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El legado del número 113

Estatua que perpetúa la presencia del joven José Martí en las antiguas canteras de San Lázaro. Foto tomada de www.cnpc.cult.cu

Estatua que perpetúa la presencia del joven José Martí en las antiguas canteras de San Lázaro. Foto tomada de www.cnpc.cult.cu

Por Mairyn Arteaga Díaz

El cuatro de marzo de 1870 José Martí fue condenado a seis años de prisión. En las antiguas canteras de San Lázaro, en La Habana, cumplió parte de la pena. Le asignaron el número 113 y durante meses arrastró con sus pies un grillete que lo marcaría para siempre. Tenía solo 17 eneros.

Con esa edad, los jóvenes ya no piensan en los grandes cambios, cuando más, se preocupan por alterar, a su favor, su medio más inmediato, pero Martí fue un patriota desde siempre, desde que su conciencia privilegiada comenzó a adquirir sus primeras luces.

La prisión le llegó por reclamar a un condiscípulo sus deberes con la nación, por la que empezaban a pelear los mambises; apóstata lo llamó y a la metrópoli le pareció peligroso.

A ese Martí, al adolescente maduro, al hombre de pensamiento extraordinario, al cubano casi inmortal, hay que regresar siempre, pero regresar de veras y más que leerlo, hay que pensarlo. Y la acción se hace inmediata.

De presidio saldría con la salud delicada y el espíritu templado por los rigores que rayan en lo inhumano. De ese presidio hoy se recuerdan los versos conmovedores a Leonor, su amantísima madre, sin embargo entrañó mucho más en la madurez política y en la mentalidad sagaz del más universal de los cubanos.

En octubre de ese mismo 1870,  el joven partió a la entonces Isla de Pinos, donde lo acogió el matrimonio de José María Sardá y Trinidad Valdés, en la Finca El Abra.

Allí permaneció alrededor de dos meses y luego saldría deportado hacia España. Restableció sus bríos físicos y alimentó su alma con el ambiente de la Sierra de las Casas.

Allí, como en toda Cuba, quedó el legado del número 113.

A los jóvenes de hoy hay que acercarlos a ese José Martí, a ese contemporáneo suyo con inquietudes y necesidades similares, pero con un pensamiento superior desde el cual guiarse y orientarse.

Con 17 años los jóvenes ya no piensan en los grandes cambios, cuando más, se preocupan por alterar, a su favor, su medio más inmediato; sin embargo, quizás sea hora de erigirse como ese patriota que la nación necesita, el patriota que fue siempre el Héroe Nacional.

(Tomado de la ACN)

 

Editado por Martha Ríos
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