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Yadira: una joven que devuelve sueños

En uno de mis viajes por las comunidades de Venezuela, encontré a Yadira Rosas, una joven de 29 años quien integra la Misión Cultura Corazón Adentro. Llegó a Caracas en 2014, según me cuenta. Una ciudad que en sus inicios, como a todos, le pareció gris. Pero, como ella refiere, a las urbes las engrandece su gente y no el color de sus edificios.

Sin comprender cuál sería el verdadero propósito de su trabajo y con el adiós de su pequeña de 5 años aún grabado en la mente, adoptó a la Parroquia El Valle como su nuevo hogar.

“Cerca se encontraba la Casa Comunal, en la calle Zamora.  Allí encontré a mis primeras aficionadas: dos abuelitas discapacitadas Carmen y Brenda Antonini. Cuando me mostraron dónde vivían, comencé a visitarlas y a montarles números musicales.

Podía ver como florecían sus deseos de cantar. Supongo que recordaban un lejano y casi olvidado anhelo, la mejor herencia que les dejó su madre, quien en su juventud tocaba guitarra”

El jueves era el día del encuentro. La profesora acudía para mostrarles cómo mejorar su técnica vocal o simplemente conversar por algunas horas. “Con ellas compartí almuerzos, cumpleaños, aplausos y lágrimas, al verlas cantar en las peñas de boleros.

Fue entonces cuando entendí que mi misión en Venezuela no se trataba de ser solamente una instructora de música, sino una amiga que llegara al corazón de las personas y les devolviera su capacidad de creer y soñar”

Enseñar el arte de los sentimientos

El acercamiento con los jóvenes se inició en la Escuela Técnica Industrial Gregorio McGregor, de la Parroquia Coche y en la Asociación Civil Niña Madre. Al principio, reseña, caminaba por los pasillos de la institución y todos estaban visiblemente entretenidos con los aparatos tecnológicos. No prestaban atención y cuando los saludaba con un beso, separaban la mejilla.

“Me preguntaba todos los días cómo lograr que los adolescentes trabajaran en equipo, acercarlos al arte de los sentimientos, evitar que consumieran drogas o dejaran de golpear a los más indefensos en el patio trasero”, confiesa.

A veces tenía la sensación de quien busca agua en un desierto, afirma. Pero un día encontró a alguien que le mostró como luchar por ese objetivo, un académico venezolano maravilloso, así lo define.

“Lo conocí durante una discusión con otros profesores, porque él usaba un arete en la escuela y eso molestaba al claustro. Yo le pregunté por qué lo utilizaba y la respuesta me asombró. Este sarcillo me acerca más a ellos- me dijo señalando a los estudiantes- vienen a mi clase porque se identifican con mi forma desenfadada. Soy payaso de profesión y luego de impartir español laboro en el circo.

Pero mi mejor actuación es en el aula porque quiero salvar sus vidas, como un día hizo un profesor conmigo y me enseñó este arte que me convirtió en una persona diferente”

Asevera que la ayudó a conocer a los jóvenes, cómo pensaban y la manera en que la situación en su casa influía es su forma de actuar. Aprendió, expresa, la lección de un hombre con un arete que desafió los métodos tradicionales de enseñanza para llegar a sus alumnos.

Yadira se ganó la confianza de los estudiantes con trabajos de robótica, clases de canto, charlas sobre intérpretes de rap, limpieza del aula, al preparar chocolate cubano para ellos y participar en sus proyectos de la radio comunitaria.  

“En una sociedad tan compleja, esos niños no pueden confiar en todo el mundo. Pero tienes que lograr que en ti sí lo hagan, solo de esa forma se interesan en tu propuesta, puedes educarlos y alejarlos de la corrupción y la violencia”, expresa.

Le hicieron confesiones desgarradoras. “Una chica fingió dolor de cabeza para quedarse al final de la clase a solas conmigo y contarme como su padre abusó de ella varias veces.  Cosas así te marcan para siempre”

Se convirtió en la hermana, la amiga. Armó con ellos un coro. Cantaron en público luego de aprender elementos técnicos corales, una pieza a una sola voz y acompañada del cuatro. Fue para la joven holguinera uno de los mayores logros de su vida profesional.

“Celebrar sus aniversarios, reírme a carcajadas con los cambios de palabras que aquí y allá tienen significados diferentes y que me hicieran una fiesta de despedida, en la cual cada uno me expresó que significaba yo para ellos, fue verdaderamente grandioso”

Entre estrellas y luceros

La comunidad Cacique Tiuna, la recibió después. En el Instituto de Educación Especial Estrellas y Luceros comenzó el descubrimiento de una realidad inesperada y diferente. “Al trabajar con niños discapacitados no sabes lo que sucederá, tienes que idear sobre la marcha como llamar su atención. Una obra de gran sensibilidad y que ellos disfrutan mucho”, asevera.

Escuchar con palabras entrecortadas “¿profe hoy tenemos clases?”, ver como se divierten con la música que toca en el piano o ante la imposibilidad de sonreír mover alguna parte del cuerpo en señal de agradecimiento y disfrute, lo considera como vivencias sorprendentes.

Añade que también lo es observar como sus actitudes desenfrenadas se calman en la medida en que perciben las notas y advertir como manipulan los instrumentos con dificultad para descubrir, poco a poco, un mundo sonoro.

Te puedo contar muchas anécdotas, manifiesta, pero hay una muy hermosa y especial. “Una pequeñita Síndrome de Down lloraba muchísimo y a partir de mi llegada me tomó un cariño inmenso, a tal punto que pasaba horas y horas a mi lado dibujando bolas y bolas mientras yo trabajaba. Para mi eran trazos sin sentido alguno.

Al despedirme siempre me besaba, me apretaba fuertemente y me enseñaba su dibujo. Hasta que en una de las clases le pregunté qué dibujaba. Con mucha dificultad me contestó: mi corazón que es para ti, agitando con insistencia la hoja de papel”

Es ahora la madre de niños carentes de afecto y atenciones en los lugares donde residen. Su mayor alegría es sentir cómo la música puede conducirlos a sitios dónde sus dificultades físicas no les permiten llegar. Resulta inexplicable, admite, el crecimiento que experimentan tanto ella como sus discípulos.

Comenta que su día amanece con la creación de un tema de bienvenida para los pequeños. Los profesores también han aprendido una forma diferente de instruir donde las emociones priman sobre los contenidos.  Lo más significativo ha sido lograr que mejoren su calidad de vida, asegura.

“Los instructores arribamos a Venezuela para fortalecer los valores de las personas en este hermano país.  Despertar en las clases menos favorecidas los deseos de revivir sus ilusiones y llenar de colores esta linda ciudad que nos ha abierto sus brazos. Nuestro cometido ha sido impulsar, con el corazón, cambios desde adentro”   

Por Danay Galletti, periodista de RHC
Foto: Omara García

 

Editado por Bárbara Gómez
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