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El secreto de un siglo

Berta, a la izquierda, y Eugenia. Foto: Yander Zamora

Berta, a la izquierda, y Eugenia. Foto: Yander Zamora

Por Lisandra Fariñas Acosta

Berta, a la izquierda y Eugenia. Foto: Yander Zamora

Cuando les miras los ojos puede que por un segundo creas acertar, pero inmediatamente viene esa interrogante. Porque de lo que ahora mismo estás segura, mientras las ves, y te hablan, y la conversación fluye despacio y rápido, tan agitada y calma como la vida misma, es de que son felices. Eso se siente, se ve.

Y las dos mujeres con las que ahora dialogas llevan, literalmente a sus espaldas, un siglo a cuestas. Sin embargo, ahora parece que apenas acarician los años. Y vivir, pasar las hojas de 100 o más calendarios, se te vuelve más cercano. La pregunta es, a fin de cuentas, cómo.
                             
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«A mí me gusta que me llamen Berta», aclara Rigoberta Santovenia de tajo antes de comenzar nuestro diálogo. Es una mulata alegre y coqueta, natural… «Cuando me dicen Rigoberta, pues enseguida les digo: ¿quién, Rigoberta Menchú?», refiriéndose a la líder indígena guatemalteca Premio Nobel de la Paz; y ríe jocosamente.

Luego se pone seria, y con precisión me explica. «Tengo 100 años, cinco meses y cuatro días». Lo repite para que anote; y antes de que levante la pluma agrega; y toda mi vida lo que he hecho es trabajar, trabajar mucho. Y así va a ser, porque no puedo estar inactiva, sin hacer nada. Tengo que hacer algo siempre».

La acompaña su hija, que asiente, que corrobora cada palabra de Berta; y esta la mira y me dice. «Pregúntale mija, si todavía no soy yo quien cocina en la casa».

«He hecho mucho en la parte culinaria porque me encanta la cocina, y todo el que come mi comida me dice que es lo más grande de la vida. Figúrate, con la edad que tengo. ¿No sabes cocinar?», dice, y yo, que creo me sonrojo, le digo que hago el intento.

Berta nació en Sagua la Grande, Villa Clara, pero vive en La Habana, en el Vedado, hace cinco décadas, aunque cada año regresa «dos o tres días a Las Villas, a dar una vueltecita».

«Nací el 4 de enero de 1917 y vivo en Calle 12 entre 17 y 19», deletrea al dedillo.

«Soy la mayor. Fuimos 22 hermanos y nos llevamos bien hasta la muerte. Hoy quedamos tres», comenta.

Y qué es lo que más te gusta, pregunto. La respuesta es certera: «la cocina, la costura, pero la música, amo la música».

Unos minutos antes había tarareado Nosotros, de Pedro Junco, delante de diez centenarios más y un público mayor de familiares e invitados, que llegaron a pedir otra melodía; asistentes al recién celebrado XII Encuentro de Centenarios, en el Palacio de Convenciones de La Habana.

–¿Y cuál es la fórmula, Berta?

–Llevarse  bien con todo el mundo y ser muy familiar, porque para mí lo mejor que hay es la familia.

«Dejar las cosas pasar, porque si no te enfermas, te trastornas. Vivir mi’ ja, vivir…».
                                
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«Si pasas por la puerta de mi casa, todos los días, sobre las 11, ahí estoy yo así, muy cambiadita, mirando, riéndome y… buscando novio, y cantando. Porque la música, la música me encanta, ahora te canto algo, verás…», me dice sin reparos y con la mayor picardía Eugenia Jiménez Leyva.

Eugenia tiene ojos nobles, inquietos. Anda de la mano de su nieto, que la «mima y malcría», que la cuida.

«Soy de Manzanillo, pero hace más de 20 años que vivo en La Habana, en Guanabacoa. Nací el 13 de noviembre de 1913, saca la cuenta tú… No estudié, aprendí, escondida, mirando a mi padre, a ser preparadora de zapatos…, toda la parte de arriba la hacía yo, he trabajado duro…», recuenta; y hay cierto gesto de satisfacción que logras percibir».

«La vida es para vivirla mi niña», pero mira…  te diré algo. Hay que hacer bien a todo el mundo, ayudar siempre que se pueda».
                                
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Berta y Eugenia son dos de los más de 2 500 centenarios que viven en Cuba hoy. La certeza es que en el límite extremo de la vida hay también, y en grandes cantidades, felicidad. El secreto, quizá, es que se necesita muy poco; pero en ese equipaje mínimo no puede faltar reír y, volverle a sonreír a la bondad.

(Tomado del periódico Granma)

Editado por Martha Ríos
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