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La innovación es nuestra

Un sistema económico eficiente debe tener su centro en la innovación. Foto: globedia.com

Un sistema económico eficiente debe tener su centro en la innovación. Foto: globedia.com

Por Luis A. Montero Cabrera*

Somos hijos de un país que se innovó muchas veces, tanto en lo social como en lo económico y tecnológico, durante más de cinco siglos. Y esa innovación predominó como hábito social a partir de la natural tendencia de personas llegadas de tierras muy lejanas, desarraigadas.

Unos se innovaron a sí mismos al decidir abandonar lo suyo y probar suerte en una ignota isla tropical. Aquellos que no vinieron buscando libertad, y no la tuvieron, innovaron mucho para poder supervivir.

Esos orígenes innovadores, por cierto, nos son comunes a los países como Cuba y los Estados Unidos, donde las civilizaciones autóctonas fueron alienadas y de ellas quedan mayormente solo los genes en nuestra sangre y relativamente poca cultura.

El lenguaje teórico de la política científica contemporánea ha incluido felizmente el término “innovación” como lugar común. Es un término de fácil comprensión por todos y un concepto amistoso con cualquier persona que mire adelante y quiera lo mejor para los suyos y para si mismo.

Y por las razones anteriores eso predomina entre la mayoría de nuestros compatriotas. Es muy raro oír en Cuba que algo no debe cambiar porque “así ha sido siempre”.

Si se piensa de acuerdo con los caminos lógicos que nos enseña la ciencia, la innovación nos es intrínseca. Sabemos muy bien que nunca nos bañamos en el mismo río, que todo cambia inevitablemente, en el decursar de nuestros espacios y tiempos.

Y que si hoy alguien puede leer estas líneas se debe a un proceso innovativo que comenzó desde que nos constituimos como especie independiente entre los animales. La información, su procesamiento, su flujo y su soporte han sido y seguirán siendo procesos esencialmente innovativos, parte de nuestra propia esencia.

Un sistema económico eficiente debe tener su centro en la innovación. Y si se quiere hacer ordenado y planificado, tal ordenamiento y planificación deben servir a la innovación, nunca al revés. Nadie planificó la escritura del primer texto cuneiforme en una tableta de barro, ni podía planificarse.

Sí era válido que algún sirviente talentoso de la época en la Mesopotamia fuera favorecido, de acuerdo con el plan de algún poderoso, para que usara y desarrollara su espíritu innovador. Y ocurrió que ese innovador favorecido de alguna forma generó el primer código que convertía el lenguaje hablado en una conjunción de conos creados en barro blando por un palillo cilíndrico.

Desde entonces ciertas palabras muy importantes no se las lleva el viento o los muertos a su tumba. Hemos llegado en ese camino, gracias a la innovación, a que este texto pueda ser leído hoy mediante ciertos espejuelos o gafas por una persona en Australia prácticamente al mismo tiempo en que se escribe en Cuba. ¡Nunca lo soñó el que inventó la escritura cuneiforme!

Solo la conciencia innovadora de un liderazgo con poder para ello podía romper los marcos del plan anual para generar en Cuba el movimiento biotecnológico en 1984 (y desde antes). La ruptura del camino cuidadosamente elaborado del plan de ese año fue revolucionaria.

Aprendimos entonces que mucho queda por innovar en la concepción del funcionamiento de un sistema político donde los medios fundamentales de producción de riquezas deben de rendirla a las mayorías y no a las minorías, que es lo más justo y humano.

Lo que llamamos socialismo no puede ser “como ha sido siempre”. Los hechos de la última década del siglo pasado en Europa nos dijeron que los caminos y procedimientos de lograr ese ideal socialista no podían ser sostenibles sin innovar, en todo, incluidos los conceptos fabricados como el de igualar al socialismo con la planificación y con la ausencia de competencia.

Y algo muy importante: innovar no es patrimonio exclusivo de científicos y tecnólogos, ni de este o aquel ministerio o empresa. Innovar es deber y placer de todos, de la sociedad entera y de cada uno de sus integrantes.

Si algún mecanismo debería existir es el que estimulara a todos para que innoven en todo lo que pueda ser de beneficio para la condición humana, y su riqueza espiritual y material.

*Doctor en Ciencias Químicas. Miembro Titular de la Academia de Ciencias de Cuba. Presidente de la Sociedad Cubana de Química y del Consejo Científico de la Universidad de La Habana.

(Tomado de Cubadebate)

 

Editado por Martha Ríos
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