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La Macorina, pionera cubana en el manejo de autos

Foto: Cubanos Gurú

Foto: Cubanos Gurú

Por: Guadalupe Yaujar Díaz

La primera mujer chofer de Cuba y la primera que obtuvo licencia para conducir en La Habana a principios del siglo XX fue conocida como la Macorina. En la edad adulta cambió su nombre por el de María Calvo Nodarse.

Corría 1917, llevaba el cabello cortado al garzón, una bufanda al cuello y un largo cigarro que fumaba en sensual pose, mientras manejaba su auto rojo, un hispo-suiza.

Al convertirse en la primera mujer en Cuba que condujera un automóvil, causó un estrépito en la élite capitalina, y sus paseos vespertinos llegaron a convertirse en sucesos esperados por aquellos que frecuentaban los cafés de la calle Prado.

Los estudiosos de su vida apuntan que su afición automovilista surgió en 1917, cuando fue atropellada por el auto de un influyente político que la auxilió y atendió. El accidente le produjo una lesión de cadera y vitalicia cojera que fue compensada por el causante regalándole, en desagravio, un magnífico automóvil. Fue así que solicitó y obtuvo el título de chofer.

Crónicas de la época dan cuenta de la audaz mujer que escandalizó a sus contemporáneos manejando por las calles de La Habana a 30 kilómetros por hora, mientras llamaba la atención con su llamativa belleza.

María nació en Guanajay el 15 de marzo de 1892, según su partida bautismal. "Pertenecía a una familia honorable, como se decía en mi época, pero mis padres nunca comprendieron mis ansias de libertad y de amor", señaló ella misma en una entrevista concedida al periodista de Bohemia, Guillermo Villarondo, en 1958.

En un recuento de su vida, la Macorina confesó al reportero: “Mal que bien seguí en La Habana con mi primer amor, el hombre que siempre he recordado y recordaré hasta mi muerte. ¡Nos iba mal! Él apenas podía garantizar nuestra seguridad económica.

“Un día apareció una mujer que dijo saber la forma en que podíamos vivir lujosamente. Yo accedí y con ese tremendo error comenzó una etapa de mi vida.

“Ese fue el comienzo de la otra etapa de mi vida, la que dio origen al mote, al danzón y al son que tanto odio”.

En 1958, desaparecida su juventud y sin las glorias de otrora, en la que, nostálgica del pasado, pero aún con orgullo le declaró rotunda al periodista: “Más de una docena de hombres permanecían rendidos a mis pies, anegados de dinero, suplicantes de amor”.

Con sus selectos amantes de la alta burguesía, la aristocracia, el comercio y hasta de la política -filas en la que estuvo el Presidente José Miguel Gómez- se mantuvo activa hasta 1934, y la cosecha que le rindió su oficio no fue desdeñable.

Nunca abandonó su pasión por el automovilismo y llegó a tener nueve vehículos, casi todos de marcas europeas, sus preferidas.

De su mote se cuenta que surgió una noche cuando paseaba por la Acera del Louvre y un grupo de bohemios jóvenes que la conocían comenzaron a piropearla. Uno de ellos, pasado en tragos, al verla tan elegante y garbosa la confundió con La Formalina, una cupletista española muy aplaudida en los escenarios habaneros de aquellos días y, en lugar de pronunciar su nombre correctamente, enredó las letras y expresó: ¡Ahí va la Macorina! Y todos miraron a quien pasó a la historia con un alias que pegó en el grupo, corrió de boca en boca y la acompañó toda su vida.

Macorina debió dejar una huella imborrable en la memoria del pintor Cundo Bermúdez, quien la retrató muchos años después (1978); y en las famosas charangas de Bejucal, siempre aparece en los desfiles un personaje que se disfraza de Macorina.

Pocos son los cubanos sin tararear el estribillo de esa canción que dice: "Ponme la mano aquí, Macorina, pon, pon Macorina"… La frase, más que parte de una melodía, es toda una leyenda surgida a principios del siglo XX; mientras se cuenta que el poeta español Alfonso Camín, exiliado en La Habana por causa de la Guerra Civil Española, le dedicó un precioso poema.

La crisis económica de 1929 la atrapó cuando perdía juventud y popularidad y tuvo que vender sus nueve autos, sus cuatro mansiones, sus vestidos, joyas, pieles, y el burdel que regenteaba.

Sola y sin posesiones esta fémina de disipada vida, una de las mujeres más bellas, ricas y famosas de La Habana, nuestra primera chofer falleció casi en la miseria el 15 de junio de 1977.

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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