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La Habana, una plaza científica en la etapa colonial

Foto: Tomás Romay (izquierda) y Carlos J.iFinlay. Archivo

 Foto: Tomás Romay (izquierda) y Carlos J.iFinlay. Archivo

La Habana, 20 abr (RHC) La celebración el 16 de noviembre próximo del aniversario 500 de la fundación de La Habana amerita sacar a la palestra pública importantes sucesos de carácter científico acaecidos en su entorno durante la dominación de la metrópoli española.

Imposibilitados de hacer referencia a todos aquellos que marcaron hitos dentro de la vida nacional o tuvieron trascendencia internacional, resulta de interés aludir en primer lugar a la conversión de la urbe capitalina en uno de los lugares de mayor auge a nivel mundial en la construcción de barcos.

Como aparece en el libro Historia de la Ciencia y la Tecnología en Cuba, elaborado por un colectivo de autores bajo la guía del fallecido doctor Pedro Marino Pruna, la primera botadura de un navío hecho en la ciudad ocurrió en 1551. Se trató del nombrado San Andrés, de 350 toneladas de desplazamiento.

Tal actividad continuó desarrollándose hasta iniciar su etapa de franco esplendor a partir de 1713, con la creación del llamado Real Arsenal Habanero.

Devenido en institución oficial de la corona, con el decursar de los años la instalación fue ampliada y modernizada, llegó a emplear más de mil trabajadores y figuró entre los astilleros más importantes del orbe en el siglo XVIII.

En 1769 se terminó de fabricar allí el célebre barco Santísima Trinidad, el más poderoso de la armada española, dotado con 140 cañones y un desplazamiento de 2 163 toneladas.

Nuevo siglo, más desarrollo científico

La llegada de la siguiente centuria multiplicó la cantidad de hechos descollantes de la ciencia y la tecnología que tuvieron lugar en La Habana colonial. Así, el 12 de febrero de 1804, el doctor Tomás Romay aplicó por primera vez la vacuna contra la viruela en esta ciudad, semanas antes de la llegada de una expedición española encargada de propagarla en las colonias de la nación ibérica en América.

Diez años después, el presbítero Félix Varela introduce la física moderna y la experimentación como método para el estudio de las ciencias, en el desempeño de su labor docente en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio.

Resalta igualmente la creación en octubre de 1823 del Museo Nacional de Anatomía Descriptiva de La Habana, que además de desempeñar un papel fundamental en el aprendizaje de la anatomía y la cirugía, incorporó la enseñanza de la obstetricia con lecciones prácticas en modelos de cera, promoviendo el uso de instrumental quirúrgico nunca antes visto en el país.

Siguiendo con los aportes vinculados a la medicina, sobresale la primera operación bajo anestesia (se utilizó éter sulfúrico) realizada en Cuba, a cargo del destacado cirujano Vicente Antonio de Castro Bermúdez, en marzo de 1847, solo cinco meses más tarde de emplearse por primera vez a nivel mundial dicho procedimiento en Estados Unidos, y del cloroformo con ese fin a principios de 1848, por el doctor Nicolás José Gutiérrez y Hernández, tres meses después de haberse aplicado en Escocia.

Este renombrado galeno también trajo e implementó en el país el método de la auscultación y el uso del estetoscopio para el diagnóstico de enfermedades respiratorias.

Vale decir que Nicolás José Gutiérrez promovió y encabezó desde su inicio el prolongado proceso de más de 30 años de gestiones que condujo finalmente a la fundación de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, el 19 de mayo de 1861, única institución de su tipo existente en una colonia hispana y una de las primeras creadas en América Latina.

Dedicación, estudio, innovación

Si de hitos se trata es imposible pasar por alto lo sucedido el 14 de agosto de 1881, cuando en la propia sede de la Real Academia el sabio cubano Carlos Juan Finlay expuso su hipótesis de que el agente transmisor de la fiebre amarilla debía ser un mosquito, y que probablemente se tratara del hoy conocido como Aedes aegypti.

Lo anterior representó una ruptura radical con las concepciones epidemiológicas vigentes, pues ninguna había planteado la transmisión de enfermedades de persona a persona, a través de un vector biológico.

Otra de las entidades científicas emblemáticas del siglo xix fue el Laboratorio Histobacteriológico e Instituto de Vacunación Antirrábica de La Habana, inaugurado el 8 de mayo de 1887 y primero con esas características creado en América. Su principal promotor fue el médico oftalmólogo Juan Santos Fernández, quien interesado en aplicar en Cuba los métodos y descubrimientos del científico francés Luis Pasteur, en particular la vacuna contra la rabia, envió a París a los doctores Diego Tamayo, Francisco Vildósola y Pedro Albarrán para que se adiestraran en el conocimiento de tales avances.

De acuerdo con lo planteado por el ya citado doctor Pedro Marino Pruna, el laboratorio resultó de suma importancia en el desarrollo de las ciencias médicas cubanas y la enseñanza de la bacteriología. Antes que en ningún otro lugar de la región, allí se produjo el suero antirrábico en 1887, cuya aplicación redujo de manera significativa la mortalidad por la enfermedad.

Un equipo de especialistas de la institución, dirigido por Juan Nicolás Dávalos y Enrique Acosta, obtuvo en marzo de 1895 la vacuna contra la difteria, con apenas seis meses de diferencia tras ser dada a conocer públicamente por Emile Roux, el principal discípulo de Pasteur.

Entre las dolencias investigadas en el centro figuraron la fiebre amarilla, el cólera asiático, la bácera (una manifestación de carbunco o ántrax) y la pintadilla de los cerdos, mientras el abanico de resultados incluyó además el suero contra el tétanos, la fiebre tifoidea y el antiestreptocócico. Varios de los productos citados merecieron premios en distintas exposiciones internacionales.

Con justeza es considerado el primer instituto de investigaciones biomédicas de Cuba, y el pionero de toda América en hacer varias vacunas, un valioso precedente que asume hoy la industria biotecnológica nacional. (Fuente: Granma)

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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