José Antonio Echeverría: un camino trazado por la sangre joven

Imagen tomada de Ecured

Por Roberto Jesús Hernández

La juventud, ese momento álgido en la vida humana, entraña aires de renovación, vigor y esperanzas que bien podría sugerir la breve existencia del cubano José Antonio Echeverría Bianchi, líder estudiantil asesinado durante una acción heroica para ajusticiar al dictador Fulgencio Batista.

Los sucesos del asalto a la emisora Radio Reloj y el ataque al Palacio Presidencial, aquel miércoles 13 de marzo de 1957- hace ya 59 años-, dejaron una valiosa lección acerca de la pujanza insuperable de las nuevas generaciones inconformes ante la permanencia de un régimen brutal.

   Aunque la tragedia marcó el final de aquella épica jornada, su valor se resume en la alocución del propio Echeverría, considerada testamento político, cuando desde la emisora quiso hacer partícipe de los hechos a la ciudadanía: “Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad…”

   Los motivos de la acción solo pueden comprenderse si se sabe que, por aquel entonces, ya se agigantaba en las montañas orientales la imagen de Fidel Castro y su tropa de rebeldes, mientras en las ciudades muchos contribuían a la contienda de liberación desde la clandestinidad.

   El eminente intelectual Emilio Roig calificó a los sucesos del 13 de marzo como “la hazaña más fieramente audaz de nuestras luchas por la libertad”, pese a la escasa experiencia y corta edad de los patriotas, incluido José Antonio, quien no había cumplido aún los 25 años.

   A Echeverría, el mismo que presidió la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), y firmó en 1956 junto a Fidel la Carta de México como documento unificador de fuerzas por la liberación nacional, aún se le recuerda con afecto en su natal urbe de Cárdenas, en la provincia de Matanzas.

   Mucho de la infancia y adolescencia del primogénito de la familia Echeverría Bianchi queda en la antigua casona del siglo XIX: fotografías, prendas, útiles escolares, dibujos técnicos empleados en sus lecciones de arquitectura y otros íntimos recuerdos.

   Los habitantes de la Ciudad Bandera, como los de Cuba toda, se resisten a dejar morir a “Manzanita”, el joven que contribuyó con su sangre a trazar la ruta hacia la libertad de su patria, y a quien todavía se le puede imaginar subiendo los escalones de la Universidad de La Habana, con su sonrisa amplia.

(Tomado de la ACN)

Editado por Martha Ríos



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