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María Cabrales: “Como si la bandera la vistiese”

Foto: Cubadebate.

Foto: Cubadebate.

Por: Yunier Javier Sifonte Díaz

La Habana, 28 jul (RHC) Una semana después de cumplir 63 años, María Cabrales cerró sus ojos para siempre. Era el 28 de julio de 1905 y había visto y sufrido mucho: la guerra, las conspiraciones, el destierro, las traiciones, el reinicio de las luchas por la independencia. Cada una de las 26 heridas de bala en el cuerpo del Lugarteniente General Antonio Maceo las sintió en el suyo como propias. Tenía 23 años cuando se unió al Titán de Bronce. Desde entonces no lo abandonó jamás.

Siempre fiel, la vida de María Cabrales está ligada indisolublemente a la del líder de la Protesta de Baraguá. Sin embargo, lejos de un acompañamiento callado y ensombrecido por la grandeza del héroe, su historia tiene mucho de consagración y voluntad personal. ¿Quién fue aquella mujer? ¿Por qué muchos la catalogaron como la personificación austera y generosa de nuestro ideal redentor?

Las rodillas le flaqueaban entre las piedras y las montañas. La noche cerrada arriba, las espinas y el fango debajo. A su lado, los 53 años de Mariana Grajales, la madre de toda una estirpe heroica, le recordaban que no existen debilidades cuando se ama y se vive por una pasión. Y María Cabrales tenía dos: Cuba y Antonio Maceo.

La primera le llegó por nacimiento, el 22 de julio de 1842 en la finca San Agustín, a pocos kilómetros de Santiago de Cuba. Hija de los pardos libres Ramón Cabrales y Antonia Fernández, ella misma supo de cerca las consecuencias de existir en un país marcado por la discriminación social y donde una mulata apenas tenía espacio para crecer.

Aun así, aprendió a leer y escribir lo suficientemente bien como para compartir su tiempo entre la vida en el campo y las palpitaciones de la sociedad santiaguera. Entonces la Isla era una mezcla de sentimientos en el centro del Mar Caribe. En tertulias, conspiraciones y debates, aparecía una nación dividida por diversas corrientes políticas y azuzada por la crueldad de la esclavitud. La inestabilidad económica y la sumisión a una metrópoli cada día más déspota tampoco cedían espacio.

En medio de esas convulsiones María conoció a su otra gran pasión. Hijo de sus vecinos Mariana Grajales y Marcos Maceo, el joven Antonio la enamoró con galantería y la llevó al altar el 16 de febrero de 1866. Enseguida fueron a vivir a la finca La Esperanza —muy cerca de los padres de ambos—, quizás sin saber que los próximos 32 meses serían los únicos de su existencia con una verdadera tranquilidad conyugal.

El 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes le dijo a sus esclavos que Cuba no podía pertenecer más “a una potencia que, como Caín, mata a sus hermanos, y, como Saturno, devora a sus hijos”, y los convocó a la guerra que iniciaba en el oriente de Cuba. Dos días después Antonio Maceo se sumó a las tropas mambisas y tras él marcharon María Cabrales y el resto de la familia memorable.

En un conmovedor relato publicado en 1894, Enrique Loynaz del Castillo cuenta cómo ella prefirió “la incertidumbre y el riesgo de la guerra por la grandeza de ofrendar sus esfuerzos a la Patria” y por “la lealtad de seguir, hasta el campo ensangrentado, a su esposo libertador”.

“[María] apareció en el campamento entre los vítores de aquellos valientes orientales, que le conocían desde niña las virtudes, aun más admiradas en ella que su irreprochable hermosura. Iba por la montaña agreste y penosa, con sus compañeras: ninguna era más ágil para subir a la cumbre, ni más solícita para cuidar a un enfermo”.

  Ilustración: Tomada de Bohemia.

Durante toda una década, María y Mariana llegaron de primeras a los campamentos para curar a los heridos, pero también para llevar alimentos y ropa, recibir o entregar mensajes. En viejos palenques abandonados instauraron junto a otras mujeres los hospitales de sangre y crearon talleres y viviendas. Allí algunos aseguran que María sufrió un golpe demoledor.

Aunque los historiadores no llegan a un acuerdo sobre el tema, un hombre como José Luciano Franco —quizás el mayor estudioso de la vida de Maceo—, habla de dos hijos perdidos por María en la manigua. Supuestamente era junio de 1869 y la mayor aun no cumplía los tres años, mientras José Antonio solo tendría siete días de nacido.

Según el investigador, ambos murieron en el mismo mes. Su madre los sepultó en territorio libre de Cuba. La pareja ya no tendría más hijos. No obstante, otra historiadora como la santiaguera Damaris Torres asegura que María afirma en su testamento haber estado “casada con el Lugarteniente General, en cuyo matrimonio no tuvo hijos”.

Con descendencia o no, en medio de ese contexto el 6 de agosto de 1877 ocurrió otro suceso memorable que de cierta manera resume toda la década para María Cabrales. Antonio, herido de gravedad tras los siete disparos recibidos en el combate de Mangos de Mejía, agonizaba en una improvisada camilla mientras su hermano José Maceo resistía tiro a tiro la persecución española.

Según cuenta Enrique Loynaz, María bajó del escondite y fue junto al héroe para marchar a su lado. El enemigo parecía alcanzarlos cuando dieron con las tropas dirigidas por José María Rodríguez. Apenas el jefe mambí apareció en su caballo y recibió la arenga de la única mujer bajo las balas: “¡A salvar al General, o a morir con él!”.

Maceo vivió, pero en 1878 el Pacto del Zanjón ahogó diez años de Revolución. El caudillo no lo aceptó y en Mangos de Baraguá confirmó una estirpe que lo mantuvo en la manigua hasta mayo de ese año. Antes de salir de Cuba, le deseó al General español Arsenio Martínez Campos que pudiera “terminar su obra, ahora que yo no le estorbo, pero como no estoy comprometido, haré cuanto pueda por volver”.

A los pocos días, la familia liderada por María Cabrales y Mariana Grajales baja de las lomas de Guantánamo y también se embarca hacia Jamaica. Ha terminado un decenio de dolores para la esposa del Titán de Bronce. Ahora tiene 36 años y en el monte endureció su rostro, sus manos y su carácter, pero no dejó de ser la misma mulata esbelta y de pelo rizado que se fue a la guerra junto al héroe legendario.

El entierro de María Cabrales congregó a miles de santiagueros. Foto: Tomada de Bohemia.

"Si venzo la gloria será para ti”

A pesar de una década en la manigua, Antonio Maceo y María Cabrales apenas tuvieron tiempo para compartir en la emigración. Aunque en Kingston encontraron un lugar relativamente estable, el caudillo mambí enseguida se vio inmerso en nuevos planes para retomar la contienda cubana. En los próximos tres años María supo de él desde Nueva York, Haití, República Dominicana o Islas Turcas.

En 1880 fracasó la Guerra Chiquita y un año después Maceo se establecería en Honduras. Luego de una breve estancia en Cuba, en 1891 lo haría en Costa Rica. Son otros diez años en los que María Cabrales se convierte en sostén y pone calma previsora en medio de la tempestad.

En una ocasión, es tanta la incertidumbre que zarpó desde Jamaica para aparecer en la casa dominicana de Máximo Gómez en búsqueda de noticias sobre el esposo perseguido. En otra, es ella quien se ocupa de los negocios para sostenerse.

Apenas basta leer las cartas de aquella época para comprender el espíritu de María. En una de ellas, fechada en marzo de 1884 y refiriéndose a uno de los muchos intentos de Maceo por buscar apoyo en el extranjero, le dice sin reservas: “¿Y tú qué haces? ¿Crees que lo que no has hecho en dos meses lo conseguirás en tres o cuatro? (…) Esto te lo digo porque veo que tú te engañas muy a menudo y yo no”.

Esa claridad la vio José Martí durante su primer encuentro en 1892, cuando la visitó a ella y a Mariana Grajales en Jamaica. A la madre, el Apóstol la recuerda como la viejecita gloriosa con manos de niña para acariciar a quien le hable de la Patria. Sobre la esposa, dice que “ni en la muerte vería espantos, porque le vio ya la sombra muchas veces”.

Entonces asegura que “en sala no hay más culta matrona, ni hubo en la guerra mejor curandera. De ella fue el grito aquél: “Y si ahora no va haber [sic] mujeres, ¿quién cuidará de los heridos?”. Con las manos abiertas se adelanta a quien le lleve esperanza de su tierra, y con silencio altivo ofusca a quien se la desconfía u olvida”. Luego escribe una frase demoledora: “De negro va siempre vestida, pero es como si la bandera la vistiese”.

De aquel y otros encuentros con el Delegado del Partido Revolucionario Cubano surgieron varios clubes patrióticos para apoyar la independencia de la Isla. Según Damaris Torres, antes del reinicio de la guerra María fue pieza clave para la creación del Club José Martí, en Jamaica, y el Hermanas de María Maceo, en Costa Rica. En ambos, la organización de tertulias y otras actividades con el propósito de recolectar fondos para la Revolución tuvieron en ella a su mejor animadora.

Enrique Loynaz del Castillo narra con exactitud esos momentos: “Yo la he visto en Costa Rica. Va a cada hogar cubano, y son para ella los honores y el corazón. Y las señoras y las niñas se agrupan en torno suyo, y ahorran para poner en sus manos el dinero que sirve a la guerra”.

En medio de tantos azares, cuánta grandeza hay en esta mujer. Lo busca y lo entrega todo para reiniciar una contienda que la alejó definitivamente de sus padres, la privó de descendencia, le separó al esposo y la colocó a ella misma como extraña en países diversos. En 1893 vio morir a Mariana Grajales alejada de su Patria; un año después, sufrió el atentado que casi le cuesta la vida a Antonio. Cada día es una prueba de fidelidad y patriotismo.

Entonces llegó 1895 y con él una nueva despedida. Cuatro años antes el Lugarteniente General había fundado en Costa Rica la colonia de Nicoya, un sitio que acogió a decenas de cubanos tanto para facilitarles trabajo como para organizar los planes revolucionarios. Desde la casona que habían levantado, María leyó una carta conmovedora. “En tu camino, como en el mío, lleno de abrojos y espinas, se presentarán dificultades que solo tu virtud podrá vencer”, escribe Antonio.

Confiando en esa integridad de la esposa, le dice que la abandona “por nuestra patria, que tan afligida como tú, reclama mis servicios, llorando en el estertor de la agonía”. Luego hace una confesión estremecedora: “Pienso que tú sufriendo, y yo peleando por ella, seremos felices; tú amas su independencia, y yo adoro su libertad. El deber me manda sacudir el yugo que la oprime y la veja, y tu amor de esposa fiel y purísima, me induce a su redención”.

La carta es un texto vibrante. Maceo le habla con la seguridad de tener la comprensión de quien ha vivido junto a él las últimas tres décadas de victorias y dolores. “Tú, que has pasado conmigo los horrores de aquella guerra homicida, sabes mejor que nadie cuánto vale el sacrificio de abandonarte por ella, cuánto importa el deber de los hombres honrados”. Y a esa honra apela cuando le habla con tanta sinceridad.

“El honor está por sobre todo —le repite—. La primera vez luchamos juntos por la libertad; ahora es preciso que luche solo haciendo por los dos. Si venzo la gloria será para ti”. María dobló el papel y lo guardó para siempre. Como tantas otras veces lo sintió partir. No se verían nunca más.

María presidió el Club José Martí. Foto: Archivo.

El regreso a la Patria

El 1º de abril de 1895 Antonio Maceo desembarcó por Duaba en la goleta Honor. Antes de llegar a Cuba le escribe otras dos cartas que arrojan más luces sobre María Cabrales. En la primera no puede evitar la melancolía y lleno de cariño le pide: “consérvate buena y quiere a tu negro que no te olvidará jamás”. En la segunda le recuerda que tras su ausencia ella debe continuar la recolección de fondos en la emigración.

Desde Costa Rica la esposa está al tanto de todo y contribuye a organizar otras expediciones para llevar hombres y armas a la Isla, mientras sigue su labor como presidenta del club Hermanas de María Maceo. La investigadora Damaris Torres rescata un texto de un periódico de la época sobre aquellas tertulias.

“En casa de María parece respirarse el puro ambiente de Cuba. Hasta allí llegan los perfumes del bosque, el arrullar de las palmas y cocoteros, y el murmullo de las fuentes que cantan los mil triunfos del invicto Maceo y sus legiones indomables”.

Es tanto cuanto hace que el propio Maceo le reclama, en una carta del 20 de agosto de 1895 y publicada por su sobrino Gonzalo Cabrales en 1922: “No soy más largo porque tú no me escribes, parece que te has olvidado de mí. Parece que la política revolucionaria-mujeril, te tiene fuera de quicio”. Pero el 7 de diciembre del año siguiente ocurre la desgracia de San Pedro y el Titán de Bronce entra en la historia.

La noticia demora algunos días en llegar hasta Costa Rica, pero cuando lo hace la conmoción se apodera de todos. El primer día de 1897 Máximo Gómez le escribe a María una carta dolorosa: “Ud. que es mujer; Ud. que puede —sin sonrojarse ni sonrojar a nadie—, entregarse a los inefables desbordes del dolor, llore, llore, María, por ambos, por Ud. y por mí, ya que a este viejo infeliz no le es dable el privilegio de desahogar sus tristezas íntimas desatándose en un reguero de llanto”.

Y María derrama las lágrimas. En marzo de 1897 dice que ha perdido “todo lo que tenía en la vida, el esposo amado, al compañero de mi vida”. Mientras tanto, al patriota Francisco de Paula y Coronado le confiesa que “ha sido tan grande el golpe que he recibido con su inesperada desaparición, que todavía no puedo conciliar mis ideas”.

Sin embargo, plena de dolores y tristezas, se sobrepone a ellos. La primera batalla fue defender al héroe en medio de los festejos del gobierno español por su muerte. Apenas había pasado más de un mes del suceso y María le escribe al periodista y político español Emilio Castelar, a su juicio uno de los pocos ibéricos que mostró respeto por el Lugarteniente General.

“Y como sería insensato después de todo pedirle a un español, siquiera sea de espíritu tan levantado como usted, que venere y admire la memoria del guerrero indomable que aterrorizó a la nación por largos años, y que en Jobito, Peralejo, en Calimete, en Coliseo, en Guamacaro, en San Luis, en Paso Real, en las Taironas, en Loma del Rubí, en Claudio, en Lomas de Torino, en Ceja del Negro y en Artemisa, derrotó a los mejores generales españoles, venciendo en desproporcionados combates a las tropas más selectas, yo me conformo con la justicia incompleta que usted ha hecho y aplaudo con calor su conducta”.

Tras la muerte de Antonio, María permaneció algunos meses en la capital de Costa Rica, pero en septiembre de 1897 se trasladó hasta Nicoya para atender la vivienda familiar y mejorar su situación económica. Allí fungió como tesorera del club Cubanas y Nicoyanas. A raíz de su partida, fue designada Presidenta de Honor del club Hermanas de María Maceo.

Cuando el acorazado Maine explotó en la Bahía de La Habana el 15 de febrero de 1898, ella fue una de las voces que desde la emigración supo leer los acontecimientos. En una carta dirigida al director del periódico El Porvenir, le asegura que “tanto ha querido España abusar del gobierno de Washington hasta que consiguió lo que se proponía, una guerra con los Estados Unidos para justificar su abandono de la isla”.

Meses después la independencia terminó en frustración y comenzó en la Isla la ocupación estadounidense. No obstante, el 13 de mayo de 1899 María regresó a su Patria y seis días más tarde participó en las actividades para honrar a José Martí en el cuarto aniversario de su muerte. Allí la vio el pueblo santiaguero, digna, esbelta, con los mismos rasgos de aquella muchacha que 31 años antes se había internado en la manigua para luchar por la libertad.

En Santiago de Cuba creó un hogar para niños huérfanos de la Patria, dirigido a brindar ayuda a los infantes con los padres muertos durante la guerra. Asimismo, no dejó de participar en actividades patrióticas y, como Mariana Grajales, siempre estuvo dispuesta para todo aquel que llegara a hablarle con honra de Cuba. En un inmenso baúl guardaba las cartas y los documentos de Antonio, y gracias a ese cuidado también fue posible rescatarlos para la historia.

Así vivió hasta el 28 de julio de 1905. Entonces cerró los ojos en la finca San Agustín, el lugar que la había visto nacer 63 años atrás. El periodista cubano Pedro Antonio García comenta que cien jinetes escoltaron sus restos, tanto en el Ayuntamiento de San Luis como en el Gobierno Provincial de Santiago de Cuba. Según dice, en toda la ciudad la bandera estuvo a media asta y varias casas guardaron luto.

Los santiagueros se ubicaron a ambos lado de la calle para despedir el cortejo fúnebre que la llevó hasta Santa Ifigenia. Lo hacían por el recuerdo del Titán, pero también porque María Cabrales supo construir su propia historia de patriotismo y consagración. Ya Antonio se lo había dicho en una de sus cartas: “La Patria ante todo; tu vida entera es el mejor ejemplo”. (Fuente: Cubadebate)

 

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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