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ARCHIVOS PARLANCHINES: Los remedios de Lugarda

Imagen:Cubasi

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Escrito por  Orlando Carrió

No cabe dudas, la abuela Lugarda era una experta en medicina convencional y verde. ¡Un prodigio al que solo le faltaba la bata blanca! Ella vivió en el Reparto Mañana, perteneciente a Guanabacoa, y durante los años 70 y 80 del siglo pasado mis hermanos y todos mis primos por parte de padre la visitaban con frecuencia en busca de los remedios que consolaran sus trastornos juveniles, los cuales podían ir desde un dolor de cabeza hasta una hinchazón en los pies, sin olvidar los chichones, magulladuras, vomiteras y otras impertinencias del cuerpo.

En realidad, Lugarda era buena en lo suyo, sin dejar de ser un poco dictadora, pues jamás podíamos probar ni una inofensiva aspirina sin su estricto control. Recuerdo que en la cura de las tempestades del estómago era toda una maestra. En cuanto aparecían las primeras molestias causadas por un atracón con carne de puerco, nos hacía un cocimiento de manzanilla que caía muy bien y, sin esperar  mucho, nos mandaba a tomar el emérito citrogal que era un tiro (sin olvidar al imprescindible bicarbonato mezclado con jugo de limón).

Pero, si el desaguisado llega a la categoría de empacho con dolores de vientre, vómitos, asco a la comida y otros síntomas letales, ella se declaraba no apta y proponía una medida de espanto: «Si quieres voy a buscar a Filomena, la curandera del Barrio Obrero, para que “te pase la mano” con un aceite o te sobe, como decían en mi pueblo. Ella es santa en esto».

El estreñimiento era otra de sus especialidades. ¡Tenía un verdadero arsenal para arrinconarlo! Si la trancazón apenas comenzaba, sugería la leche de magnesia; luego, si nada fluía, sacaba del refrigerador los famosos supositorios de glicerina, y ya al final, a punto del fracaso, acudía a la manguerita del lavado rectal… ¡Solavaya! Aurorita, la hija de mi tío Chispita, una vez escapó por una ventana con el objetivo de evitar semejante humillación.

Y… ¿se acuerdan del micocilén… de la loción de calamina… y del épico vaporub? ¡Qué bueno! Con el primero de estos fármacos Lugarda le curó los hongos de los pies a mi hermano Rolando, cuando estaba en los Camilitos; con el segundo hizo feliz a Aldito, mi amigo y compinche del barrio, tristón por todos los granitos que tenía en su rostro; y con el tercero combatió los resfriados de casi toda la tribu durante decenios.

Mas, su mayor tesoro era el vitamínico aceite de hígado de bacalao, de horrible sabor, el cual administraba a diestra y siniestra a fin de prevenir el raquitismo, evitar la tos y mantener en buenas condiciones a los dientes y huesos. ¡Al menos eso decía ella! Una vez mi prima Esther, ya grandecita, y su hermana María, hijas de la tía Cucusa, se negaron rotundamente a ingerir el infernal brebaje náutico y la pelea se extendió por casi una hora. «Se van a quedar enanas… se los digo y no me escuchan», les gritó Lugarda roja de ira.

No obstante, nunca pasaba nada serio… como a las dos horas, una de las dos se partió la rodilla al caerse de los patines y enseguida corrió la vieja con todo su botiquín: mercurio  cromo, insustituible en esa época, violeta de genciana y el fastidioso yodo, capaz de manchar la ropa de manera irreversible, y enemigo irreconciliable del coqueto talquito Brisa y de la vaselina, lubricante para las entrepiernas que dio pie a un sabroso refrán: «Compadre, no me des más vaselina, ¡dime la verdad!».

(Tomado de Cubasi)
 

Coco, su esposo, fue asimismo objeto de sus atenciones, y como el abuelo se reía de los médicos y más aún de los químicos, se puso a experimentar de lo lindo: tilo para calmar las rabietas; pañitos de agua fría o alcohol en nuca y frente contra la fiebre; miel y limón cuando aparecen los catarritos bobos; aspirinas diluidas en agua a fin de aplacar las punzadas de los callos; jabón de lavar con azúcar prieta y hojas de la flor de maravilla encima de los granos más pendencieros, y el impopular «toque», mediante el cual se usaba un dedo cubierto con paño antiséptico y miel de abeja para erradicar las placas infecciosas de la garganta.
 

Como vemos, Lugarda también le echaba manos a la medicina tradicional. Sin embargo, en este terreno la que lleva la voz cantante es Margarita, la sesentona hermana de su marido, yerbera experta, su vecina y aliada favorita.
 

En una libretica mustia y rota que encontré poco después de fallecer, la laboriosa abuela escribió numerosas recetas, y de forma confidencial, colocó al lado el nombre de la persona a la que había favorecido. La lista tiene varias sorpresas: las hojas del caisimón o hierba santa, empapadas en aceite, se las aplicó en el vientre inflamado a X… (Venancio, el guajiro de Mayabeque, las usaba bajo el sombrero para aliviar el dolor de  cabeza); con un cocimiento de hojas de mango le aplacó el dolor de muelas a X…; los pétalos de la flor de calabaza le permitieron detener la incontinencia urinaria de X; con el jarabe de ojo casero arrinconó la tremenda gripe de X, y si a X no se le infestó la herida de machete que tenía fue gracias a los emplastos de madreselva y al uso de la sábila.
 

En fin, que Lugarda era imparable en el oficio de sanadora: lo mismo te ofrecía un medicamento de la vecina farmacia que te aseguraba que con los troncos y tallos de la guanábana podías atacar los problemas prostáticos de algún pobre diablo. Lo de ella era hacerle el bien al prójimo y, sobre todo, a sus nietos, a quienes se entregaba por completo. Gracias a ella yo empecé en la escuela un año antes de lo reglamentado. Lo malo fue que, a cambio, me obligó a estar como un mes trayéndole racimos de flores de guacamaya. «Son para curar los herpes», me confesó un día entre asustadiza y llena de misterio.

Editado por María Candela
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