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Nace una república Maniatada

Foto: ACN/Archivo.

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Por: Jorge Wejebe Cobo

La Habana, 22 may (RHC) El 20 de mayo de 1902 las autoridades interventoras estadounidenses entregaron el poder al primer presidente cubano, Tomás Estrada Palma, en La Habana. En ciudades y poblados del país fue festejada la proclamación de la Republica después de 30 años de lucha por la independencia.

Miles de personas se aglomeraron a lo largo de la bahía habanera y frente al Palacio de los Capitanes Generales para contemplar cómo en ese edificio y en el Morro arriaron la bandera estadounidense y se izó la de la estrella solitaria, mientras globos con banderas cubanas se elevaban  y arcos triunfales hechos de madera se alzaron en toda la Isla, con motivos patrióticos o relativos a la amistad con el presuntamente desinteresado vecino del Norte.

Conjuntamente los primeros estudios fotográficos reproducían imágenes de bellas jovencitas acicaladas con la bandera cubana al lado de un soldado estadounidense que gallardamente la resguardaba, en tanto la gran prensa de la época reflejaba el acontecimiento sin ahorrar palabras de agradecimiento a la intervención de Estados Unidos.

Ese fue el ideario popular predominante que escondía los verdaderos intereses del naciente imperialismo, que solo pudo tener éxito después de la caída en combate de José Martí y Antonio Maceo, principales líderes que con una clara conciencia antimperialista podían garantizar la unidad de los cubanos para impedir los designios anexionistas.

Escaseaban los patriotas que advirtieran los verdaderos objetivos de los falsos aliados, descritos con mucha sinceridad por uno de los principales actores de esa trama, el gobernador estadounidense Leonardo Wood.

“Por supuesto que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es la anexión (…) Es bien evidente que está absolutamente en nuestras manos (…) Con el control, que sin duda pronto se convertirá en posesión, en breve prácticamente controlaremos el comercio de azúcar en el mundo (…) La Isla se norteamericanizará gradualmente y a su debido tiempo contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo”.

No le faltaban razones al entusiasmado Wood por la instauración del primer sistema neocolonial en el orbe en la Isla vecina, ya prevista por los fundadores de EE.UU. como la fruta madura que caería en sus manos después de desgajarse del imperio colonial español.

Aunque esperaron pacientemente hasta que en 1898 los cubanos en su tercera guerra de independencia pronosticaban la segura derrota de España en cuestión de tiempo.

La oportuna y misteriosa  voladura del acorazado Maine en la bahía de La Habana, a inicios de 1898, dio el impulso final para la intervención de las tropas estadounidenses  que requerían  contar con el apoyo de los mambises para el desembarco de los marines y operaciones  en las costas orientales.

Para este fin  los estadounidenses se dirigieron  directamente a jefes militares de la zona como Calixto García, con lo que, además de facilitar sus operaciones militares, los invasores sembraron la posible discordia entre las filas independentistas, ya que como principio no hubo un reconocimiento al mando supremo del Ejército Libertador y a los órganos de la República en Armas.

Después de la valiente y decisiva ayuda de los cubanos  para el triunfo de la campaña, impidieron al Ejército Libertador y al propio general Calixto García  entrar en Santiago de Cuba, para participar en la rendición hispana en 1898,  bajo el pretexto de posibles venganzas de los cubanos contra los españoles, lo que motivó la digna respuesta del jefe cubano en una carta dirigida al general William Shafter  en la cual  protestó enérgicamente por la afrenta.

El destacado jefe mambí le escribió al militar yanqui:“ (…) “no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada; formamos un ejército pobre y harapiento, tan pobre y harapiento como lo fue el ejército de vuestros antepasados en su guerra noble por la independencia de los Estados Unidos de América; pero, a semejanza de los héroes de Saratoga y de Yorktown, respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía.”

En Tomás Estrada Palma los políticos estadounidenses tuvieron un servil colaborador. El futuro presidente cubano  se había establecido en EE.UU., donde se dedicó a la educación, y  de sus iniciales posiciones patrióticas durante la Guerra de los Diez Años fue derivando a su convencimiento de que sus compatriotas  eran incapaces de gobernarse sin la tutela de la gran potencia y previó que la anexión podría ser una solución a su porvenir.

No obstante, esas consideraciones no eran muy conocidas y llegó a sustituir a José Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano, el cual  disolvió después de concluida la guerra, clausuró su periódico Patria y fue un factor importante en la desmovilización del Ejército Libertador y de los órganos de dirección de la Revolución, entre otros servicios brindados a los propósitos imperiales.

También  la administración estadounidense obligó a la Asamblea Constituyente encargada de elaborar la ley fundamental de la República a incluir en sus acápites la Enmienda Platt, elaborada por un senador de igual nombre que establecía el derecho de su país a intervenir militarmente en la ínsula, prohibía a la nación establecer tratados internacionales, creaba condiciones para ceder la Isla de Pinos a La Unión y obligaba a entregar bahías para bases carboneras, entre otras condiciones lesivas a la dignidad nacional.

Así nació la nueva república que en el mundo estaba considerada  un protectorado de Estados Unidos, con apariencia de territorio independiente por contar con una bandera, un himno y un gobierno presuntamente independiente.

No fue hasta el primero de enero de 1959, cuando se iniciaría el desmontaje definitivo de más de 50 años de dominación imperialista, promovida en ese lejano 20 de mayo de 1902. (Fuente: Bohemia)

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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