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Descubrimiento feliz en medio de la pandemia

Mayor General Manuel Quesada Loynaz. Foto: Estudios Latinoamericanos

Mayor General Manuel Quesada Loynaz. Foto: Estudios Latinoamericanos

Por: René González Barrios

La Habana, 6 abr (RHC) La noticia la trajo a Cuba un despacho de la agencia Prensa Latina fechado en San José, Costa Rica, el pasado 19 de marzo. Luego de más de tres años de intensa y detectivesca búsqueda, un nieto de mambí, el coronel de la reserva del Ministerio del Interior, Hugo Crombet, hallaba en el Cementerio General de esa ciudad, los restos del primer General en Jefe del Ejército Libertador Cubano, el Mayor General Manuel de Quesada y Loynaz.

Acontecimiento de tamaña significación, ha quedado relegado por el impacto de la pandemia que hoy azota al mundo, incluido nuestro país. Volvemos a él, pues se trata, de uno de los más importantes jefes militares de la historia de nuestra independencia, y pionero de la solidaridad y el internacionalismo. Quesada fue el más destacado de los cubanos que se unieron a las tropas del presidente Benito Juárez para luchar contra el imperio francés de Maximiliano de Habsburgo. Allí, por méritos de guerra, ganó los grados de general del Ejército Mexicano.

La historia recogía datos sobre su deceso en Costa Rica el 30 de enero de 1884, en la pobreza, y su entierro auspiciado por los masones de una Logia de San José. En noviembre de 2012, durante una visita oficial realizada a Costa Rica por un grupo de historiadores que peregrinamos a La Mansión de Nicoya, provincia de Guanacaste, poblado fundado por los mambises de Maceo, indagamos por el destino y ubicación de los restos de Quesada, y nadie supo dar la más mínima información. Quedaba pues, fijada en nuestra mente, la obligatoriedad del hallazgo.

Entre 1998 y 2003, hurgando en los archivos de la Secretaría de la Defensa Nacional de México, encontramos numerosa información que sustentaba la carrera militar de Quesada y otro grupo importante de cubanos en las guerras de aquella nación entre 1821 y 1867. En ellas, treinta hijos de la mayor de las Antillas alcanzaron el generalato combatiendo contra las invasiones texanas, estadounidenses, o en las diferentes contiendas internas en que se vio inmerso el hermano país. Dos de ellos, Pedro Ampudia Grimarest y Anastasio Parrodi, habían comandado el Ejército Mexicano de Juárez durante la guerra de Reforma, como Secretarios de la Guerra que fueron. Quesada, graduado en la escuela de las armas mexicanas también como general, sería, por méritos propios, el primero en comandar a los esforzados y heroicos mambises.

En un peregrinar tras la memoria de nuestros héroes, acompañado por el ya fallecido médico e historiador mexicano Alfonso Herrera Franyuti, el más martiano de los mexicanos, encontramos en el Panteón de San Fernando, en la ciudad de México, las tumbas de Ampudia y Parrodi, para feliz coincidencia, ambas a escasos metros de la del Benemérito de las Américas. Desde entonces, la Embajada de Cuba en México, en cada aniversario del natalicio de Benito Juárez, colocaba ofrendas florales al prócer mexicano y sus compañeros cubanos.

Quedó el compromiso moral de encontrar los de Manuel de Quesada. La oportunidad se presentó en el año 2017. Presidía entonces el Instituto de Historia de Cuba, institución que se digna por tener como fiel colaborador al coronel e historiador Hugo Crombet, el nieto del general Flor, el hombre que haciendo honor a su apellido y a la sangre mambisa que corre por sus venas, ha dedicado gran parte de su vida a reconstruir la epopeya del abuelo, la estancia de los Maceo y sus compañeros en Costa Rica, y a investigar, escribir y publicar un libro emblemático e inspirador: La expedición del Honor, que sirviera de inspiración a una excelente serie televisiva. A Crombet dimos entonces la tarea de buscar en Costa Rica los restos de Quesada.

Cual detective que es, este investigador minucioso, incansable y persistente, que a sus casi 83 años desafía el tiempo con un envidiable espíritu juvenil, aprovechando sus ganadas influencias entre historiadores e intelectuales ticos, anduvo por mil caminos, recorrió pueblos y parroquias y, cuando todo parecía perdido, el día antes de su regreso a Cuba el pasado 10 de marzo, escarbando entre un mar de papeles añejos, encontró en un libro de exhumaciones del Cementerio General de San José, el nicho en que descansan los restos del general Quesada y su esposa, la también camagüeyana Pamela Corvisón.

Muchas cosas descubrió Crombet en esta aventura histórica, entre ellas, que Quesada no murió “completamente pobre”, pues el gobierno de Costa Rica le había brindado en concesión, extensos lotes de tierras para la construcción del ferrocarril del Pacífico. Tampoco fue su entierro sufragado por los masones, sino por el Club Internacional de San José, la más importante institución cultural de la sociedad costarricense de finales del siglo XIX.

De ello y mucho más, del apoyo de historiadores, masones y gente de pueblo en Costa Rica y Guatemala, en especial de José Luis Vega Carballo, Carlos Borge Carbajal, José Rafael Flores Alvarado y Miguel Guzmán Stein apasionados soldados ticos de esta noble causa, quienes entre sus múltiples obligaciones laborales, sociales y familiares, encontraron tiempo para sumarse al proyecto, y de las gestiones que desde Cuba realizaran en pos de este resultado los compañeros Eusebio Leal, Eduardo Torres Cuevas, y el Instituto de Historia de Cuba, está organizando ideas el coronel Crombet, para dejarle a las futuras generaciones la historia de un acto de gratitud.
¿Quién fue el mayor general Manuel de Quesada y Loynaz?

Reconocido por muchos y vilipendiado por otros, fue una figura polémica para sus contemporáneos. Al militar curtido en la guerra de México, le tocó el duro y difícil papel de convertir a campesinos, esclavos recién liberados por sus dueños, abogados, médicos, y la más amplia gama de sectores sociales, en soldados; disciplinarlos, educarlos, entrenarlos, y prepararlos para enfrentar a un poderoso adversario. Compleja tarea la de imponer el orden y el reglamento, en la que ganó numerosos críticos y enemigos entre los propios cubanos.

Había nacido el héroe el 29 de marzo de 1833 en la ciudad de Puerto Príncipe, Camagüey. En los avatares de una finca ganadera aprendió con excelencia junto a su padre a cabalgar y lidiar con el ganado, experiencias útiles en su vida futura de militar. Rebelde y justiciero, dentro de las filas de la masonería camagüeyana, se puso en contacto con Joaquín Agüero y conspiró en pos de la independencia.

Perseguido bajo la acusación de infidencia, tuvo que abandonar el país, marchando a México junto a su hermano Rafael. Como polizontes llegaron a Veracruz y se incorporaron a las fuerzas liberales comandadas por Benito Juárez. Manuel prestó excelentes servicios en la protección del presidente durante su traslado a San Luis de Potosí y a Saltillo, al norte del país, perseguido por las fuerzas imperiales. Ambos tomaron parte en la batalla de Puebla, y fueron referencia frecuente de Juárez en su correspondencia con el poeta santiaguero Pedro Santacilia, su yerno.

En honor a Manuel, quien fue además gobernador del estado de Durango, un Regimiento de Caballería de México se llamaría Lanceros de Quesada y sería comandado por su hermano Rafael. De sus años de militar en México, recordaba el presidente, general Porfirio Díaz:

“Conocí a los dos Quesadas. Pero sobre todo a Manuel, con quien estuve muy unido. Hicimos la campaña juntos. Yo serví primero a sus órdenes y después él combatió a las mías. Tenía grandes actitudes militares y era muy astuto y valiente, y también valiente era su señora, que se reunió con él y nunca le tuvo miedo a la guerra. Manuel era además un gran jinete. Siempre poseyó magníficos caballos y fuerzas escogidas, y vestía con mucha elegancia. Fuimos muy buenos amigos”.

Concluida la guerra contra Francia, y consolidada la paz en México, Quesada dirigió su atención a Cuba, y comenzó a organizar con el general veracruzano Aureliano Rivera, una expedición mexicano cubana, para luchar por la independencia de la Isla. En aras de comprobar in situ la situación del país, a mediados de 1868 viajó clandestinamente a Camagüey. Regresó a EE. UU. y tras la incorporación de los camagüeyanos a la insurrección que iniciara Carlos Manuel de Céspedes, asumió el mando de la expedición del Galvanic, organizada por la Junta de Nueva York y con ella partió a la Isla, produciéndose el desembarco el 26 de diciembre de 1868 en la Guanaja, costa norte de Camagüey. Fue la primera expedición mambisa.

El 11 de abril de 1869 la Asamblea de Guáimaro reconoció sus incuestionables méritos militares al nombrarlo general en jefe del Ejército Libertador. Se rodeó en su Estado Mayor de un grupo selecto de jóvenes, entre quienes sobresalían sus ayudantes venezolanos Cristóbal y Tomás Mendoza, nietos del primer presidente de Venezuela independiente y los cubanos Antonio Zambrana y los hermanos Manuel y Julio Sanguily.
Emprendió de inmediato una activa campaña militar en la región oriental y organizó el sistema de aseguramiento logístico del ejército con fábricas de pólvora, talleres de talabartería y armamentos, zonas de cultivos, entre otros. Atacó con éxito convoyes e intentó infructuosamente tomar la ciudad de Las Tunas.

Muy pronto se le opuso la Cámara de Representantes y otros elementos temerosos de su autoridad militar, quienes lo acusaron injustamente de ambicioso y, el 17 de diciembre de 1869, lo deponen. Comenzaba, apenas iniciada la guerra, el conflicto interno que germinaría en la ulterior división del movimiento revolucionario. Quesada no aceptó la deposición y envió a la Asamblea una carta de renuncia con su ayudante y ministro del exterior Cristóbal Mendoza, pero el órgano legislativo no la aceptó y reiteró el fallo de deposición.

Carlos Manuel de Céspedes, casado con Ana, hermana del general, en una decisión que contrarió a los representantes, decidió entonces encomendarle una misión especial. Confiando en su honestidad, operatividad y nivel de gestión, lo nombró Agente Especial en el Exterior, a cargo de la preparación de expediciones. Pasó Quesada a EE. UU. y de inmediato a Francia, donde gestionó a mediados de 1870, apoyo para Cuba con el emperador Napoleón III.

De regreso a Estados Unidos, adquirió el vapor Florida, perteneciente a la armada federal. El gobierno del Norte sospechó de su futuro empleo y, ante una denuncia de la Legación española, lo embargó. Para no retrasar los proyectos con el proceso legal de su reclamación, Quesada compró entonces el vapor Virginius –también de la marina federal–, en 25 mil 800 pesos. De manera sigilosa, sin avisar ni a los propios clubes cubanos de la emigración, salió de Nueva York el 4 de octubre de 1870, rumbo a Curazao. Era la única manera de garantizar la compartimentación de la empresa.

Transcurridos varios meses de impaciente espera, a inicios de 1871 comenzaron los preparativos de la primera expedición venezolana, con el nombre de Expedición Venezolana de Vanguardia, lo cual llevaba implícito la idea de continuidad y magnificencia de la empresa. El 29 de mayo de 1871, el general pasó lista a los expedicionarios. Los animó refiriéndoles que, a la Expedición de Vanguardia, seguiría otra que llevaría el nombre del inmortal Bolívar y a aquella, otra. El sueño de Quesada era hacer de Venezuela la base de operaciones para el aseguramiento logístico del Ejército Libertador. A las seis de la tarde del 15 de junio de 1871, ante la presencia de cinco buques de guerra españoles, la formidable expedición venezolana de Vanguardia, partió de Puerto Cabello, conducida por el brigadier Rafael de Quesada, su hermano.

El arribo se produjo el 21 del propio mes, alrededor de las dos de la madrugada, por la ensenada de Boca de Caballos, costa sur oriental, en las estribaciones de la Sierra Maestra. Traía la expedición unos mil fusiles Remington y Spencer, cuatrocientos tiros de cañón, 150 cajas de parque Remington, ochenta mil cápsulas de Spencer, cien mil municiones de diferentes calibres, dos mil mudas de ropas, mil 640 cananas, machetes, monturas, impermeables, efectos de cirugía, herramientas para armería, efectos de escritorio, quinientos mil pesos en papel moneda, y otras armas y recursos.

Conducía también cuarenta burros que servirían, ya en tierra, para el traslado de la carga, y un magnífico caballo, regalo del presidente de Venezuela Antonio Guzmán Blanco al presidente de la República de Cuba en Armas, Carlos Manuel de Céspedes. Para los libertadores quedó bautizada como la expedición de los burros. Eran 61 expedicionarios: cuarenta venezolanos, cinco puertorriqueños y seis cubanos. Los venezolanos, en su casi totalidad, oficiales del ejército de ese país, y los cubanos, jóvenes que habían pertenecido al Estado Mayor del general Manuel de Quesada.

En aquella carga valiosa de militares venezolanos se agregaba un ingrediente de emotivo simbolismo. El jefe de los nuevos mambises venezolanos era el general de división José María Garrido Páez, sobrino del legendario general José Antonio Páez, quien venía acompañado de su hijo.

A fines de 1872, Manuel de Quesada regresó a Venezuela para gestionar con el presidente de ese país la ya anunciada expedición bolivariana. El primero de julio de 1873 el Virginius zarpó del puerto de Colón, Panamá, al mando nuevamente del brigadier Rafael de Quesada. Después de burlar la vigilancia de dos cruceros españoles, logró desembarcar el 6 de julio en la ensenada de Mora, Pilón, al sur del territorio oriental. De los 130 expedicionarios de la expedición bolivariana, solo veintisiete eran extranjeros, la mayoría, venezolanos. La figura más destacada de los nuevos libertadores era la del general de división José Miguel Barreto, veterano militar venezolano, quien pronto establecería sincera amistad con Carlos Manuel de Céspedes. Sería la última expedición venezolana.

El fracaso de la tercera expedición del Virginius, y los enormes contratiempos que afrontó Quesada para lograr el auxilio de un país inmerso en crisis social, económica y política, pusieron punto final a la abierta ayuda oficial de aquella hermana nación en la Guerra Grande. Al frente de la tercera y última expedición de este buque, vendría el general camagüeyano Bernabé Varona, Bembeta, hombre de toda confianza del general Manuel de Quesada. En ella enviaba Quesada, a la brega, a su hijo Herminio, de dieciocho años. Había acabado de graduarse en un colegio de Nueva York.

Fue de las primeras víctimas de la felonía del brigadier español Juan Nepomuceno Burriel, el carnicero del Virginius, quien tras la captura en aguas internacionales del emblemático vapor insurrecto el 31 de octubre de 1873, decidió pasar por las armas a su tripulación y los expedicionarios, para borrar así el recuerdo de las dos anteriores y victoriosas expediciones venezolanas. El joven Herminio, fue fusilado el 8 de noviembre.

Agobiado por la muerte de su hijo y las guerras intestinas de la emigración, el 22 de agosto de 1874 pasó a Santiago de Chile con la intención de hacer propaganda a favor de la causa independentista en Cuba. Tras este viaje, cansado de críticas y divisiones, se dirigió a Costa Rica, donde el presidente general Guardia, reconociendo sus méritos le brindó atenciones y lo nombró superintendente de ferrocarriles. No pidió nada para sí. Con su propio esfuerzo trabajó por el sustento de la familia, lamentando el Zanjón y esperando el nuevo llamado de la patria, para la que siempre se mantuvo dispuesto a tomar las armas.

Su historia la complementa su hermano Rafael, coronel del Ejército de México y brigadier del Ejército Libertador, a quien las autoridades de Venezuela, recordando los servicios prestados por él como conductor exitoso de las expediciones de Vanguardia Venezolana y Bolivariana a los campos de Cuba, decidieron en 1893, ascenderlo a general de división del Ejército venezolano. Rafael, nombrado el 23 de julio de 1895, Agente General del Partido Revolucionario Cubano en Venezuela, falleció en Nueva York el 6 de junio de 1896, cuando anciano y enfermo, incansable gestionaba recursos y un buque para continuar por los caminos del Virginius. Sus restos allí descansan, olvidados, en algún cementerio de la urbe metropolitana.

En tiempos en que nuestros médicos y personal de la salud ayudan a sofocar la pandemia del Coronavit, y en los que nuestro pueblo, en el más puro pensamiento humanista y solidario de Céspedes, Martí y Fidel ofrece amor y vida, bien vale recordar como estímulo y acicate, a un hombre que hizo de la solidaridad una premisa, y de su existencia, un baluarte ejemplar de justicia.

La obra colectiva, de cubanos y costarricenses en este hallazgo en tiempos de pandemia, demuestra que, en el amor, la constancia, la perseverancia y la solidaridad, está el camino al futuro. Gracias al coronel Crombet por una empresa de la que estaría orgulloso su abuelo el general. (Fuente: Cubadebate)

 

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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