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Carlos Juan Finlay: el benefactor de la humanidad

por Mariolys González Calderón

Hay personas que triunfan fácilmente en la vida, a las que todas las puertas se le abren. Otras, en cambio, tienen que luchar a brazo partido y vencer mil osbtáculos para que sus méritos alcancen un merecido reconocimiento. Entre estos últimos está el gran científico cubano Carlos Juan Finlay.

Hijo de escocés y madre francesa, el eminente maestro, nació el 3 de diciembre de 1833, en la oriental provincia cubana de Camaguey. Graduado de medicina en el Jefferson Medical Collage, de Filadelfia, Estados Unidos, en 1855, echa a un lado las buenas ofertas que tenía para trabajar en la norteña nación y regresa a su tierra a finales de ese propio año.

Conocido por haber identificado al mosquito Aedes Aegypti como el  transmisor de la fiebre amarilla, el cientìfico cubano descubriò al mismo tiempo un nuevo modo de contagio de las enfermedades a través de la existencia de un agente biológico intermedio, capaz de propagar el germen del mal de un sujeto enfermo a uno sano.

En el aniversario 180 de su natalicio, la figura de Finlay se afianza como hombre adelantado de su tiempo, que con su revolucionaria teoría rompió de manera radical con las concepciones epidemiológicas vigentes en su época, según las cuales las patalogías solo podían diseminarse por contagio directo entre las personas o debido a la influencia de un factor ambiental.

A pesar de los intentos del médico militar norteamericano Walter Reed de pretender adjudicarse el mérito de descubrirdor del agente trasmisor de la fiebre amarilla, personalidades científicas de diferentes países reconocieron en su momento la obra de Finlay.

Su biógrafo Rodríguez Expósito dijo en una ocasión que, cuando a Finlay le tocó el turno de presentar su ponencia en el Tercer Congreso Panamericano de Medicina, “una ovación cerrada recibió la figura venerable, serena, y digna del noble anciano. Los médicos de todo el continente allí reprentados rendían de ese modo un emotivo y elocuente homenaje al descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla”.

Recibió importantes condecoraciones, entre ellas las medalla Mery Kingsley, máxima distinción conferida por la Escuela de Medicina Tropical de Liverpool, Gran Bretaña, y la insignia de la Legión de Honor, otrogada por el Gobierno de Francia.

En varias ocasiones entre 1905 y 1915, año de su muerte acaecida el 19 de agosto, en La Habana, fue propuesto para el Premio Nobel de Medicina, único cubano que hasta el momento ha sido postulado a tan preciado galardón a título individual.

Pero le negaron el Premio Nobel. Y aquel día de 1905 cuando varios amigos se lo comunicaron, Finlay, leal a su ética, según narró el historiador doctor Grau Mederos, comentó: “Lo siento por Cuba, hubiera sido la primera vez que hubiera venido a nuestro país este lauro internacional, dándome la oportunidad de probar mi cariño de hijo que ama a su patria. En cuanto a mí he sido más que bien recompensado con unos padres que lograron darme una profesión con qué demostrar mi amor por los demás, con una ejemplar esposa y buenos hijos, y con una relativa buena salud, con la que he alcanzado una edad que me permite reconocer mis grandes errores”.

Más allá de los malos propósitos de determinados círculos norteamericanos por arrancarle la gloria de su descubrimiento, en 1954 el XII Congreso de Historia de la Medicina celebrado en Roma, aprobó la moción de que solo a Carlos Juan Finlay, de Cuba, correspondía el hallazgo del agente transmisor de la fiebre amarilla.

Reconocido por la UNESCO entre los seis microbiólogos más grandes de todos los tiempos, en honor a su memoria el 3 de diciembre se celebra anualmente el Día de la Medicina Latinoamericana.

La consagración de Finlay no es un ejemplo único en la historia de la ciencia en Cuba. Tal virtud ha estado y está presente en los científicos e investigadores, desde Tomás Romay hasta los que en la actualidad entregan en jornadas interminables sus energías y talento para hacer de la atención médica una de las conquistas más preciadas de nuestro proyecto social.

Hombre amante de su familia, bondadoso y modesto, Carlos Juan Finlay, encarna el paradigma del verdadero hombre de ciencia. Nuestros médicos, enfermeras, técnicos y demás trabajadores de la salud tienen en él una guía para ser cada día mejores, y hacer de la atención médica un derecho cotidiano e inalienable de las masas populares.


Fuentes: Fondos del Centro de Documentación de Radio Habana Cuba

Editado por Maria Calvo
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