinsella, de 61 años, comentó que conocía a muchos más oficiales de la policía que a gente negra: su hermano es policía estatal en Maryland, y ella conoce a muchos oficiales de penitenciarías.

No sabía bien qué pensar de las manifestaciones cuando su hijo le dijo que estaba ayudando a organizar una manifestación. Le deseó suerte. Luego reflexionó un poco más sobre el tema.

“Colgué el teléfono y me dije: ‘¿Sabes qué? Voy a llevar a mi nieto de 12 años y vamos a ir’”, recuerda. “Solo porque pensé que podríamos instruirnos un poco”.

Asistieron al mitin y, aunque no marcharon, observaron y escucharon a los ponentes. Fue algo pacífico, nada como algunas de las manifestaciones violentas que había visto en fotografías y videos.

No sabe lo que esto significó para su nieto, pero Kinsella comentó que ella cambió su razonamiento con respecto a algunas cosas, como la frase Black Lives Matter.

“Antes, yo pensaba: ‘¿Por qué tenemos que decir Black Lives Matter [que las vidas negras importan]? Ya que todas las vidas importan, las de los policías, las de los blancos’. Pero ellos lo explicaron: ‘No estamos diciendo que no todas las vidas importen, sino que no pueden importar todas las vidas hasta que no importen las vidas negras’”, comentó.

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