La Historia me Absolverá o el triunfo anunciado

La Historia me Absolverá. Foto: Archivo/RHC.

Por: Jorge Wejebe Cobo

La Habana, 15 oct (RHC) Desde las primeras horas de la madrugada del viernes 16 de octubre de 1953, soldados armados con fusiles de bayoneta calada y abundante parque tomaron el Hospital de Santiago de Cuba, donde se realizaría en una salita de estudios de las enfermeras el juicio a Fidel Castro, jefe del ataque a los Cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, ocurridos el 26 de julio de ese mismo año.

Fue una estrategia del gobierno aislar a Fidel, quien asumió su propia defensa en la causa 37 por los ataques a ambas fortalezas y había demostrado desde las primeras comparecencias ante el tribunal su interés en denunciar los crímenes contra los asaltantes y defender el programa revolucionario ante los males de la República.

En sus primeras palabras en aquella mañana el joven abogado dijo: “Como resultado de tantas maquinaciones turbias e ilegales, por voluntad de los que mandan y debilidad de los que juzgan, heme aquí en este cuartico del Hospital Civil, adonde se me ha traído para ser juzgado en sigilo, de modo que no se oiga, que mi voz se apague y nadie se entere de las cosas que voy a decir”.

No lo amedrentó el despliegue del contingente militar, en cuyas filas se encontraban verdugos de los asaltantes y expresó: “Veo que tengo por único público, en la sala y en los pasillos, cerca de cien soldados y oficiales. ¡Gracias por la seria y amable atención que me están prestando! ¡Ojalá tuviera delante de mí todo el Ejército!".

Según testigos presenciales, el alegato de Fidel, que se conocería en “La Historia me Absolverá”, captó la atención de los soldados que en muchos casos apoyaban sus armas en el suelo y con rostros absortos seguían sus palabras.

Contra toda lógica como era de esperar, en las difíciles condiciones que enfrentó aquel acusado, que vio morir a muchos de sus compañeros y milagrosamente sobrevivió a la acción, superó la amenaza contra su vida y en su oratoria pasó de acusado en acusador de los crímenes y latrocinios de gobiernos corruptos.

En los años posteriores la histórica intervención sería el programa revolucionario que uniría al pueblo para el triunfo del primero de enero de 1959.

Fidel describió con objetividad fotográfica lo que había ocurrido en la madrugada del 26 de Julio: “El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes las balas quedaron incrustadas con fragmentos de piel, sesos y cabellos humanos, chamusqueados por los disparos a boca de jarro, y el césped se cubrió de oscura y pegajosa sangre. Las manos criminales que rigen los destinos de Cuba habían escrito para los prisioneros a la entrada de aquel antro de muerte, la inscripción del infierno: Dejad toda esperanza.”

Reivindicó el gesto de los jóvenes asaltantes, quienes no dejaron morir al Apóstol en el año de su centenario: “Mis compañeros, además, no están ni olvidados ni muertos; viven hoy más que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados cómo surge de sus cadáveres heroicos el espectro victorioso de sus ideas”.

Se refirió al programa de cambios si triunfaba la Revolución, entre los que planteó una reforma agraria que garantizara la tierra a quien la trabaja, el derecho a una vivienda digna, el derecho a la salud y la educación, algo que parecía lejano en ese difícil año de 1953, pero que después se convirtieron en realidad.

Fidel terminó su alegato con memorables palabras que prefiguraron la dura etapa del presidio, pero también la completa seguridad de la justicia de sus ideas.

“En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la Historia me absolverá.” (Fuente: ACN)

 

Editado por Lorena Viñas Rodríguez



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