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La constante odisea de José Maceo

Por: Jorge Wejebe Cobo

Hace 169 años, el dos de febrero de 1849, nació en la antigua provincia de Oriente un niño al que sus padres bautizaron como José Marcelino Maceo Grajales, quien tendría un destino consagrado a Cuba junto a su heroica familia y que hizo de toda su vida una constante odisea por lograr la independencia de su patria.
 
“Vivo por José”, así solía decir Antonio Maceo sobre su hermano y no exageraba. En agosto de 1877  fue herido en  combate  de siete disparos y solo pudo sobrevivir porque José lo acompañó como jefe de su escolta durante los cuatro meses que duró su recuperación, bajo la constante persecución de fuerzas españolas pero gracias a la astucia y valentía de José y el reducido grupo de patriotas que cuidaron del herido se impidió un desenlace fatal.
   
Participó en nuestras tres guerras de independencia  guiado por sus ideas  patrióticas inculcadas desde la niñez a él y todos sus hermanos por la madre Mariana Grajales y el padre Marcos Maceo y a fuerza de coraje y decisión demostrados en más de mil combates llegó a ostentar los grados de Mayor General del ejército mambí.
  
Se destacó por ser un excelente tirador, jinete experto, tener don de mando y ascendencia en sus soldados, quienes lo querían y lo llamaban  el León de Oriente.
  
Después de culminada la Guerra de los Diez Años, por el Pacto del Zanjón,  al cual se opuso junto a su hermano Antonio, en la Protesta de Baragua, se alza en armas en la Guerra Chiquita y después de su fracaso   sufre el exilio y la prisión en cárceles colonialistas en España y Africa,  de donde logra evadirse para reunirse con el Titán de Bronce en Costa Rica.
  
Junto a Antonio,  secunda los planes de José Martí para iniciar la Guerra Necesaria en 1895 y desembarcan en abril de 1895 en Playa Duaba, cerca de Baracoa, pero dispersados por tropas hispanas se queda solo y, aunque seguido de cerca por el enemigo, logra escapar y se reúne  con las fuerzas cubanas.
  
Ante la muerte del Apóstol el 19 de mayo de 1895 expresó: “Solo él pudo sacarme de mi nido de amores, solo él me obligó con su patriotismo y me sedujo con su palabra, por él vine a la manigua y siento más que nadie que se haya muerto.”
  
Su último combate lo libró el cinco de julio de 1896 en Loma del Gato,  al nordeste de Santiago de Cuba, donde impaciente por cargar contra el enemigo, se puso como siempre, al frente de su tropa y dicen que arengaba diciendo “arriba, la muerte es cuestión de fecha” y segundos después cayó herido de muerte de un balazo en la cabeza.
  
El Titán de Bronce tuvo la certeza de la caída de su querido hermano,  mientras se encontraba en operaciones en Pinar del Río en  agosto y se cuenta que se mostró callado y ensimismado, quizás reflexionando en lo real de su profecía de que  “los de mi raza han de caer todos en el campo de la gloria militar”  y  que “ningún Maceo puede volver la espalda ante la provocación del adversario, ese es nuestro destino”.

(ACN)

Editado por María Candela
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