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Ocho mártires del estudiantado cubano.

Por Teresita Martínez
 
Las fuerzas independentistas sumaban victorias en el Oriente de Cuba cuando el 27 de noviembre de 1871 el gobierno colonial ordenó el fusilamiento de ocho  jóvenes criollos que estudiaban  en la Universidad de La Habana.   Ese luctuoso hecho formó parte de la ola represiva desatada por los representantes de la monarquía española en la Mayor de las Antillas.
 
En la tarde del 23 de noviembre, los alumnos del primer año de la Escuela de Medicina esperaban  al profesor en el anfiteatro  de Anatomía , ubicado en la Calzada de San Lázaro y próximo al  Cementerio de Espada.
 
Al saber que el catedrático demoraría en llegar, cinco estudiantes se fueron al  camposanto
 
A manera de entretenimiento, Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde, José de Marcos Medina, y Pascual Rodríguez dieron unas vueltas en el carretón empleado  para transportar los cadáveres destinados a las disecciones.
 
Alonso Álvarez de la Campa -de 16 años y el menor  en edad-  arrancó   una flor del  jardín  de la necrópolis.
 
Al día siguiente,  el celador del cementerio Vicente Cobas   afirmó que los estudiantes habían  rayado  el cristal del nicho del periodista hispano Gonzalo Castañón.  Célebre por su saña anticubana,  murió en 1870 en duelo sostenido con el patriota cubano Mateo Orozco en la  estadounidense ciudad de Cayo Hueso.
 
La infame denuncia fue aprovechada por  el gobernador político de La Habana Dionisio López Roberts para emprender otra acción represiva contra la población criolla.
 
Acusados de vandalismo, los 45 alumnos del primer año de Medicina fueron llevados a prisión el  sábado 25 de noviembre de 1871.
 
Sometidos a un juicio sumarísimo, el primer consejo de guerra se realizó durante la noche del  día 26.
  
El  capitán español Federico Capdevila asumió la defensa de los estudiantes, cuya inocencia demostró.  Ante la falta de pruebas,  el tribunal formado por oficiales del ejército hispano  dictó la absolución.
 
El fallo provocó la ira del  temible Cuerpo de Voluntarios, fuerza paramilitar al servicio de la  Corona española. Integrado por  buscadores de fortuna, todos carentes de la elemental educación, ese cuerpo armado  sembró el terror en La Habana con sus actos represivos.
 
El motín de la  soldadesca -la cual exigía la ejecución de la quinta parte de los encausados-, hizo que el gobierno colonial realizara un segundo consejo de guerra.
 
Ampliado con nueve capitanes del Cuerpo de Voluntarios, el nuevo tribunal  impuso la pena máxima a Anacleto Bermúdez y González, Ángel Laborde y Perera, José de Marcos y Medina,   Alonso Álvarez de la Campa y Juan Pascual Rodríguez y Pérez.
 
Como a manera de escarmiento debía ser ejecutada la quinta parte de los encartados, las otras  tres víctimas fueron escogidas al azar.  El macabro sorteo trajo la muerte a Carlos Augusto de la Torre y Madrigal, Eladio González  Toledo y Carlos Verdugo y Martínez,  quien se encontraba en la provincia de Matanzas el día del presunto delito.   
 
En parejas, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados fueron  fusilados durante la tarde del 27 de noviembre de 1871 en la Plaza de la Punta.    No se les permitió despedirse de sus padres; éstos, no pudieron recuperar los cadáveres de sus hijos.
 
Con despliegue de banderas y toques de bandas de música,  los miembros del Cuerpo de Voluntarios desfilaron ante los cuerpos sin vida de los ocho  jóvenes cubanos, cuyos restos fueron  enterrados en los extramuros del Cementerio de Colón, en una fosa común, sin cruz, ni lápida.   
 
De acuerdo con la edad,  los restantes alumnos del primer año de  Medicina recibieron  condenas que  fluctuaron entre los  4 meses de reclusión y  los 6 años  en presidio.  En 1872,  salieron de prisión  gracias a las constantes reclamaciones de sus familiares y la amnistía política dictada ese año en España.

Cuando el hijo del periodista Gonzalo Castañón  viajó a La Habana en 1886,  declaró que el sepulcro de su padre no había sido profanado. 
El patriota Fermín Valdés Domínguez, uno de los estudiantes  condenados  al encierro en el amañado  juicio, se consagró a la tarea de revindicar a los compañeros  inmolados.

Además de localizar sus despojos, hizo las gestiones  para la exhumación y posterior traslado en 1887  al panteón de la familia de Alonso Álvarez de la Campa
 
Al concurso de Valdés Domínguez se debe la construcción  en el  Cementerio de Colón del mausoleo donde yacen  desde  1889 los estudiantes de Medicina  asesinados. Allí también  reposan  los restos del capitán español Federico Capdevila, el  valeroso defensor de los jóvenes.

En  la explanada de La Punta, escenario del  fusilamiento, fue erigido en 1921 un  hermoso monumento hecho en mármol blanco.
Encabezados por el estudiantado,  cientos de  habaneros peregrinan cada 27 de noviembre al lugar para rendir tributo a esas víctimas del colonialismo español.

Como expresa  el Héroe Nacional de Cuba José Martí en un poema dedicado a los ocho estudiantes de Medicina: “Cuando se muere/ En brazos de la patria agradecida/ La muerte acaba, la prisión se rompe; / Empieza, al fin, con el morir, la vida! “

(Fuentes.- Fondos del Centro de Documentación de Radio Habana Cuba/ Fernando Portuondo.-“Historia de Cuba”/
 
 
 
 
 
 
 
 
Editado por Pedro Manuel Otero
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