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Insurrección en el Castillo del Príncipe en verano de 1958

El Príncipe fue convertido en presidio en 1926. Fotos: Arnaldo Santos

El Príncipe fue convertido en presidio en 1926. Fotos: Arnaldo Santos

Por Jorge Wejebe Cobo

El verano de 1958 entraba en su recta final al igual que  la dictadura de Fulgencio Batista, después de ser destruida  su  ofensiva estratégica  de más de 10 mil soldados apoyados por las tres armas contra el Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, iniciada al calcular erróneamente el tirano que con el fracaso de la Huelga General Revolucionaria de abril y al desarticular casi el movimiento clandestino principalmente en La Habana, sería el momento de aplastar a los insurrectos.

En el Castillo del Príncipe, convertido desde 1926 en presidio y lugar de detención provisional de todos los procesados, se encontraban en esos meses varios cientos de luchadores  del Movimiento 26 de julio y de otras organizaciones, quienes purgaban condenas o esperaban ser juzgados, entre los cuales primaban una alta moral y sentido de unidad, afianzados al conocer informaciones filtradas sobre la rotunda derrota del ejército en la zona oriental.

El ímpetu revolucionario de los reclusos y la seguridad de que el triunfo estaba cerca convirtió en esos días a la antigua fortaleza en un centro de protestas y acciones de propaganda contra los crímenes del régimen, que obligó a las autoridades a trasladar grupos de presos para neutralizar el clima de rebeldía.

Los órganos represivos acostumbraban a perseguir a los revolucionarios inclusive después de que por algún motivo legal eran liberados y solían esperarlos a la salida de la prisión para secuestrarlos, torturarlos e inclusive asesinarlos con total impunidad ante las supuestas autoridades judiciales que debían mantener la legalidad y hacer respetar los derechos humanos en la nación.

Estos crímenes fueron denunciados por una comisión de presos por medio de sus abogados y los propios procesados en los juicios, por lo cual el coronel Esteban Ventura Novo detuvo al abogado de uno de los jóvenes revolucionarios, el comunista Alfredo Yabur Maluf, quien se destacó por su insistencia en esas denuncias, pero no obstante el letrado  continuó ayudando a los reclusos hasta el final.

El aniversario 15 del asalto al Cuartel Moncada no fue olvidado por los combatientes en el Castillo del Príncipe y a las 12 de la noche cantaron el Himno Nacional y el del 26 de julio. Ese día organizaron un homenaje a la fecha y el 30 de julio evocaron el primer aniversario de la muerte de Frank País García, quien dio nombre a una escuela de superación cultural  que funcionaba entre los prisioneros.

Como  medida represiva fueron suspendidas las visitas de los familiares y la respuesta de los presos se convirtió en una verdadera insurrección tras las rejas el viernes primero de agosto cuando los combatientes usaron como  armas los tubos de las literas desarmadas, botellas, piedras, prendieron fuego a las colchonetas y prácticamente tomaron el interior de las galeras y la propia prisión.

De inmediato acudieron al penal las bandas de asesinos de la policía y el ejército dirigidos por el brigadier Pilar D. García García, el coronel Esteban Ventura Novo y Conrado Carratalá Ugalde; los tenientes coroneles Irenaldo García Báez, segundo jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y Oscar González y Martín Pérez, de la Policía Nacional, así como otros oficiales deseosos de aumentar sus crímenes para ganar el aprecio del tirano.

A fuego limpio de sus ametralladoras los esbirros se abrieron paso y se  ensañaron contra las galeras donde los revolucionarios se parapetaban y asesinaron al combatiente de la clandestinidad  Vicente Ponce Carrasco, de 25 años, quien fue herido y rematado en el piso.

También cayeron a causa del tiroteo a mansalva Reinaldo Gutiérrez Otaño, de 19 años, ultimado por más de 15 impactos de bala, y Roberto de la Rosa, 39 años, también acribillado a balazos. Otros 15 reclusos resultaron heridos.

El parte oficial no hizo más que incrementar el odio a la dictadura entre el pueblo al calificar a los asesinos como  “las fuerzas del orden”  y a las víctimas como  “forajidos”  y terroristas por destruir propiedades en la cárcel y utilizar armas de fuego, mentiras con las que se trataban de justificar los muertos y heridos.

Pero la cuenta regresiva de la dictadura entraba en su fase final. Cuatro meses después, el primero de enero de 1959, el tirano Fulgencio Batista huyó del país, la Revolución triunfó y por primera vez bajaron como hombres libres  la escalinata del Castillo del Príncipe muchos de aquellos protagonistas de la heroica jornada cuando los barrotes de la cárcel y el asesinato no pudieron contra el espíritu insurreccional de los combatientes revolucionarios.

(Tomado de la ACN)

Editado por Martha Ríos
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