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La suerte ayuda a los valientes e intrépidos

Por Jorge Wejebe Cobo

El amanecer del  primero de diciembre de 1956 en la Ciudad Militar de Columbia, sede de la dirección del ejército cubano, sorprendió a oficiales superiores en una desacostumbrada jornada de vigilia que interrumpió la molicie del campamento, afanados por cumplir la orden dada a la aviación y la marina de ubicar y destruir a  un "yate de 65 pies de largo, pintado de blanco, sin nombre, de bandera mexicana y con cadena que cubre casi todo el barco”.

La orden procedió del general Pedro Rodríguez Ávila, jefe del ejército, y  disponía la  alerta a las tropas en la zona oriental del país que afectó en especial al fuerte contingente militar  que ocupaba Santiago de Cuba, el cual  había participado en los combates por el alzamiento del 30 de noviembre en esa urbe oriental.

En el mensaje, se agregaba que el barco había salido de México el 25 de noviembre dirigido por Fidel Castro y se suponía  estaba navegando en las cercanías de Cuba, según informaciones obtenidas por el servicio de inteligencia de la dictadura en el territorio azteca.

No obstante, los esbirros establecidos en la embajada cubana en Ciudad de México, habían fracasado en su empeño fundamental de asesinar a Fidel, por las medidas de seguridad de los revolucionarios y del propio líder.

La expedición del Yate Granma, dirigida efectivamente por el  joven abogado,  partió en la medianoche del 25 de noviembre del Puerto de Tuxpan, en Yucatán, con la sobrecarga de 82 expedicionarios, más el avituallamiento y las armas. Durante tres días surcó el Golfo de México hasta entrar en el mar Caribe, navegando sobre aguas embravecidas.

Tan pronto salieron de la rada y entraron en mar abierto, después de minutos de extrema tensión bajo el peligro de ser descubiertos, cantaron a todo pulmón el Himno Nacional y el del 26 de julio. Estaban motivados por una fuerza mayor: llegar a tierra cubana y emprender en las serranías la lucha armada contra el dictador Fulgencio Batista.

Más de un año antes  de esa epopeya, Fidel Castro arribó a suelo azteca por el puerto de  Veracruz, en la tarde del siete de julio, ya que  la constante vigilancia de los aparatos represivos en la Isla hacía imposible ninguna acción revolucionaria.

Desde los primeros días de su estancia, dedicó su tiempo a reorganizar a los asaltantes del Moncada exiliados en esa nación y a otros compatriotas en los planes insurreccionales, y conoció a  revolucionarios latinoamericanos, como el joven médico argentino Ernesto Guevara, quien se buscaba la vida como  fotógrafo ambulante.

La entrevista inicial con él duró 10 horas y desde ese contacto nacieron simpatía y respeto recíprocos que les acompañarían en lo adelante.

A finales de 1955, Fidel  proclamó por primera vez  en Estados Unidos donde fue para recaudar fondos y movilizar la emigración revolucionaria, que ”…en el año 1956 seremos libres o seremos mártires”.

Reiteró su compromiso en agosto del 56 en la nación azteca con José Antonio Echeverría, líder del Directorio Revolucionario, y con Frank País, Jefe de Acción y Sabotaje del 26 de Julio en la provincia de Oriente, y otros dirigentes de la Isla que lo visitaron  para coordinar planes de acción armada de ambas organizaciones, en lo que se llamó Pacto de México.

No obstante, la tarea de salir de la vecina nación e iniciar la lucha en Cuba no fue fácil. La policía, instigada por el gobierno de Batista, detuvo a Fidel  junto al Che y otros del grupo y les ocuparon parte de las armas, lo cual unido a la deserción de un combatiente del campamento donde ya se preparaban militarmente los revolucionarios,   pusieron en peligro los planes.

Desde las jornadas iniciales en la preparación contaron con la ayuda del general español republicano Alberto Bayo, residente en tierra mexicana y  quien entrenó  militarmente a los futuros expedicionarios.

Alrededor de la detención del Che y sus compañeros hay un dato curioso, relacionado con la ocupación al revolucionario argentino de una tarjeta de presentación de Nicolai S. Leonov, un joven soviético funcionario de su embajada en México, lo cual fue utilizado, sin mucho éxito por la propaganda reaccionaria de la época,  para acusar de comunistas y complotados con la URSS a los revolucionarios.

La cercanía de Leonov con los expedicionarios tenía un antecedente en mayo de 1953, cuando conoció a Raúl Castro a bordo del barco Andrea Gritti. Entonces el soviético  viajaba a México para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma.

Mientras que Raúl regresaba a La Habana junto a dos jóvenes guatemaltecos, luego de participar en la preparación del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, que se celebraría en agosto de aquel año, en Bucarest.   En el exilio mexicano en 1956 nuevamente coincidirían  y entonces el ruso conoció al Ché.

El hoy general Leonov, con más de 80 años, rememoró  su encuentro con el joven cubano y presentó en el 2015   su libro Raúl Castro: un hombre en Revolución sobre la trayectoria del actual General de Ejército y Presidente de los Consejos de Estado y Ministros.

En aquellos días de travesía y esperanzados en avistar la Patria, en el atardecer del 30, divisaron el faro de Gran Caimán, y un helicóptero inglés de patrullaje los sobrevoló, pero el comandante del Granma siguió su ruta, al ver que el aparato no les prestaba atención. Llevaban dos días de retraso que impidió la sincronización con el alzamiento del 30 de noviembre en Santiago de Cuba.

Fidel presintiendo que la marina y la aviación de la dictadura los podía detectar en cualquier momento y al estar a la vista las playas cubanas y sin esperar por encontrar un lugar mejor, decidió el desembarco en el inhóspito manglar de Los Cayuelos, a unos dos kilómetros de playa Las Coloradas, Niquero, donde  82 hombres unidos por un fin común tocaron tierra el dos de diciembre.

El precepto de que la suerte ayuda a los valientes e intrépidos se cumpliría. De haber dudado solo algunas horas en desembarcar, los expedicionarios habrían sido blanco seguro de la aviación y la marina.

Aquel pequeño yate condujo al país al núcleo de fundadores del Ejército Rebelde y embrión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Fidel cumplió con aquella travesía parte de su compromiso de ser mártires o libres  en 1956, y solo dos años y 29 días después triunfó la Revolución.

(Tomado de la ACN)

Editado por Martha Ríos
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