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Los fantasmas del turismo cultural

El turismo cultural es bello, pero exige superación, respeto por la cultura, sentido de la identidad. (Foto: Tomada de eldia.es).

El turismo cultural es bello, pero exige superación, respeto por la cultura, sentido de la identidad. (Foto: Tomada de eldia.es).

Por:Mauricio Escuela Orozco (Cubahora)

La Habana, 16 may - Muchas de las grandes potencias, industriales o no, del pasado hoy viven del turismo cultural y artístico en buena medida, mencionamos destinos como Reino Unido, España, Italia, Francia o Grecia. Han cambiado la chimenea y el estupor de las filas de obreros por una urbanización estilizada y un reavivamiento del pasado lustroso de sus naciones. En el caso de Inglaterra hay que mencionar que hasta a los fantasmas les sacan provecho, así, vemos catálogos de visita a la Torre de Londres donde aparecen los nombres de los condenados a muerte, los prisioneros más ilustres, los sucesos, etc.

Cuba, como pocos, tiene una historia y una cultura que la distinguen como potencia en el centro mismo del mar Caribe, el Mediterráneo Americano; no obstante, aún tiene un largo trecho que recorrer en lo que respecta a turismo cultural. Hay que superar la visión reduccionista de nuestra historia, que tiende a cosificarla como un algo y no en constante diálogo con el presente. En tal sentido loable ha sido la labor de Eusebio Leal en la restauración del ego y de la arquitectura de la Habana Vieja. Sin embargo, tenemos que ver que, si valiosa es esa ciudad colonial, también lo son otros distritos devenidos a menos y nacidos en medio del fragor republicano, como el Vedado o Centro Habana.

La historia es diálogo y no linealidad, también, como todo don de las naciones, puede perderse en los fragores ideológicos y del mercado. Un amigo profesor universitario, con la mejor de las intenciones, atacaba el fervor de la villa de San Juan de los Remedios por el rescate de su vida colonial, ya que ello representa de alguna forma el retorno a la sociedad clasista de la burguesía azucarera y los caserones. Verlo de esa manera es asumir la linealidad, no la dialéctica inherente a los procesos sociales. Cierto que el turismo histórico está plagado del barro clasista, pero con la acertada y culta dirección deviene la fórmula perfecta ante los casinos y los prostíbulos, vericueto este último al que recurrieron en más de una ocasión los turismos antes de 1959.

Hacer de nuestro país una historia interesante va más allá de construir hoteles y recrear los estilos eclécticos, art nouveau, art déco o cualquiera que sea la manera de las ciudades, es el rescate del alma de la nación, de esos fantasmas que Inglaterra sabe que moran por los pasillos de sus castillos y casas viejas, aunque a veces haya un desvencijamiento aquí y allá que le dé más valor y contribuya a ese diálogo con el pasado. La historia resulta tan dialéctica que incluso ha llegado al punto de venderse físicamente, en forma de piedras del Muro de Berlín, trocitos de las pirámides, arena del desierto, etc. Pero hay naciones que forman parte de los grandes relatos, como Grecia, y otras que conformamos la periferia de la historia. Todo tiene su encanto, la mayoría de los ingleses que visitan nuestro país, por ejemplo, no saben que La Habana fue británica por un año.

Cuba interesa, pero tenemos que hacer que interese, no van a venir ellos a hacer el relato por nosotros, sino que toca a quienes vivimos de este lado dialogar con un pasado que conforma la ganancia, el futuro, la vida del presente. Los turistas buscan historias, muchas veces se las mal contamos. Por ejemplo, he escuchado en más de una ocasión a los guías referirse a cosas que jamás sucedieron en la villa de San Juan de los Remedios, cuando nuestra verdad supera cualquier ficción que ellos inventen.

En la mismísima Wikipedia vienen incontables errores sobre Remedios y acerca de casi todos los poblados y ciudades de Cuba, ni hablar de Ecured, que ya nos toca más de cerca y que, a mi entender, no cumple aún con las metas trazadas de hacer a Cuba mundial y al mundo más cercano. Entonces, si no conformamos catálogos o los construimos contrahechos ¿cómo nos van a visitar? Si les vendemos unas parrandas remedianas seguras, bellas, llenas de lujo, organizadas ¿cómo ocuparse de ellas un mes antes, cómo desconocer su esencia, su intríngulis? ¿Cuántos catálogos promocionan las fiestas de Bejucal? Cuba es una mina para el turismo cultural, se podría hacer una cartelera todo el año, pero faltan el vínculo y el apoyo institucional, porque la historia y la cultura son un diálogo, no un monólogo, no se hacen ellas solas, hay que ir y palparlas.

Un griego no permitiría que la Wikipedia dijera que el Partenón no está en el sitio donde se halla en efecto, o que los frisos son de otra manera a la real; de la misma manera y haciendo uso de nuestra raíz martiana, debemos defender nuestra Grecia, nuestra Edad Media y la modernidad cubanas con fervor. El turismo cultural no debe hacerse desde el desconocimiento y la actitud autista, tampoco prescindiendo de las vanguardias artísticas, quienes saben mejor que nadie qué vale y qué cosa es seudocultura.

En Remedios por ejemplo, quizás uno de los polos en crecimiento con mayor futuro, por su historia, cultura y cercanía geográfica con playas de excelente presencia; existe una sinergia negativa entre la cultura y el turismo, donde no se sabe por qué aún no se establecen los vínculos necesarios para que aparezca la vanguardia en escena, esa que conoce como nadie lo que debe hacerse. En lugar de ello, hemos delegado en personas con una visión mercantil y desdeñosa del arte. Si queremos turismo histórico y cultural, el vínculo, el diálogo, deben estar en la estrechez y no en la tirantez. Otra cosa, nadie va a trabajar gratis, toda acción de calidad deberá ser bien remunerada.

El turismo cultural es bello, limpio, no necesita corromperse ni explotar al obrero, ilustra al cubano y al foráneo; pero exige superación, respeto por la cultura, amor hacia las sinergias con el pasado, sentido de la identidad, alma a la manera de los fantasmas ingleses. No se va a hacer solo, tenemos que hacerlo nosotros.

Editado por Maite González Martínez
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