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Los herederos cubanos del Sol Naciente

Foto: Monografías

Foto: Monografías

Por: Guadalupe Yaujar Díaz

La Habana, 21 ene (RHC) Hace 120 años llegaron a Cuba los primeros inmigrantes de Japón, procedentes de las distintas regiones del país asiático.

El núcleo fundacional estaba compuesto, principalmente, por hombres, muchos de ellos formaron familia con mujeres cubanas y se adaptaron a la vida cotidiana de la Isla.

Su proceso de integración alcanzó las comidas, ya que muchos ingredientes de la cocina japonesa resultaron imposibles de conseguir en nuestro tropical clima.

De esa manera, constituyeron las primeras cooperativas de producción agrícola de que se tenga noticia en Cuba y fueron los primeros en utilizar abonos químicos para un mejor rendimiento del campo, debido a que -al ser muy pobres- tuvieron acceso únicamente a terrenos aparentemente improductivos.

Sin embargo, ocurrió lo contrario al demostrar la utilidad de sus vegetales y frutas, los cuales eran muy reconocidos y cotizados en el mercado local.

Datos de 2018 arrojan que los descendientes “llamados nikkei” ascienden a unas mil 500 personas de 113 familias, en todas las provincias, y que conservan los apellidos oriundos.

Están dedicados a las labores en los sectores agrícolas, empresariales, artísticos y de la prensa, entre otros.

Aunque su presencia no es numerosa en la Mayor de las Antillas (Brasil posee la mayor, con alrededor de 1,5 millones de personas, seguida por las establecidas en Estados Unidos y Perú) lo realmente interesante es el arraigo y respeto en nuestro pueblo de la cultura nipona.

El asentamiento en Cuba

En el registro migratorio del “Diario de la Marina” está registrada, en 1898, la llegada de Y. Osuna, el primer japonés que emigró a Cuba, llegando a bordo del vapor “Orizawa”, desde México.

La llegada a la Isla de la Juventud del primer emigrante japonés fue en 1908, un okinawés llamado Misaro Miyaki, que llegó desde de La Habana, procedente de México.

La génesis del asentamiento no formaba parte de proyecto agrícola alguno, de ahí que cada grupo se diseminó, sin concentrarse, por todo el territorio cubano en disímiles empleos.

En tanto, para 1914 el número de inmigrantes posteriormente a esa fecha formó una asociación de agricultores japoneses en Constancia, en la provincia de Cienfuegos.

La presencia nipona en las Minas de Matahambre data de 1913. Y coincidentemente con la apertura de esta, llegó a Cuba Takizo Uratsuka Uratsuka. Datos históricos hablan la posibilidad de que sea el primer japonés que llegó a la zona más occidental, procedente de Panamá en un buque pesquero como cocinero. Sin conocimientos del oficio, fue el carpintero que fabricó, de forma manual, el primer concentrador para la naciente mina de cobre, patrimonio industrial por su inestimable valor histórico.

En la década del 20 del pasado siglo otra gran oleada migratoria se asentó en la antigua Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud. Atrás quedó la soledad, y la mayoría de los hombres solteros contrajeron nupcias con cubanas y formaron familias.

Quizás el asentamiento japonés más conocido es el de Isla de Pinos, debido sobre todo a la popularidad del agricultor Mosaku Harada y su familia, llegado en 1924 acompañado de 36 hombres y mujeres.

Además del agricultor Harada, otro japonés que alcanzó popularidad en Cuba fue el horticultor Kenji Takeuchi, quien -por encargo- desarrolló el “Orquideario de Soroa”, en la provincia de Pinar del Río, donde cultivó más de 700 ejemplares de esa especie.

En la Segunda Guerra Mundial, esa comunidad padeció los rigores del Presidio Modelo, en Isla de Pinos, para extranjeros radicados en Cuba, procedentes de países beligerantes durante la conflagración.

Esa injusticia cesó cuando, tras el triunfo revolucionario en 1959, el Gobierno Revolucionario restableció las relaciones diplomáticas con el denominado país del Sol Naciente.

Las transformaciones ocurridas en la isla caribeña marcaron también los beneficios, sin dudas, a las nuevas generaciones de “japoneses” cubanos, que devinieron médicos, juristas e ingenieros, entre otras profesiones.

Milenaria es la cultura que nos llegó por el mar, de ese lejano oriente, en un tiempo que se disuelve en lo añejo y se entremezcla en el gran “ajiaco criollo” de nuestra nacionalidad; patrimonio intangible de Cuba.

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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