Yo soy el maestro, una frase que guarda con celo la historia de Cuba

Alfabetizador Manuel Ascunce. Foto: Radio Rebelde.

Por: Teresa Valenzuela García

Cuentan testigos presenciales de los asesinatos del alfabetizador Manuel Ascunce y su alumno Pedro Lantigua, que al presentarse en la vivienda del humilde campesino, los contrarrevolucionarios se fijaron en el muchacho al decir: —Y ese ¿quién es?, — ¡Yo soy el maestro! respondió con dignidad y valentía el joven brigadista, cuyas palabras incitaron la sed de odio y sangre de los contrarios, que cometieron de la forma más brutal y cobarde el alevoso crimen.

Con coraje y energía la noche del 26 de noviembre de 1961 se enfrentaron a los sanguinarios que con cobardía se ensañaron en ellos a quienes torturaron salvajemente antes de morir y posteriormente ahorcaron de un árbol.
Ocurrió en Limones Cantero, finca Palmarito, a manos de los bandidos Braulio Amador Quesada quien fuera el principal ejecutor, y resultara ajusticiado tres meses después del suceso al igual que Pedro González Sánchez, y Julio Emilio Carretero Escajadillo.

En el acto de clausura del Onceno Congreso Nacional de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) celebrado en el teatro Chaplin el 28 de noviembre de 1961 el líder histórico de la Revolución Fidel Castro al referirse a los crímenes señaló en una de sus partes: el campesino Pedro Lantigua fue un revolucionario de siempre; por ello, al advenir la actual Revolución se integró a ella totalmente.  Pertenecía, además, a las Milicias Nacionales Revolucionarias.

Más adelante señalaba: La campaña de alfabetización llegaba ya a su término. ¿Qué explicación puede tener semejante barbaridad? ¿Qué sentido puede tener semejante crimen? ¿Qué explicación al hecho bárbaro, inhumano, demostrativo de la más absoluta ausencia de sensibilidad, de asesinar prácticamente a un niño de 16 años, así, a sangre fría?

A un niño que, además, había sacrificado sus vacaciones; que estaba allí, igual que otros 100 mil jóvenes, igual que otras decenas y decenas de miles de niños y de jóvenes, hijos, por supuesto, de decenas y decenas de miles de familias, muchos de ellos —la inmensa mayoría— hijos de la clase obrera.

¿Qué explicación puede tener el hecho de que a un niño así se le asesinara, se le ahorcara, se le aplicara una muerte tan cruel y tan inmerecida?  Ya había ocurrido con un maestro voluntario, pero nos resistíamos a creer que pudiera llegar a ocurrir con un joven alfabetizador, por la condena unánime de la nación cubana a aquel hecho, y porque a más de repugnante y cobarde es, además, tan estúpido.

Y hasta una mala causa, como la que defienden los enemigos de la patria, hasta una mala causa como esa se le defiende muy mal con semejante salvajismo. Y nos resistíamos a pensar que fuesen capaces de cometer un hecho como ese.

Este hecho confirma nuestra concepción revolucionaria, comprueba lo que sabemos, lo que sabemos que es una revolución, como cambio profundo, con su secuela de luchas profundas, con su antagonismo de intereses de clases profundo.

Y nos enseña lo que otras veces hemos afirmado, que la Revolución es una lucha a muerte entre la Revolución y la contrarrevolución, y que en esa lucha, o los revolucionarios exterminan a los contrarrevolucionarios, o la contrarrevolución extermina a los revolucionarios. Nosotros, ustedes, y todos, sabemos que nunca, ¡y sabemos que es precisamente la Revolución la que exterminará a los contrarrevolucionarios!
Ascunce realizó sus estudios de la primaria en las academias Santa Marta y El Éxito, y posteriormente continuó en la Secundaria Básica América. Muy joven ingresó en la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Durante la Campaña de Alfabetización no vaciló en separarse del hogar para marchar adonde fuera necesario.

En pocos meses Ascunce se ganó el cariño de la familia que lo consideraba un hijo; él compartía las labores agrícolas y los ayudaba en todo lo necesario; de noche a la luz del farol, los enseñaba a leer y a escribir.

El 26 de diciembre de 1961 se develaron en la Secundaria Básica América, donde él estudiaba antes de partir a alfabetizar, el busto y la tarja que la convirtieron en la escuela Manuel Ascunce Domenech, en recordación al joven.

Las nuevas generaciones recordarán siempre el ejemplo del alfabetizador, quien no obstante ser un adolescente, no dudó ni un instante en enfrentar a los bandidos que le arrebataron la vida cuando apenas empezaba a vivir. Yo soy el maestro devino una frase que guarda con celo la historia de Cuba. (Fuente: Radio Rebelde)

Editado por Lorena Viñas Rodríguez



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