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Cuidar al cuidador

Por Martha Ríos

Cuando Ena empezó a cuidar a su esposo, varios años mayor que ella, estaba en el umbral de la Tercera Edad. No obstante, conservaba una buena apariencia, se ufanaba de su férrea salud y “de un ánimo como en sus 30”.

A él le habían detectado cáncer de próstata, y gracias a las atenciones especializadas del sistema cubano de salud, la responsabilidad con que afrontó la enfermedad y los cuidados de su excelente compañera, vivió casi 13 años después de los primeros síntomas. Solo permaneció encamado los últimos dos. Falleció a los 86, y Ena recién cumplía siete décadas.

“Fue muy agotador para mí. Estábamos prácticamente solos porque como yo era fuerte todavía… Los más allegados venían un rato el sábado o el domingo, casi todos los días llamaban por teléfono, nos daban una ayuda económica cuando podían. Las amistades, igual, se preocupaban mucho, pero también de lejos”, comenta la viuda.

El tiempo pasaba y a Ena ya se le veían los años. “Me aparecieron enfermedades crónicas que apenas me las atendía porque siempre lo prioricé en todo: los turnos médicos, que eran muy seguidos; su alimentación. Tenía que salir a buscar lo que iba a cocinar para que comiera a una hora exacta, que merendara, estar atenta a sus medicamentos, además de lavar la ropa, limpiar la casa…, vivía como un torbellino”.

Ni se acordaba que tenía espejo. Desatendió su pelo, sus manos, adelgazó mucho y ninguna ropa le quedaba como antes. “Muchas veces amanecía y yo no había dormido nada, él tampoco;  se ponía muy majadero aunque no estuviera hospitalizado, y fueron varios los ingresos. Siempre yo terminaba con las piernas hinchadas y los nervios hecho trizas”.

Como ella hay muchas personas, hombres inclusive que asumen la atención permanente de sus ancianos, y en ese tránsito...

… todo cambia

En las relaciones de familia surgen conflictos con quienes pudiendo hacerlo no los auxilian.  Un por ciento alto de los cuidadores se ven precisados a dejar sus empleos o trabajar a media capacidad, por tanto, la economía mengua y los gastos se incrementan.

Así, hasta los más cuerdos enloquecen. Se les agudiza el estrés con sus consiguientes implicaciones: depresión, irritabilidad y hasta afloran nuevas dolencias, sin contar que pierden sus relaciones sociales porque el tiempo libre no existe para ellos, a veces ni para atender sus malestares.

A  esto y más se le conoce como Síndrome del Cuidador.

Las cosas se complican cuando el anciano carece de validismo debido a una enfermedad física, o mental, el mal de Alzheimer, por ejemplo, con tanta incidencia en la población mundial.

Es un verdadero tormento para el cuidador que quiere resolverle todas las necesidades a su familiar. Entonces se da cuenta de que la vivienda no es cómoda, que tiene barreras arquitectónicas, que flaquean sus fuerzas, y los recursos no cubren una estadía que en ocasiones se torna prolongada.

Lo que para una persona joven resulta menos traumática tamaña responsabilidad, en otra adulta mayor, al sentirse impotente ante los problemas, es un perfecto nocaut, hablando en términos boxísticos.

La vida no es en blanco y negro

La situación puede revertirse de diversas maneras. Primero, el cuidador debe perder la pena o el orgullo y pedir ayuda a parientes, amigos, vecinos… Un asidero emocional es también muy necesario.

Mientras realiza las labores cotidianas, esas que por ser una rutina lo agobian, desesperan y aplastan, la música constituye una buena aliada, siempre que escoja la de su preferencia y a un volumen moderado.

Es mejor que repetir una y otra vez lo que le falta por hacer antes de ir a la cama al final del día, y cuánto ha perdido desde que todo le cambió.

Se recomienda aprender a conocer la psicología de su paciente, igual que hizo con sus hijos pequeños, y tratar de darle la vuelta en vez de enfrentarlo porque en esa batalla casi siempre el más perjudicado es el cuidador.

No debe olvidar que todos llegamos a la vejez tal y como fuimos en otras etapas de la existencia, pero con los defectos más pronunciados por la carga de frustraciones que arrastramos y las limitaciones propias de los años.

Ante una conducta diferente del enfermo, lo ideal es consultar a un Geriatra para que oriente lo más correcto a fin de que su calidad de vida sea óptima. Muchas veces el éxito no está en administrar un nuevo medicamento, con solo modificar estrategias en la convivencia es suficiente.

Otra sugerencia, y no por última deja de ser importante: si quien atiende a un anciano de manera permanente comienza a tener síntomas nunca antes experimentados debe acudir rápido al médico, y no abandonar los chequeos sistemáticos si padeciera de alguna enfermedad crónica. Su salud es tan valiosa como la de quien depende de él.

¿Mal? de muchos

Como a nivel mundial el envejecimiento de la población se comporta de manera acelerada, muchos Estados carecen de condiciones materiales óptimas para darles atención individual a sus Adultos Mayores, por eso, cada vez existen más hogares donde los ancianos son atendidos por otros.

En esos casos están los cónyuges que sufren el síndrome del nido vacío, o cualquier persona con 60 años y más, que perfectamente tiene los padres vivos, o al menos uno de ellos.

Quizás nunca pensó que ese día llegaría y no se preparó psicológicamente. Aunque, si lo hicieron, por supuesto que no conocieron la magnitud del proceso hasta que lo afrontaron.

Quienes ahora viven la Tercera Edad deben ser el orgullo de las nuevas generaciones porque durante años llevaron sobre sus hombros el palpitar de la sociedad, y ésta en pago tiene la obligación de velar por su bienestar y respetarles sus derechos. A eso también se aprende en el seno de la familia porque en ella se fraguan los principios.

Lo único que queda al final es el amor que das no el que recibes.*

Doce años en el desarrollo normal de un individuo adulto transcurren apenas sin cambios. Mas, vivir en situaciones estresantes como la de atender a un anciano enfermo, siendo anciano, sí constituye un trauma para el cuidador, y es casi imposible que pueda recuperarse tanto física como psicológicamente.

Eso le sucedió a Ena, sin embargo confiesa: “Tengo la satisfacción del deber cumplido. Él se merecía que lo atendiera hasta el final de sus días, además, solo me tenía a mí. Ya han pasado cinco años de fallecido mi esposo, y claro que no he vuelto a ser la misma. Estoy más vieja, cansada, achacosa, pero soy mejor ser humano”.

Hacer el bien reconforta, engrandece el espíritu. Al anciano, y mucho más si está desvalido, no se le puede dar la espalda, ni quejarse delante de él porque se sentirá culpable de los problemas por los que atraviesa la persona quien lo asiste, un ser querido, en la mayoría de los casos, y hasta puede desearse la muerte.

Lo mejor es ponerse en su piel, el tiempo pasa y mañana, cualquiera de nosotros estaremos en su lugar.

*Fragmento de la obra biográfica Paula, de la escritora chilena Isabel Allende.

Editado por Martha Ríos
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