Francisco y los lobos
Foto: Archivo.

Por: Ángel Marqués
Francisco, valga el símil, remite a un bombero que está rodeado de fuegos por todas partes. Su misión es salvar a la iglesia, con más de dos mil años de existencia, de la gigantesca hoguera de sus pecados. ¿Tendrá éxito? ¿Con qué juego de fuerzas internas y externas cuenta para remontar el cúmulo de desafíos? ¿Será capaz de trascender su discurso justiciero y convertir en obras sus palabras o todo lo contrario?
Sus críticos, cuando no adversarios, hacen un funesto balance del primer lustro de su gestión al frente del papado que comenzó en 2013: fracaso de la reforma financiera y de la modernización de la curia, continuidad de los privilegios económicos de la iglesia, lo cual la aleja de su apostolado por los pobres, persistencia de dogmas tan cuestionables como la visión intocable del aborto, y, para colmo, un boom de casos de pedofilia destapados en varios países durante su pontificado, pese a sus duras directrices de tolerancia cero ante ese flagelo, que está arruinando la cada vez más quebradiza credibilidad de la institución apostólica y romana.
A la voluntad reformista franciscana no le han faltado enemigos. Más bien le sobran. Provienen de muchas geografías y entornos, de dentro y fuera de los muros vaticanos. Poderes fácticos y poderes oficiales. Cardenales ultraconservadores, clérigos apartados, logias intervenidas, burócratas corruptos, algunos entregados a la justicia, cierta prensa rentada por grupos corporativos, transnacionales y altos funcionarios eclesiales caídos en desgracia, como el exnuncio apostólico en Estados Unidos, Carlo María Viganò, quien pidió la renuncia de Francisco, a quien acusó personalmente de haber cancelado sanciones existentes contra el ahora ex-cardenal y arzobispo emérito de Washington, Theodore McCarrick, acusado de abuso sexuales a seminaristas.
Todo sugiere una guerra nada sutil y perversamente concertada contra el papa argentino con el fin de paralizar o mediatizar, al menos, sus esfuerzos para actualizar y adecentar a la iglesia, reconduciéndola hacia la esencia de su misión pastoral: asistir a la humanidad sufriente, encarnar en la opción jesuítica por los humildes y restaurar la autoridad moral de la religión con contenidos terrenalmente emancipadores. En esa guerra hay un superobjetivo: borrar el cuerpo doctrinal de un líder espiritual de millones que ha sido intransigente y testarudo con el neoliberalismo y el capitalismo salvaje, con la destrucción del medio ambiente, que ha sostenido un látigo contra las guerras, la violencia y el poder depravado del dinero y el consumo, la cultura del descarte, la asimetría social y las políticas de xenofobia y exclusión contra los migrantes.
Jorge Mario Bergoglio, quien este diciembre cumplió ochenta y dos años, pide Tierra, Techo y Trabajo–y habla de la “globalización de la indiferencia”, de que esta economía mata, de… quién gobierna entonces? El dinero […] Pues ese sistema es terrorista”. También afirma que hay una tercera guerra mundial en marcha y por partes, que se crece económicamente, pero destruyendo, que el día en el que las empresas de armas financien hospitales para curar a los niños mutilados por sus bombas, el sistema habrá llegado a su culmen y que los artistas están llamados a dar a conocer la gratuidad de la belleza.
Ciertamente, Francisco es un ser fuera de serie, pero también yerra. ¿ Será el primer obispo de Roma en la historia en no merecer la supuesta infalibilidad dada a los papas por vía divina? Lamentablemente, en un primer momento, NO otorgó crédito a las víctimas del sacerdote chileno Fernando Karadima que denunciaron al obispo Juan Barros como encubridor de tales desmanes. Luego rectificó confesando que ello le causaba “dolor y vergüenza”y rápidamente ordenó una investigación a fondo que generó un informe que superó los dos mil folios. Las pesquisas condujeron a la histórica renuncia en pleno de todos los obispos chilenos y a la reunión del santo padre con representantes de los violentados.
Ante la oleada de abusos sexuales cometidos en décadas por sacerdotes y obispos, la más profusa de todas detectada en Illinois, Estados Unidos, donde hay más de quinientos curas involucrados, Francisco reconoció que “ muchos casos han sido tratados sin la debida seriedad y rapidez”. “Esto nunca debe volver a suceder. Esta es la elección y la decisión de toda la Iglesia”, manifestó luego de calificar de lobos a los perpetradores de pederastia.
En agosto último y a tenor del escándalo de Illinois, Francisco publicó en siete idiomas su Carta al pueblo de Dios. “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños”, admitió el papa en un amargo ejercicio de autocrítica.
Pero no todo quedará en mea culpa. El Papa deberá resolver la ausencia de una equiparación de los castigos canónicos con los de la justicia civil, muy benévolos los primeros para los culpables de fechorías sexuales. “ Se buscará transformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar este flagelo no solo del cuerpo de la Iglesia sino también de la sociedad”, expresó recientemente.
Ahora las miradas forman un haz universal sobre la cumbre de febrero próximo en Roma convocada por Francisco para tratar el tema de los abusos con los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo. Se esperan medidas concretas que afecten también a la ordenación jurídica y a las sanciones. Se espera un punto de inflexión que sea histórico. El éxito de este pontificado, entre otros factores apremiantes, pasará por su capacidad para terminar con la plaga de los abusos a menores y responder a la justicia que reclaman miles de víctimas que han padecido el infierno en manos de la iglesia. No queda margen de maniobra. La credibilidad del bien ya no está en el cielo.

















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