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Foto: cbc.minint.gob.cu

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Por: Ciro Bianchi Ross

La Habana, 31 jul (RHC) En la tarde del domingo 25 de abril de 1802 La Habana conoció una de las mayores tragedias de toda su historia. Los hombres que a esa hora bebían en la barra de la bodega sita en Esperanza y San Nicolás, fueron de los primeros en percatarse de que algo sucedía y serían testigos de primera mano. Advirtieron el humo, escucharon los gritos y vieron luego las llamas elevadas sobre las viviendas. Horas después el barrio de Jesús María prácticamente había dejado de existir.

Casi 200 casas totalmente destruidas y otras muchas con afectaciones de envergadura dejaban a más de 8 700 personas sin hogar. Se reportaban asimismo daños humanos. Fueron numerosos los lesionados y siete personas murieron carbonizadas.

Eso es lo que se conoce hoy como el primer incendio de Jesús María, aunque las llamas alcanzaron también al barrio colindante, el de Guadalupe; zonas de las más pobres de la ciudad, con casas de madera y techo de guano en su mayoría, y asiento predilecto entonces de los llamados negros curros venidos de Andalucía. El incendio dejó a la intemperie al diez por ciento de la población de La Habana de entonces, calculada en unas 84 000 personas, y el gobierno dispuso de inmediato el albergue de los damnificados en la fortaleza de la Cabaña, la Casa de Recogidas y algunos cuarteles de la ciudad. Se organizó una colecta pública para el auxilio de las víctimas.

No pocos damnificados aceptaron la propuesta de Francisco de Arango y Parreño, eminencia gris de la sacarocracia cubana; el llamado estadista sin Estado: recibirían tierras en el corral de San Marcos, a 14 leguas al sur de Guanajay, a fin de que construyeran ellos mismos sus viviendas y se dedicasen al fomento de la agricultura y la ganadería. De esa manera, asevera Arango y Parreño, se incrementaba la fuerza productiva en el campo y se paliaba un problema ya preocupante en la época: la superpoblación de la ciudad. Así, el primer incendio de Jesús María dio origen al pueblo de Artemisa.

Con relación al siniestro de Jesús María se preguntará el lector qué hicieron los bomberos. La respuesta es simple: nada. Y la explicación es más simple todavía. Sencillamente no existían bomberos en La Habana de entonces. Tampoco los había al ocurrir el segundo incendio en esa barriada, no menos desastroso que el primero, el 11 de febrero de 1828.

Claro que decir que La Habana careció de un cuerpo de bomberos durante siglos no equivale a decir que no los necesitara. Pero el Ayuntamiento trataba de suplir su carencia alertando a los vecinos de la villa en cuanto a la prevención. Así, 42 de las cláusulas de las Ordenanzas de Construcción para la ciudad y pueblos de su jurisdicción municipal, se referían a la forma en que los incendios podrían evitarse.

Pero… El primer incendio de envergadura que recoge la crónica habanera ocurrió el 22 de abril de 1622, esto es, 180 años antes del primer incendio de Jesús María. Comenzó en una casa de la calle de La Cuna, porción este de la calle Real o de la Muralla, llamada también del Molino. No pudo impedirse su propagación y se extendió rápidamente, impulsado por el viento, por cinco manzanas de la zona. Destruyó 96 edificaciones y acabó con todos los árboles.

Fue el 12 de diciembre de 1835 cuando el capitán general Miguel Tacón, que en su obra de gobierno combinó el despotismo con la construcción de obras de mucha utilidad pública, dispuso la creación de los Honorables Bomberos y Obreros de La Habana, cuerpo que puso bajo el mando del coronel de ingenieros Manuel Pastor. Lo integraban casi 200 hombres, entre los que sobresalían albañiles, herreros y carpinteros.

Parte de ese grupo atendía la zona de intramuros, y otros tres grupos operaban fuera del límite de las Murallas. Dos pelotones de Honorables Bomberos estaban formados por blancos, otros dos, por mulatos y los dos restantes, por negros. Un teniente estaba al mando de cada pelotón y en sus plantillas aparecían además un subteniente, un sargento y tres cabos, mientras que 24 hombres conformaban su dotación para un total de treinta elementos. Vestían de uniforme. Casaca azul turquí con cuello y vivos rojos y pantalón blanco.

El cuerpo de bomberos se incrementó rápidamente y en 1862 contaba ya con 1275 hombres, cifra esa que incluía a un cirujano y una banda que integraban ochenta músicos. Se trataba de un personal que prestaba de manera voluntaria sus servicios. Solo percibían emolumentos los jefes, el cirujano, el escribiente y los cornetas.

Con todo, el incendio que mayor conmoción ocasionó en La Habana, quedó en su memoria y pasó al imaginario popular, fue el de la ferretería de Isasi, el 17 de mayo de 1890. Se desató el siniestro en ese establecimiento comercial situado en la esquina de las calles Mercaderes y Obraría, trataban de sofocarlo los bomberos y mientras lo hacían dos explosiones terribles segaron la vida de 28 de ellos. Se almacenaba ilegalmente dinamita en el lugar y nadie les advirtió del peligro. (Fuente: Cubadebate)

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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