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El joven campesino de Baní que fue Generalísimo de los mambises

por Jorge Wejebe Cobo

Cuando  los cubanos decidieron tomar las armas en 1868 para ser independientes  tuvieron en sus filas iniciales al dominicano Máximo Gómez Báez, de 31 años, recién establecido en la Isla y quien  había sufrido ya los horrores de la guerra en su patria.

Tal circunstancia era suficiente para que hubiera optado por continuar en sus tranquilos  quehaceres de pacífico comerciante cuando lo sorprendió el Grito de La Demajagua, pero era de recia y valiente estirpe y decidió luchar por Cuba libre.

El futuro Generalísimo de las tropas mambisas nació  el 18 de noviembre de 1836, hace 180 años,  en el poblado de Baní, a 84 kilómetros de Santo Domingo, capital de la República Dominicana, y en su modesto hogar los padres  Andrés Gómez Guerrero y Clemencia Báez Pérez, lo prepararon para que afrontara la vida de campesino en su tierra natal, pero las difíciles circunstancias de la época y las convicciones del joven Máximo le labraron  otro destino.

Su  adolescencia  fue corta y a los 16 años, era  soldado del ejército de su país en la guerra  contra las invasiones haitianas, donde por su valor alcanzó los grados de alférez y poco después se incorporó a las tropas anexionistas al servicio de España  en la  llamada  Guerra de Restauración Dominicana.

El intento de España  de anexarse a Santo Domingo fracasó y Máximo Gómez y algunos de sus familiares fueron evacuados del país y llegaron a Cuba  en 1865, junto a las tropas leales a Madrid, y  se establecieron en El Dátil, jurisdicción de Bayamo, para rehacer su vida  como comerciante de maderas y productos agrícolas.

La zona oriental de la Isla para esa época estaba plagada de conspiraciones independentistas y el joven dominicano se incorporó a un grupo conspirador de la zona y seis días después del pronunciamiento de La Demajagua,  liderado por Carlos Manuel de
Céspedes, el 16 de octubre de 1868 Gómez tomó nuevamente las armas, pero esta vez por la independencia de Cuba.

Aquella decisión la explicaría diciendo que fue a la guerra porque "primero lo había hecho por la libertad del negro esclavo y después al comprender que en el país también existía una especie de esclavitud blanca".

Con estas parcas palabras sintetizó  la causa a la que consagraría el resto de su vida a costa de ingentes sacrificios o como diría en una alocución a sus tropas, a cambio de la “probable ingratitud de los hombres.”

En poco tiempo, pasó de sargento al grado de General, ascendido por Carlos Manuel de Céspedes, se convirtió en el principal estratega de la insurrección y enseñó a los insurrectos su principal táctica en el campo de batalla: el uso de la carga al  machete como arma ofensiva frente a la siempre superioridad bélica del enemigo, que era sorprendido con ataques, sin darle tiempo a las tradicionales y lentas  maniobras de las fuerzas colonialistas.

Pero su adhesión y patriotismo se puso a prueba, no solo  frente a las balas enemigas, sino  también cuando  al final de 10 años de guerra y ante la firma de la claudicación del Pacto del Zanjón, salió de Cuba junto a muchos jefes del Ejército Libertador y  regresó a su patria con su familia, expuesta a sufrir una precaria existencia sin lo imprescindible para vivir.

En ese destierro de casi 20 años, según reconoció Gómez, en ocasiones solo tuvieron mangos para alimentarse, pero tal situación no mermó sus deseos de volver a luchar por Cuba y cuando conoce a Martí  -después de planes y esfuerzos fracasados-, se apresta nuevamente a iniciar la Guerra Necesaria.

A los 58 años desembarca por Playitas de Cajobabo, en Guantánamo, junto al Apóstol y otros revolucionarios  el 11 de abril de 1895  para comandar  al Ejército Libertador.

De nuevo tuvo que sufrir terribles golpes, como la muerte de José Martí, el 19 de mayo de 1895, la caída  el siete de diciembre de 1896 de su mejor alumno Antonio Maceo y junto a él,  su hijo Panchito Gómez Toro.

El Generalísimo demostró en el transcurso de la Guerra Necesaria su temple y coraje, su inteligente estrategia durante la invasión de Oriente a Occidente, y cuando la intervención norteamericana en la contienda mediatizó los planes martianos ya él había advertido acerca de las intenciones de Estados Unidos para ejercer su control sobre la Isla.

Sintió el dolor de ver como tantos años de lucha se quedaron truncos y el ideario de Martí fue olvidado en la neo república, instaurada en 1902.

Toda  la existencia  de aquel joven oriundo de Baní, que llegó a ser Generalísimo del Ejército Libertador, estuvo signada por la valentía , el desinterés y el patriotismo demostrados hasta el momento de su muerte el 17 de junio de 1905, a los 69 años de edad.

 

 

 

(ACN)

Editado por Maria Calvo
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