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El teatro cubano a trasluz

por Sarahí García Contreras

Desde que los hombres y mujeres nacidos en Cuba, comenzaron a sentir como suya esta Isla, hubo que hablar de pertenencia, de identidad, de nacionalidad. Y es que esa conexión espiritual de uno con su terruño se reflejaba en nuestra forma de hacer y pensar.

Al arte y a la literatura hechos aquí debía de acuñárseles seguidamente el calificativo de cubano, y a esa condición no podía escaparse el teatro. El 22 de enero de 1869 pasaría a la historia como los tristes acontecimientos del Villanueva.

Aquella noche, el cuerpo de voluntarios arremetió contra los espectadores en el teatro cuando entre los asistentes surgió el grito de ¡Viva Cuba Libre!. Al día siguiente el teatro cubano mostró definitivamente que su lugar se encontraba al lado de las causas justas cuando en un pequeño periódico aparece publicada la obra de José Martí: Abdala.

A partir de aquellos sucesos, el gobierno español tomaría otro tipo de represalias, la actividad teatral quedaba prácticamente omitida de cualquier escenario de nuestro país. Si alguna representación subía a las tablas era porque atendía a los intereses españoles. En contraposición a esta situación, en la manigua se afianzaba con fuerzas el llamado teatro mambí.

Tampoco no podemos dejar de mencionar el desarrollo que en el siglo XIX alcanza el denominado teatro bufo, que tiene sus raíces en las celebraciones por el Día de Reyes. Estas fiestas populares ocurrían en lugares públicos, hasta ser prohibidas en 1884. En estas celebraciones los actores principales eran los negros libres y esclavos, quienes imitaban a sus amos en ademanes y vestuarios.

Estas escenificaciones fueron prólogo del llamado teatro de relaciones. Este teatro de relaciones, del que se harían eco esas dramatizaciones que se realizaban en la manigua, tomó auge en determinadas zonas orientales, principalmente en la ciudad de Santiago de Cuba, siendo los carnavales el lugar donde pululaban. Entre los cultivadores de ese género se hallan nombres como el de José Agustín Millán y Bartolomé Crespo Borbón.

Ya a partir de 1898, al culminar las guerras de independencia y posteriormente al instaurarse la República Mediatizada, el pueblo cubano se siente frustrado. Este estado depresivo se refleja en la literatura. Obras como las de Jesús Castellanos, Ramón Meza o Carlos Loveira transmiten ese estado en que cae la Isla. Aquella situación se refleja también en la ensayística y en el teatro.

Nuestros dramaturgos no escapan a la frustración, y el género, sin duda, cae en un abismo. Ya para las primeras décadas del siglo XX, las representaciones del Teatro Alhambra son las únicas posibles, aunque no se puede desmeritar el quehacer de José Antonio Ramos, quien intenta hacer un teatro más reflexivo con obras como la Tembladera y la Recurva. Pero a Ramos ya le depararemos en este trabajo un espacio aparte.

Centrándonos en el Teatro Alhambra, hay que hacer por obligación una parada en el teatro vernáculo. Este género mantenía entre sus principales características al costumbrismo y a la parodia o la sátira. Se le daba un mayor privilegio al diseño de vestuario y a la escenografía. La música sería otro rasgo definitorio donde intervendrían figuras como Gonzalo Roig y Rodrigo Prats.

El teatro vernáculo tampoco estuvo a espaldas de la situación de Cuba. Surgido bajo el calor del descontento popular ante la intervención yanqui, este género colocó en las tablas, escenas de críticas, dirigidas a la injerencia norteamericana. Teatro Alhambra, interior. El Teatro Alhambra se encontraría entre las compañías que desarrollarían el vernáculo.

Fundado el 13 de septiembre de 1890, el Alhambra se especializaría en el sainete en todas sus variantes: el costumbrista, el político, la revista de actualidad y el de solar. El Alhambra se convertiría con el decursar de los años en un teatro sólo visitado por hombres, lo que resultó a partir de alguna mala palabra dicha en escena, por el erotismo y el doble sentido de los diálogos así como por la sensualidad de las coristas.

Apartándonos ya de este tema, vale la pena dedicar unas líneas a José Antonio Ramos, quien se distinguió entre los dramaturgos cubanos durante los primeros años de la República. Considerado por algunos como la figura de mayor expresión del teatro cubano, sus obras, tanto narrativas como teatrales, reflejaban los problemas sociales y políticos de Cuba, dándole a la figura de la mujer una importancia no antes palpable en anteriores obras de anteriores autores.

Ya para la década del 50, el teatro cubano se moderniza con nuevas técnicas dramatúrgicas. Es en este tiempo en que aparece el nombre de Virgilio Piñera en las tablas. Autor de obras como Electra Garrigó y Aire Frío es figura necesaria de estudio si se pretende investigar a profundidad el teatro cubano. Virgilio no sólo fue conocido en el ámbito cultural por sus dotes de dramaturgo.

Este autor se desarrolló dentro de la poesía, publicando sus poemas en la revista Espuela de Plata, antecesora de Orígenes. En 1941 es conocido su libro Las furias, así como aparece su obra teatral más importante Electra Garrigó, una de las grandes piezas del teatro cubano. A su quehacer se suman otras más y su poema La Isla en peso, tan gustado por muchos y criticado por otros.

A partir del triunfo de la Revolución surge en junio la ley de creación del Teatro Nacional y se empieza a formar a grupos teatrales como: Guernica, Teatro Experimental de La Habana, Covarrubias y Ocuje entre otros más. Con la campaña de alfabetización se abren las puertas al desarrollo cultural del país. En 1961 se fundaría la Escuela Nacional de Arte y el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional.

Dentro de este seminario se prepararían a dramaturgos venidos desde diversos puntos del país con el afán de hacer teatro. Nombres como el de Nicolás Dorr, Antón Arrufat, José Milián y Héctor Quintero engrosarían la amplia lista. También tras el triunfo de la Revolución se crea el Grupo de Teatro Escambray con Sergio Corrieri al frente, en el temprano año de 1968. El objetivo era hacer un teatro revolucionario, a la altura del momento histórico y del nuevo sujeto social.

Entonces la escena se desmitificó y se redimensionó porque el teatro cubano debería llegar hasta los lugares más apartados por muy montañosos e intrincados que fueran. Ese teatro como el hombre de ese tiempo, se le calificaría de Nuevo.

Hoy día no se puede negar que el teatro cubano como mismo se fortalece también tiene puntos en su contra que lo debilitan, pero no se puede negar que para los dramaturgos, directores y actores, la escena sigue siendo para ellos su mejor modo de expresión. Cada 22 de enero se celebra el Día del Teatro Cubano, un teatro comprometido con su pueblo y a la altura de su tiempo.

(Tomado de Radio Rebelde)

Editado por Martha Ríos
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