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Sara Cheméndez: La musa de Carlos Enríquez

por  Orlando Carrió

La vaporosa y hermosísima mulata Sara Cheméndez bien pudiera reencarnar a una de las Tres Gracias clásicas, las diosas de la belleza, el hechizo y la alegría. Ella, en sus mejores tiempos, lo tiene todo a sus pies, y para encumbrarse, le sirve de modelo a Ramos Blanco, Fidelio Ponce de León y, en particular, a Carlos Enríquez, el pintor bohemio, rebelde, enemigo de la academia y vanguardista del guayabal, los almendros, la palma, las cajas de tabaco, los mitos rurales y los campesinos de blanco y negro, que nunca olvidará su juvenil  y audaz tratamiento de los desnudos femeninos.

Nacida en 1920, en la barriada de la Víbora, Sara, una habanera de apellido vizcaíno, inicia su vida artística a la edad de diez años de la mano del escultor Casagrán, quien necesita a una muchachita para hacer unas cabecitas de barro. Luego, al cabo de varios años, Carlos Enríquez, amigo villareño del cincelador, se presenta en la casa de la joven, la lleva a pasear, le ruega a la madre, y al final, la contrata como musa de algunos de sus óleos, en los que sobresalen las líneas dinámicas, finas, relampagueantes e incisivas y los colores suaves, elegantes y de gran sensualidad.

Con los años, Sara vive una complicidad de carne y alma con Carlos Enríquez en la finca Hurón Azul, donde el creador del Romancero guajiro, deudor, a la vez, de patriotas y bandidos e ilustrador de textos de Guillén y Carpentier, disfruta de muy buenos almuerzos criollos junto a Félix Pita Rodríguez, Marcelo Pogolotti o Juan David. La vivienda, copia de una estación de trenes de Pennsylvania y orgullo de la localidad habanera de Párraga, debe su nombre a una piel de este roedor que el artista curte y pinta de ese color. El Hurón, un museo en la actualidad, está lleno, como debe ser, de leyendas descalzadas. María Elena Balán, en su digital Arca de Cubanía, da fe de ello:

«A Alberto Valcárcel, especialista de la casa museo, le preguntamos por las curiosas huellas de los pies del dueño que permanecen, pese a los años, en los escalones y que han dado paso a diversas versiones.  Una de ellas es la de Sara Cheméndez (…). Un día, cuando él descansaba en una hamaca amarrada en el patio, la soga se partió y se cayó al suelo. La joven, que lo miraba a través de una ventana desde lo alto, dio un grito y Carlos subió las escaleras corriendo. En la prisa puso los pies en una bandeja de pintura amarilla y sus huellas se quedaron marcadas en los escalones. También es probable que Carlos fuera provocando las huellas, para dejarlas sólo veladamente como algo perceptible, a la vez, tenue».  

Cierta vez, el pintor de cuadros como El Rey de los Campos de Cuba (Manuel García), premiado en 1935, Las bañistas de la laguna, Dos Ríos y la Virgen del Cobre, un óleo con una fuerte presencia afrocubana, encadena a su mestiza al lomo de un semental y manda a darle «chuchazos» al rabioso animal. Así, del desgarramiento desesperado de lo natural, nace El rapto de las mulatas (1938), una de sus obras más famosas, donde se establecen nexos sensoriales entre los hombres, las mujeres, los caballos y un paisaje visto a través de pinceladas sueltas y cinéticas, matices, veladuras y transparencias.

Tiempo más tarde, Sara, alegre y dicharachera, se libera de la vocación omnímoda de su tutor, quien la sustituye con modelos como Eva y Germaine, y posa en la Academia de San Alejandro para Armando Menocal, el artífice de La muerte de Antonio Maceo. Por su parte, Manuel Vega la hace inolvidable en su cuadro Perla negra, el cual causa revuelo en España al mostrar una estética negra y caribeña que se entrelaza con la belleza de una mujer tan voluptuosa como sacralizada.

Durante la década del cuarenta, Sara pone pasquines contra el gobierno de Ramón Grau San Martín y se esconde una noche en la finca La Vigía, perteneciente a Ernest Hemingway, donde está a punto de ser mordida por dos enormes perros. Luego, se hace actriz teatral en Andoba y se vincula a otros proyectos para darle razón de ser a una madurez esculpida en el mapa de sus creyentes. Un día, en la residencia de un amigo común, alcanza a ver a Carlos Enríquez, fallecido en 1957 en La Habana tras incursionar también en la novelística, y le entrega su última alegría: junto a su sonrisa radiante están aquellos aretes que un día él le regalara. Nunca se los quita: son eternos, como sus cuadros.


(CubaSí)

Editado por Maria Calvo
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