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Archivos Parlanchines: Cueto, el tabaco más largo

José Castelar Cairo (Cueto).Foto:Internet.

José Castelar Cairo (Cueto).Foto:Internet.

Por: Orlando Carrió.CubaSí

La cosmogonía de José Castelar Cairo (Cueto) no aporta un solo elemento que haga presagiar su posterior notoriedad. Todo ocurrió de manera fortuita, por causas relacionadas con la voz humilde y sufrida de la multitud, y no con el afán de trascendencia que caracteriza a los majaderos y pedantes.

Cueto nació en 1944, en Sagua la Grande, en la actual provincia de Villa Clara. Y a los cuatro o cinco años su mamá se divorció y se trasladó con él a Rancho Veloz, cerca de Santa Clara, donde el infante se tambaleaba en el cuarto grado en una primaria paupérrima, hasta que su amigo, Felipe Ruiz, lo embulló y se incorporó a un chinchal propiedad de Remberto Mazorra.

Allí, ya adolescente, se hizo, primero, aprendiz de torcedor, y después «tabaquero largo», al cumplir la norma adulta de unos trescientos torpedos por jornada.

A continuación, viajó hacia La Habana y, tras el triunfo de la Revolución, figuró entre los fundadores del Campismo Popular y dirigió la base de Puerto Escondido, antes de volver a la profesión de sus orígenes en las fábricas La Corona, Partagás y Romeo y Julieta.

Al mismo tiempo, se casó con María Diago, una mujer del mismo oficio, quien le dio dos hijos, ya profesionales, que crecieron robustos en una casita del reparto Chibás, en Guanabacoa.

A fines de los noventa, cuando comienza a despegar el turismo en la Isla, se incorporó a la tienda La Triada, perteneciente al Parque Histórico Militar Morro-Cabaña, donde se ofrecen habanos, ron y un humeante café. Abel Sánchez, en una crónica de Opciones, dada a conocer el 25 de febrero de 2007, brinda un excelente retrato de él:

«A primera vista llama la atención su enorme mostacho, casi blanco, que destaca sobre la tez oscura; impresiona su estatura, un metro ochenta aproximadamente; al tenderle la mano, pude observar las señales inconfundibles de una vida dedicada al esfuerzo: palma curtida y dedos gruesos, en estos la chaveta ha dejado su marca indeleble. Es alegre, simpático, no ha perdido su sencillez».

 En La Triada, con olor a agua de charco, piedras ancestrales y madera pura, Cueto, para quien la tabaquería es un arte mayor, me concedió ese mismo año una entrevista que tuve que sudar, pues no es un hombre amante de los reflectores.

 «Estando aquí nació la idea de hacer un tabaco figurativo para ponerlo en exhibición en la tienda y tratar de atraer a los clientes, porque el establecimiento está del lado opuesto de la bahía, distante del centro histórico de la Habana Vieja, y hay cierta competencia.

 Mi maestro en esto fue un tabaquero llamado Eddy García. El primer gigante fue de tres metros. Lo colocamos en la vidriera y, un día, de manera sorpresiva, llegó un comerciante libanés y lo compró en 1 000 dólares. Este dinero lo donamos en favor de los enfermos de cáncer.

 Luego, me embullé y preparé uno de seis metros que causó revuelo y me permitió conocer a Amado de la Rosa, de Juventud Rebelde, quien vino a verme para hacer un reportaje.

«Por carambola, al terminar, me preguntó: “¿Y esto no está en los Guinness?”. Él realizó una pesquisa y halló un puro holandés de cinco metros ya inscripto en ese libro. Entonces, confeccioné uno de 11.04 metros en busca de una mayor claridad a mi favor y nos acercamos a la embajada británica, donde radica el representante en Cuba del Guinness World Records.

Así, gané el primer Guinness en el 2001. Dos años más tarde, repetí la experiencia en presencia de consultores internacionales. El tabaco, esta vez, llegó a 14.86 metros y saludó un nuevo aniversario de la Casa del Habano Partagás…».

Su tercer Guinness es hijo de las circunstancias. En el 2005, Hilda Barós, la directora de Partagás, lo llamó por teléfono y le advirtió que en Puerto Rico un don nadie estaba tramando hacer polvo su último Guinness. A la vez, le propone, con el nerviosismo del patriota, darle los materiales para fabricar un nuevo ejemplar en un escenario inédito: el VII Festival del Habano, con sede en el capitalino Palacio de las Convenciones.

«Tras prepararme en el Instituto de Medicina Deportiva con fisioterapias y masajes, lo empecé a elaborar el mismo día en que se inició el evento y lo terminé en tres días, trabajando hasta tarde con un ayudante y el gerente de mi tienda. Me costó muchísimo esfuerzo.

En primer término, está el lugar: fue muy peligroso lidiar con el puro en el piso de arriba del Palacio; al bajarlo, podía partirse, como sucedió en el Hotel Cohíba al concluir el de 14.86.

«Aunque, lo peor, en esta ocasión, fue una fuente grande ubicada cerca de mi mesa. Las hojas de esta planta son muy sensibles ante la humedad; la reciben toda. Cuando empezó a echar agua, me espanté… y tenía razón. Al llegar a los seis metros, aquel animal empezó a ponerse gordo… a hincharse… a abofarse… no resistía cuando le pasaba la capa.

Perdí la mitad del tabaco y tuve tendinitis. Tomaba agua por montón y tenía a la doctora Noemí a mi lado. Este último récord de 20.41 metros lo rompí a los sesenta y un años».

Cuando llegó el cafecito y la conversación se puso buena, animado por una brisa atrevida y socarrona, le hice dos preguntas que hacía rato tenía en la punta de la lengua:

¿Hay algún disimulo en esta hipérbole que valga la pena conocer…?

«No, aquí el factor fundamental es uno solo: la concentración. Días antes me siento y empiezo a montar el proyecto en mi mente. Es necesario empatar muy bien las diferentes hojas. Saber usar el ligero que le da fortaleza, el seco el aroma, el volado la combustión, el capote la envoltura y la capa que es la hoja exterior: la ropa.

Si me equivoco, se suelta y a volver de nuevo… La materia prima siempre la ha puesto el cosechero pinareño Alejandro Robaina, el mejor del país, y los estuches son obra de la empresa Arca de Tabacuba».

Los enemigos del tabaquismo se preguntan si vale la pena este esfuerzo…

«Sí, el producto puede ser dañino... y, bueno, ¿otras cosas no lo son? No hay nada mejor, tras una buena comida, que fumarse un puro compartiendo con un amigo. Este, al lado del cigarro, es menos perjudicial: no tiene química. Es aire, sol y agua. Me siento orgulloso de haber hecho algo importante a nivel mundial. Voy a convenciones y conferencias, casi siempre en Europa.

Me llaman también de las ferias donde los clubes de fumadores compran hasta la última de mis creaciones. Si me ofrecieran cambiar mi último habano, pediría salud para hacer uno más grande…».

En el 2007 la situación de Cueto se tornó inestable: un año antes el estadounidense Wally Reyes había hecho un cigarro de 32 metros de largo y cuatro colegas de Tampa intentan también acercársele. Estas noticias no lo inquietan. «Para romper mi récord tienen que llegar a los 46.31 metros, o sea, a la suma de los míos…», le indicó retador a un periodista del Noticiero Nacional.

De todas maneras, y evitando riesgos, a principios del 2009 llegó el cuarto Guinness con un tabaco de 45,38 metros que confeccionó durante la Feria Internacional de Turismo de La Cabaña para callarle la boca a los escépticos.

En los años siguientes debo confesar que le perdí el hilo a Cueto hasta que en 2011 me enteré que había ganado un quinto Guinness con un habano 81,80 metros. Entonces, pasé a saludarlo en La Triada y escuché que le comentaba a un parroquiano: «Cuando en el 2016 Fidel cumpla nueve décadas voy a regalarle un puro de 90 metros de largo».

¡Y lo cumplió para su sexto Guinness! Una vez más se pone en evidencia que los hombres verdaderamente grandes no son siempre lo más heroicos y valientes, sino los que no se cansan nunca de darle patadas al balón…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Fuente: CubaSi).

 

Editado por Bárbara Gómez
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